De embarazos y dolores

Durante años esperé una hija por opción. Así, buscada, esperada y deseada. Después de años de aguante y espera impaciente conocí los dolores de parto entremezclados con la pena infinita y la exacerbación de mis sentidos. No siempre fue así. Historia de (auto)boicot ya tenía sobre mi cuerpo.

Tenía 28 cuando conocí el parto natural y todo lo que aquello conlleva antes, durante y después.

Antes, fueron años de insomnio, juerga, reventones, ideaciones casi concretadas y de un cuanto hay que resistí sobre un madero indestructible.

Durante, fue la cordura envuelta en una gama de fracturas y (auto) flagelaciones casi imperecederas, combinado con una energía supragénero.

Después, vino la mixtura de colores, la lluvia que alimentó mis senos y que fue volcada en la presencia más sublime que he conocido jamás.

Cuatro años más tarde supe del encierro interminable, de la celda fría y de las sábanas con aroma a vieja pena. Supe también de los estertores que emergen en medio de cátodos puestos en mi sien y del despertar orinada en medio de una habitación desnuda.

Dos años más tarde, supe del desprecio humano por la sangre que brotó a raudales de mi vientre por lo que no pude ni quise evitar. Ahí comencé a tomar precauciones por lo que los siquiatras dijeron debía evitar a toda costa. Y así lo hice, así lo he hecho.

Ser madre en su momento fue más que un mero propósito, fue una imperiosa voluntad por vivir en serio y por amar a quien más podría amarme. Hoy ya no puedo decir lo mismo. Mis pechos se secaron y mis manos ya no pueden sostener un nuevo atisbo de vida.

Hace cinco días que veo sangre brotando de mis interiores, sangre que no venía hace meses por el uso de un dispositivo que evita que ello ocurra. Hace dos días figuraba delante de mi un médico ginecólogo que interrogaba mis acciones mientras sondeaba mi entrepierna. No había nada por ahí dentro, sólo sangre que salía a borbotones sin causa aparente.

Una mujer a punto de dar a luz se encontraba del otro lado y la verdad, la verdad no pude ni quise evitar el derramamiento de lágrimas y mis manos cubriendo mi cara por el dolor alguna vez sentido. Me refiero al dolor que vino después del término adelantado de la espera veinte años atrás.

Hoy, a unas horas de haber visto a la siquiatra y su serena y dura versión de los hechos, me veo envuelta en disquisiciones inconducentes. Sin embargo, aunque no haya nacido en mi la victoria sobre el dolor y la angustia, he concebido el más puro y sublime amor que sujeta mis pies a esta la tierra del sentido.

 

 

 

Terremoto 8.4, empanadas y el suicidio

El título me parece pertinente: acabo de vivenciar un terremoto, comer un kilo de empanadas y ser testigo de un suicidio. No sé ni por dónde partir. Tal vez hoy no deba escribir ni describir el dolor que la muerte siembra en mi cabeza. Creo que es descabellado hacer visible, palpable otra vez, lo que siento cuando un cuerpo se queda sin su contenido esencial.

Bipolar la bitácora de mis días

Que ansiedad me acompaña en este minuto. Ya cuento 7 cigarrillos en tres horas. Me siento frágil. Vaya pesadilla. Estoy sentada tratando de quedarme quieta y solo veo a mis brazos y piernas en eterno estertor. Mi espalda, ay mi espalda, duele como un vaso que se cae al suelo repleto de agua. No hay nadie aquí que me vea. Mejor. Prefiero estar así. Para que voy a ocultar que estoy en un viraje que no quiero vivir.

A unos días de cumplir 41 años me muestro tal como soy ante la gente que me invita a beber un café o compartir un mate. Me tomó tiempo reconocerme sin vergüenza que mis sesos se confabulan contra mis necesidades básicas y mi aliento por seguir en un rumbo fijo. Pues aquí estoy, cambiante, serena, estanca, dinámica, metida en una locura circular sin pausa y sin fin. Y qué. Así mismo soy. Lloró a las 6 am, canto a las 11 y luego deposito las lágrimas en un cajoncito del que tomaré algunas para alimentarme luego a las 2 pm. Entre medio habrá un discurso de felicidad y autocomplacencia, algo de dolor y luego un poco de impaciencia.

Ahora mismo, me duele la muerte, todas las muertes y partidas. Todas las glorias y penas. Es indescriptible el sentimiento que me habita cuando veo y siento la miseria humana en Filipinas, medio oriente, América Latina y tantos otros sitios que me duelen y me parten en mil pedazos. No bien acabo de escribir esto y ya estoy agradecida por existir en las condiciones que existo. Pero esto no es ser bipolar, es ser humana.

Recordando a una amiga eterna

Con la flaca compartimos desde el té hasta el mate amargo. Porfiadas como éramos, nos envolvíamos en sueños de esos que parecen imposibles, pero que insistíamos que podrían ser posibles.

Todo lo compartimos. El llanto infinito y la euforia inconstante, desde la política oratoria, hasta la roja sicosis. Cierto, no siempre una salvó a la otra, pero siempre hubo un par de palabras que resucitaban hasta a un muerto. Y por qué no? si hasta de madrugada reíamos a carcajadas a pesar de los dolores, esos que nos subían a la cima y nos llevaba al inframundo.

No faltó quien pensara que nuestras manos se tomaban con el deseo oculto, como si tomarse de las manos no fuera sinónimo de complicidad y solidaridad. Así, muchos y muchas se fueron alejando por nuestra aparente indecencia e impudicia. Si supieran que dentro de nuestros dolores compartidos el amor a un hombre fue la fuente de locura…

En fin, viviste la vida, porque la vida hay que vivirla y moriste la muerte, porque la muerte merece ser morida.