Días sin dormir

Se me ha dicho en reiteradas ocasiones lo importante que es dormir y dormir de corrido, tener un sueño reparador y todo eso. De lo contrario, se está anunciando una nueva recaída. De hecho, todas mi recaídas partes con semanas previas sin dormir y por eso se me entrega un medicamento adicional para dormir, pero esta vez no resultó.

Cómo puedo sobrevivir al día a día con pastillas para dormir que no funcionan y con un calendario de actividades que debo responder sí o sí para no caer en en tremendo paréntesis que implica una nueva internación.

Hoy resolví quedarme en casa y seguir durmiendo. Mi condición me lo permite, puedo quedarme en casa y no asistir al lugar donde debo trabajar en mi investigación. Es una posición muy conveniente, pero si ahora no fuera así, caería en lo que pasé en aquellas ocasiones en que debía responder a un horario fijo o al menos debía estar presente.

Meses interminables de sicoanálisis, terapias grupales y terapia constructivista me han ayudado a replantear la ideación suicida cada vez que asoma. Ahora mismo eso para mi no tiene sentido, lo reemplazo por el deseo de dormir y no salir de casa.

Creo que esto se va poniendo serio otra vez. Tendré que mirar de nuevo con ppt con prioridades y escuchar algo de música zen.

Alertándome

No puedo pasar por alto el hecho de que sólo hoy abri este blog y ya quiero escribirlo todo. Claro, si estoy en esos momentos en que la ola te tiene en alto y tratas de capearla por todos los medios si no quieres salir atrastrándote hasta la playa. Creo que tengo que remirar mi plan de prioridades antes de seguir el día.

Primer asomo

Tenía 9 años cuando cogí una cuerda eterna, la anudé y colgué desde el árbol más alto del jardín. Papá a miles de milla de distancia. Mamá en búsqueda de una nueva relación y mi pubis contaminado de una esperma dolorosa y asquerosa. Qué había sido aquello, un aplastamiento repentino, un apretón de boca, un atar de manos a la pared. Suena ajena esa imagen, pero a los 9 años quise deslizarme a través de una cuerda hasta el lugar más lejano que podía concebir, a ese lugar donde no me encontraría ese dolor y angustia que había penetrado mi pequeña humanidad en manos de un uniformado.

Esa vez me detuvo el suelo que no estaba tan distante de la cuerda ni de mis deseos de ir al colegio al otro día.  Y bueno, de ahí en adelante me dediqué a realizar viajes estelares en mi mente desbordada de imágenes y de sonidos. Viajaba de un lado a otro, como si en eso se me fuera la vida.

Las calles se vaciaban rápidamente cuando llegaba el atardecer. Por las noches, en medio del toque de queda -mencioné que estábamos en una dictadura militar?-, se realizaban fiestas eternas puertas adentro, o al menos eso me contaban mis compañeras de curso, porque en mi casa, no había fiestas de aquellas, solo encuentros rápidos de entrada y salida. Qué era eso?, para qué mencionarlo.

A los 9 años conocí la palabra exilio, era eso lo que tenía a mi padre a kilómetros de distancia y a mi en medio de un tira y afloja con la vida. ¿Pobrecita yo? en absoluto, tuve más tiempo para detenerme en lo esencial incluso tuve la oportunidad de encontrar buenos argumentos para sostenerme unida a la tierra cada vez que volvía de mis viajes de ensueño y me encontraba con la cara llena de lágrimas y los ojos rodeados de ojeras de color morado.

La ideación y la catarsis narrativa

Esta era una típica catarsis narrativa que solía escribir cuando comenzaba con ideaciones suicidas. Ah el suicidio, tema tan recurrente en un bipolar…
“28.03.11
No sé a quién estoy dirigiendo esta carta. A lo mejor a mi misma ya que no he sido capaz ni siquiera de hacerlo hasta ahora.
Llevo casi 20 años llevando a cuesta el ciclaje de las emociones. De abajo hacia arriba, desde el dolor inmedible a la barbarie misma de la alegría
Cómo no ceder a tamaña felicidad, pero a la vez cómo no ceder a la locura de vivir entre la espada y la pared, aunque la verdad es más dentro de la pared y dentro de la espada, todo al mismo tiempo.
No estoy segura de cómo llegué hasta acá, a la idea –vieja idea por lo demás- de salir por la puerta lateral sin ver cómo termina la obra. No sé cómo hablarme, tengo todo aquí, dando vueltas en la cabeza, pero he sido incapaz de echarlo todo afuera. Hablo de manera desmembrada, como mi alma. Por no decir incompleta y profundamente egoísta.
No entiendo cómo fue posible que mi alegría no impregnara esa pena hecha pared o hecha espada. En qué anduve que no aprendí a abrirme sin miedo, a amar. Esa palabra tan rara a estas alturas, tan ajena, como el marido que he tenido por 11 años.
No tengo, no entiendo que es esto de vivir, qué es esto de tener una vida que alimentar, una pequeña y enorme vida que se llama Valentina. Qué culpa tiene ella y qué culpa va a sentir por haber discutido conmigo antes de esto.
No quiero irme, ni huir hacia lo que creo es el infinito retorno a lo mismo. Regreso a una sala de locos? Voy a la montaña a refugiarme hasta que pase la moledera? Voy a casa y cocino junto a Valentina? Recojo la basura a la vez que lavo la ropa y de paso la plancho? Voy a caminar por las calles como acabo de hacerlo en un país de nunca-jamás-iría? Me envuelvo en una sábana mientras aguanto la respiración y trato de llorar todo a la vez? Me cuelgo ventana debajo de una oficina cualquiera, tal vez como esta? Escucho música de esa que me levanta el pecho?, porque ni las caderas se mueven de tanto químico en mi sangre.
Ahora sí que me perdí. En qué estaba? Creo que en medio de un ataque de epilepsia que aún no descubren pero que tratan con medicamentos para la bipolaridad.
Aún sigo aquí, eso es buena señal de que este rato de lluvia ácida pasó de largo. Así sea.

En medio de tanta catarsis buscaba aferrarme a lo más concreto al cable a tierra más cercano. ¿Cómo salía? recreaba un posible escenario suicida, seguía todos los pasos para preparar mi salida definitiva, era meticulosa, estaba decidida a salir de aquí. Pero cuando tenía todo listo o al menos cuando creía tener todo listo, me miraba al espejo y me decía “esta vez no, después de terminar x cosa lo hago” así me la pasaba harto tiempo, hasta que una que otra vez no alcancé a mirarme al espejo.