A veces soy…

Me encariño rápido y me vuelvo demandante, amo a mis amigos pero la mayoría de las veces prefiero estar sola. Me enojo rápido, pero de igual manera se me pasa el enojo. Soy capaz de perdonar lo que me hace daño… pero nunca olvido. Lo mismo río que lloro, amo la vida y la cuestiono.

Tengo la convicción de que no soy muy distinta a cualquier mortal, sólo que si no me falta me paso…

Un tema para mi espíritu 

La Post ideación suicida

Hoy estoy mejor, con el cuerpo cansado y un poco dispersa, pero esencialmente bien, bien. Ahora a tratar de continuar con mis quehaceres no sin antes escuchar algo de música vivificante para mi mente y mi corazón. Me voy a dar una nueva bienvenida.

Otra vez la ideación

Que a estas alturas sigan apareciendo las ideaciones suicidas no es novedad para mi. He aprendido a identificar cuáles son los eventos que suelen estar asociados a esta “necesidad” que después puede o no transformarse en gesto y/o impulso.

La ideación, en mi caso, es una maraña de ideas que giran en torno a la necesidad de terminar con el dolor, la angustia de sentir que mi presencia está causando daño a mi hija, mi familia, incluso a mi misma. También es la necesidad de maltratarme por la culpa que me acompaña desde siempre. Ya hablaré de la culpa y todo eso.

Hoy, en términos generales, la ideación partió después de sentir que no avanzaba en mis planes, en mis prioridades, desde ser una buena madre, hasta ser una buena profesional y una buena pareja. Vino todo de una sola vez. Una  una fueron apareciendo las imágenes que me iban hundiendo el pecho y que giraban a los largo de mi cuerpo. Palabras, sonidos, olores, todo me convocaba a buscar la salida por la puerta lateral. Irme, ausentarme definitivamente de los días, de la historia, de mi hija, de mi familia, amigos, entorno laboral, todos los espacios se fueron vaciando de mi, como si en una película un actor se disipara en medio de una conversación o en medio de un cuadro sin otros actores. Así partió.

Siguió el peso en mi cuerpo, la sensación de que mi cabeza se acercaba al suelo. Mis oídos no escuchaban, mis brazos aletargados y el paso cansado… Y seguía la idea de abandonar todo esto, recordando los pasos que me podían conducir a esa desaparición. Cuerda, pastillas, el río, todo vale.

A unos 100 metros de mi casa -me había retirado antes de mi oficina-, comencé a detener las imágenes en mi mente, revisando las acciones y actitudes de quienes me acompañaban en ese momento y quienes no estaban pero que aparecerían en caso de que se efectuara un velatorio y un funeral. Recorrí paso a pasó todo lo que había empezado en mi cabeza casi 3 horas atrás. Me era familiar ese recorrido. En otras ocasiones había empleado esa estrategia para salir de ese infierno síquico.

Comenzaba a sentirme un poco más liviana, faltaban unas pocas cuadras para llegar a mi casa.  La ideación estaba diluyéndose en medio de melodías a las que suelo recurrir en estos casos. Aquí vamos de nuevo, a lavarme la cara, peinarme el cabello y mirarme al espejo para decir “aquí estamos una vez más”.

Por Alfonsina Storni

Alfonsina y el mar

 

Por la blanda arena que lame el mar

Su pequeña huella no vuelve mas,

Un sendero solo de pena y silencio llego

Hasta el agua profunda,

Un sendero solo de penas mudas llego

Hasta la espuma.

 

Sabe dios que angustia te acompaño

Que dolores viejos callo tu voz

Para recostarte arrullada en el canto

De las caracolas marinas

La cancion que canta en el fondo oscuro del mar

La caracola.

 

Te vas alfonsina con tu soledad

Que poemas nuevos fuiste a buscar …?

Una voz antigua de viento y de sal

Te requiebra el alma y la esta llevando

Y te vas hacia alla como en sueños,

Dormida, alfonsina, vestida de mar …

 

Cinco sirenitas te llevaran

Por caminos de algas y de coral

Y fosforecentes caballos marinos haran

Una ronda a tu lado

Y los habitantes del agua van a jugar

Pronto a tu lado.

 

Bajame la lampara un poco mas

Dejame que duerma nodriza en paz

Y si llama el no le digas que estoy

Dile que alfonsina no vuelve …

Y si llama el no le digas nunca que estoy,

Di que me he ido …

 

Te vas alfonsina con tu soledad

Que poemas nuevos fuiste a buscar …?

Una voz antigua de viento y de sal

Te requiebra el alma y la esta llevando

Y te vas hacia alla como en sueños,

Dormida, alfonsina, vestida de mar …

El amor de Violeta Parra

El Amor

(Violeta Parra – Luis Advis)

 Entré al clavel del amor.

Cegada por sus colores

me ataron los resplandores

de tan preferida flor.

Ufano de mi pasión

dejó sangrando una herida

que lloro muy conmovida

en el huerto del olvido.

Clavel no ha correspondido.

¡Qué lágrimas tan perdidas!

La vida me da recelo

me espanta la indiferencia

la mano de la inclemencia

me ha echado este nudo ciego.

La fuerza me ha consumido

y me ha atormentado el alma

pa’mí lo que llaman calma

es vocablo sin sentido.

El sol reseca el barbecho

lo deja como la espina

me clava con negra inquina

si piso este duro lecho.

Camino por un momento

las calles a la sin rumbo

veo que estoy en el mundo

sin más que el alma en el cuerpo.

Miserias y alevosías

anudan mis pensamientos

entre las aguas y el viento

me pierdo en la lejanía.

No lloro yo por llorar

sino por hallar sosiego.

Mi llorar es como un ruego

que nadie quiere escuchar.

El siquiatra y el bipolar: ¿dónde está el experto? Parte 2

Afirmo que el o la paciente, bajo ciertas condiciones, puede contribuir con el planteamiento del experto. Lo digo con el ánimo de instalar la posibilidad de que nuestra condición nos quite la inmunidad respecto de la responsabilidad de nuestras crisis.

Digamos, tenemos un diagnóstico, al que se llega, (después de muchos siquiatras y episodios mal tratados) por nuestro testimonio o el de nuestros cercanos, y nuestro comportamiento (quién no llegó con las manos tensas o la cara desfigurada por el dolor, o quizás con nuestro cuerpo a punto de salir disparado por la ventana).

No hubo colega internada, en alguna de las cinco ocasiones en las que estuve ingresada por intento de suicidio, que no relatara la misma historia. Pasaron años antes de que se llegara a un tratamiento que más o menos nos tuviera estables. Algunas con más o menos posibilidades de salir de casa y de desenvolverse en el trabajo o en lugares de estudios, incluso en instancias de reuniones sociales. Todas mis compañeras de internación comentaban lo frustrante que era no saber que les estaba pasando. Lloraban a mares, de pronto con una energía vital increíble, a veces con una irritabilidad que les llevó a cometer actos en los que hubo daño a terceros. Más de alguna confesó haber golpeado a alguien sin mayor provocación. Otras reconocieron que tuvieron momentos en que la líbido se disparó por los aires y sus parejas, si las había, no eran suficientes para aminorar el deseo. Hay excepciones claro, si hay otras vías de echar fuera toda esa energía que nace de nuestras caderas, como correr, escribir, cantar, o simplemente si lo que predominaba era la depresión. Pero para qué negar, nuestra líbido o falta o se pasa…

Ahora, este período en el que no sabemos que pasa, y que a menudo somos tratadas con antidepresivos, creo, se reduciría si nuestro testimonio o el de nuestros cercanos, (para quienes fueron acompañados en durante esa etapa, al menos no fue mi caso), tuviera mayor participación. Claro que estoy siendo reduccionista al no considerar otras variables estructurales como clase social y todo lo que deriva de ello, sin considerar lo débil de las instituciones de salud pública donde generalmente se dificulta el tratamiento. Ahí también hay una tarea que podría cubrirse con nuestra participación.

El siquiatra y el bipolar: ¿dónde está el experto? parte 1

En más de alguna oportunidad he señalado que la siquiatría ha sido una manía moderno-occidental que presume la capacidad de contensión de enfermedades que se categorizan bajo su paragua teórico-empírico. En definitiva que, como cualquier especialista, los siquiatras poseen el monopolio del conocimiento necesario para el examen y recuperación de situaciones que a la luz de la cultura imperante, corresponden a alteraciones mentales o síquicas, o como se llame. (Como en todo no?, en otras ocasiones son los sacerdotes los que tienen el poder).

Si seguimos su origen etimológico que a más de algún especialista en el área le habrán indicado, la siquiatría busca la curación del alma (del griego, psyche: alma, iatréia: curación). Tamaña tarea. Quiénes tienen la habilidad, ni siquiera hablo de la facultad, sino de la destreza para examinar el “alma” o lo que sea que se ve involucrado cuando se plantea un determinado comportamiento como “desviado” de la normalidad.

La matriz cultural tradicional en la que se sustentan los modelos de salud-enfermedad es determinante en el modo a través del cual se aborda una determinada situación de llamémosle ahora “enfermedad”.  Visto de manera lineal en un momento se le atribuyó al castigo divino el origen de los trastornos mentales, debido a la violación de un tabú (como el incesto).  Así, los “locos” o están poseídos por un demonio o ha recibido un castigo divino por sus actos.  Posteriormente, se fueron incluyendo perspectivas basadas en supuestos sociales, bioquímicos y genéticos. Así, la “locura” es la expresión de una alteración en lo social o en alguna dimensión biológica. Si a un paciente se le ocurre decir que está poseído por entidades espirituales, fijo que lo tendrán eternamente ingresado hasta que desista de esa percepción.  Es probable que en otro momento algún tipo de bipolar, no tildado como tal, hubiese sido un líder espiritual o un artista incomprendido en su época. Qué digo, de hecho el mundo está lleno de casos así.

Aquí quiero lanzar algunas reflexiones a las que llegué después de recibir el acompañamiento de un grupo de siquiatras que bien o mal, me ayudaron a entender la bipolaridad, tal vez no en el sentido que ellos buscaban, pero si en una forma que me ha servido para asumir que no puedo prescindir de la ayuda alópata, pero tampoco puedo dejarle la exclusividad de esa tarea. Lo hago con la convicción de que como “pacientes” podemos llegar a ser activos colaboradores y fuentes de información clave, que pueden contribuir a la redefinición de esquemas de tratamiento. De alguna manera esto es así, pero no tiene un reconocimiento por parte de los especialistas. Alguno dirá que a ellos les corresponde salvar la vida de alguien que no está en condiciones de hacerlo, pero claro, esa es una perspectiva que se basa en una concepción pasiva de la ciudadanía en salud, que espero ver más adelante en este blog.

Esta participación activa en la redefinición de nuestros esquemas de tratamiento -y de los estilos de terapia- tiene desde mi punto de vista  algunas salvedades. La salvedad, claro, es encontrarnos compensados y con una fuerte convicción de que lo que nos acontece es algo que se construye, se desarrolla y mantiene en cierta medida por nuestra voluntad. Si no hay esa voluntad de sentido, esa motivación a creer que podemos destinar parte de nuestro tiempo a hacernos cargo de nosotros mismos, sin dejar toda la carga a quienes nos acompañar, a veces a mal traer, mejor dejarlo como tarea para la casa. Y naturalmente para llegar a ese estado, debemos haber pasado por la mano “especialista”. No me voy a referir aquí al protocolo de atención siquiátrica, porque no es de mi competencia. Me baso única y exclusivamente en mi experiencia y en la de otros colegas que en situaciones de internación tuve la oportunidad de conocer.