Luna al amanecer

7 am. Mi reloj se pronunciaba acostumbrado a levantarme, como cada domingo, con la energía a flor de piel. No es mucho el caso ahora, pero quiero retomar los días a como dé lugar.

Ayer fue un día de aquellos en que ni el olor a fruta fresca me traen de vuelta. Sin lágrimas ni certezas, sin calma ni alteraciones fugaces. Sí, fue un día en que se me pierden hasta las canciones que necesito para respirar.

Hoy, frente a la luna que insiste en permanecer junto al alba, renuevo el pacto para vivir, para seguir, para continuar caminando. Hoy quiero abrazarme fuerte y decirme “esto también pasará”.

 

 

Recordando a una amiga eterna

Con la flaca compartimos desde el té hasta el mate amargo. Porfiadas como éramos, nos envolvíamos en sueños de esos que parecen imposibles, pero que insistíamos que podrían ser posibles.

Todo lo compartimos. El llanto infinito y la euforia inconstante, desde la política oratoria, hasta la roja sicosis. Cierto, no siempre una salvó a la otra, pero siempre hubo un par de palabras que resucitaban hasta a un muerto. Y por qué no? si hasta de madrugada reíamos a carcajadas a pesar de los dolores, esos que nos subían a la cima y nos llevaba al inframundo.

No faltó quien pensara que nuestras manos se tomaban con el deseo oculto, como si tomarse de las manos no fuera sinónimo de complicidad y solidaridad. Así, muchos y muchas se fueron alejando por nuestra aparente indecencia e impudicia. Si supieran que dentro de nuestros dolores compartidos el amor a un hombre fue la fuente de locura…

En fin, viviste la vida, porque la vida hay que vivirla y moriste la muerte, porque la muerte merece ser morida.

 

Del mar a la ciudad, de nuevo

Llegué del mar. Llegué con toda la cara sonrosada por el sol de ese que se aparece cuando renace la primavera. Dejé mis pies caminando kilómetros de playa junto a mi hija. Canté a todo pulmón cuanta canción se me pasó por la cabeza, claro, incluyendo la que se dedica a Alfonsina Storni. Ahí aproveché de mirar y de mirarme, de sentir y de sentirme. Fue un acto mágico ver a mi hija escribir en la arena un “te amo mamá”. Cómo, me preguntaba, cómo es posible que mi cabeza no pare de hacerle un guiño a la muerte, con tanto amor que me cubre la vida?

Ya lo he dicho una y mil veces, no voy a suicidarme aunque sea una opción. No descansaré buscando en el día a día la forma de estar consciente de mi vida, por mi y por los que amo. Ya sé que no es una tarea de término, no es algo que se logre de una vez y para siempre. Cada día debo reponer las fuerzas, reencantarme con el aire, mirar el amor que me rodea, cantar aunque sea bajito, leer, aunque sea la portada de un diario, el qué sea, sentirme que soy parte de un movimiento más amplio que mi simple destino. Cómo olvidar mis días de lucha en la calle? Ahora la revolución está en casa, pero es revolución al fin y al cabo, donde lo que debo conquistar es el amor a la vida.