El amor de Violeta Parra

El Amor

(Violeta Parra – Luis Advis)

 Entré al clavel del amor.

Cegada por sus colores

me ataron los resplandores

de tan preferida flor.

Ufano de mi pasión

dejó sangrando una herida

que lloro muy conmovida

en el huerto del olvido.

Clavel no ha correspondido.

¡Qué lágrimas tan perdidas!

La vida me da recelo

me espanta la indiferencia

la mano de la inclemencia

me ha echado este nudo ciego.

La fuerza me ha consumido

y me ha atormentado el alma

pa’mí lo que llaman calma

es vocablo sin sentido.

El sol reseca el barbecho

lo deja como la espina

me clava con negra inquina

si piso este duro lecho.

Camino por un momento

las calles a la sin rumbo

veo que estoy en el mundo

sin más que el alma en el cuerpo.

Miserias y alevosías

anudan mis pensamientos

entre las aguas y el viento

me pierdo en la lejanía.

No lloro yo por llorar

sino por hallar sosiego.

Mi llorar es como un ruego

que nadie quiere escuchar.

El siquiatra y el bipolar: ¿dónde está el experto? Parte 2

Afirmo que el o la paciente, bajo ciertas condiciones, puede contribuir con el planteamiento del experto. Lo digo con el ánimo de instalar la posibilidad de que nuestra condición nos quite la inmunidad respecto de la responsabilidad de nuestras crisis.

Digamos, tenemos un diagnóstico, al que se llega, (después de muchos siquiatras y episodios mal tratados) por nuestro testimonio o el de nuestros cercanos, y nuestro comportamiento (quién no llegó con las manos tensas o la cara desfigurada por el dolor, o quizás con nuestro cuerpo a punto de salir disparado por la ventana).

No hubo colega internada, en alguna de las cinco ocasiones en las que estuve ingresada por intento de suicidio, que no relatara la misma historia. Pasaron años antes de que se llegara a un tratamiento que más o menos nos tuviera estables. Algunas con más o menos posibilidades de salir de casa y de desenvolverse en el trabajo o en lugares de estudios, incluso en instancias de reuniones sociales. Todas mis compañeras de internación comentaban lo frustrante que era no saber que les estaba pasando. Lloraban a mares, de pronto con una energía vital increíble, a veces con una irritabilidad que les llevó a cometer actos en los que hubo daño a terceros. Más de alguna confesó haber golpeado a alguien sin mayor provocación. Otras reconocieron que tuvieron momentos en que la líbido se disparó por los aires y sus parejas, si las había, no eran suficientes para aminorar el deseo. Hay excepciones claro, si hay otras vías de echar fuera toda esa energía que nace de nuestras caderas, como correr, escribir, cantar, o simplemente si lo que predominaba era la depresión. Pero para qué negar, nuestra líbido o falta o se pasa…

Ahora, este período en el que no sabemos que pasa, y que a menudo somos tratadas con antidepresivos, creo, se reduciría si nuestro testimonio o el de nuestros cercanos, (para quienes fueron acompañados en durante esa etapa, al menos no fue mi caso), tuviera mayor participación. Claro que estoy siendo reduccionista al no considerar otras variables estructurales como clase social y todo lo que deriva de ello, sin considerar lo débil de las instituciones de salud pública donde generalmente se dificulta el tratamiento. Ahí también hay una tarea que podría cubrirse con nuestra participación.

El siquiatra y el bipolar: ¿dónde está el experto? parte 1

En más de alguna oportunidad he señalado que la siquiatría ha sido una manía moderno-occidental que presume la capacidad de contensión de enfermedades que se categorizan bajo su paragua teórico-empírico. En definitiva que, como cualquier especialista, los siquiatras poseen el monopolio del conocimiento necesario para el examen y recuperación de situaciones que a la luz de la cultura imperante, corresponden a alteraciones mentales o síquicas, o como se llame. (Como en todo no?, en otras ocasiones son los sacerdotes los que tienen el poder).

Si seguimos su origen etimológico que a más de algún especialista en el área le habrán indicado, la siquiatría busca la curación del alma (del griego, psyche: alma, iatréia: curación). Tamaña tarea. Quiénes tienen la habilidad, ni siquiera hablo de la facultad, sino de la destreza para examinar el “alma” o lo que sea que se ve involucrado cuando se plantea un determinado comportamiento como “desviado” de la normalidad.

La matriz cultural tradicional en la que se sustentan los modelos de salud-enfermedad es determinante en el modo a través del cual se aborda una determinada situación de llamémosle ahora “enfermedad”.  Visto de manera lineal en un momento se le atribuyó al castigo divino el origen de los trastornos mentales, debido a la violación de un tabú (como el incesto).  Así, los “locos” o están poseídos por un demonio o ha recibido un castigo divino por sus actos.  Posteriormente, se fueron incluyendo perspectivas basadas en supuestos sociales, bioquímicos y genéticos. Así, la “locura” es la expresión de una alteración en lo social o en alguna dimensión biológica. Si a un paciente se le ocurre decir que está poseído por entidades espirituales, fijo que lo tendrán eternamente ingresado hasta que desista de esa percepción.  Es probable que en otro momento algún tipo de bipolar, no tildado como tal, hubiese sido un líder espiritual o un artista incomprendido en su época. Qué digo, de hecho el mundo está lleno de casos así.

Aquí quiero lanzar algunas reflexiones a las que llegué después de recibir el acompañamiento de un grupo de siquiatras que bien o mal, me ayudaron a entender la bipolaridad, tal vez no en el sentido que ellos buscaban, pero si en una forma que me ha servido para asumir que no puedo prescindir de la ayuda alópata, pero tampoco puedo dejarle la exclusividad de esa tarea. Lo hago con la convicción de que como “pacientes” podemos llegar a ser activos colaboradores y fuentes de información clave, que pueden contribuir a la redefinición de esquemas de tratamiento. De alguna manera esto es así, pero no tiene un reconocimiento por parte de los especialistas. Alguno dirá que a ellos les corresponde salvar la vida de alguien que no está en condiciones de hacerlo, pero claro, esa es una perspectiva que se basa en una concepción pasiva de la ciudadanía en salud, que espero ver más adelante en este blog.

Esta participación activa en la redefinición de nuestros esquemas de tratamiento -y de los estilos de terapia- tiene desde mi punto de vista  algunas salvedades. La salvedad, claro, es encontrarnos compensados y con una fuerte convicción de que lo que nos acontece es algo que se construye, se desarrolla y mantiene en cierta medida por nuestra voluntad. Si no hay esa voluntad de sentido, esa motivación a creer que podemos destinar parte de nuestro tiempo a hacernos cargo de nosotros mismos, sin dejar toda la carga a quienes nos acompañar, a veces a mal traer, mejor dejarlo como tarea para la casa. Y naturalmente para llegar a ese estado, debemos haber pasado por la mano “especialista”. No me voy a referir aquí al protocolo de atención siquiátrica, porque no es de mi competencia. Me baso única y exclusivamente en mi experiencia y en la de otros colegas que en situaciones de internación tuve la oportunidad de conocer.

2006

Me gusta creerme el cuento de que estoy bien, entendiendo por “estar bien” como un estado de armonía por contraste, osea serenidad dentro de la marea alta. Por ningún motivo podría decir que todo debe ser parejo, digamos oleadas uniformes y predecibles, por el contrario, como no respetar el hecho de que las cosas deben tener un desequilibrio natural para que sean dinámicas, se desarrollen y todo eso. De la destrucción y el caos nace la vida no, para que voy a entrar en detalles.

Ahora mismo, escuchando temas delirantes me sonrío por los desatinos que cometo a cada rato. Claro, si alguien me dice que quiere estar en retiro sin que nadie lo moleste, yo ahí estoy como una pulga preguntando “¿estás listo, estas listo?”. caramba que soy porfiada.Me agrada el silencio tanto como los sonidos, pero me cuesta entender el hecho de que al resto puede estar en un estado distinto al mismo.

Pero retomo la idea de que de la destrucción y el caos nace la vida.

Una vez tuve una pareja bipolar. Lo conocí en una comunidad virtual de bipolares (no se lo recomiendo a NADIE). Estaba rematado, como podría decir, institucionalmente fuera de la vida social. Así, no trabajaba, casi no interactuaba con el resto de las personas, no tenía límites éticos ni morales. Era amigo de lo ajeno (no se resistía a sacar una que otra cosa de una tienda), hablaba sin parar, de manera iterativa, sobre todo lo que pasaba. Recuerdo haber escuchado a diario la misma crítica sobre el manejo de la economía por parte del ministro en cuestión. Eso si, estaba convencido de que lo que él quisiera decir estaría fuera de foco, pero si alguien más lo decía por él estaría bien o al menos sería escuchado. Llegó a pedirme que escribiera una nota al editor de El Mercurio señalando que no eran las instituciones las que estaban funcionando mal sino las personas que funcionaban en los aparatos institucionales (qué quiso decir, ni idea). Estaba realmente fuera de sí, pero para mi era mi pareja ideal: preparábamos los medicamentos al mismo tiempo, nos acompañábamos a los controles, nos acompañábamos a todos los lugares que se nos ocurriera, soportaba aparentemente que durmiera 16 horas diarias (casi morí cuando supe que el no perdía tiempo en satisfacer sus instintos, aún si estuviera dormida).  Llegamos a ponernos las argollas bendecidas por un cura opus dei. No, todo era un drama de terror absurdo, aparentemente imparable, incontrolable por mi voluntad a esas alturas inexistente.

Durante 6 meses, estuve fuera de mi, en el caos mismo, viviendo esa realidad absurda, monotemática, absorvida por un hombre que progresivamente fue corriendo a mis familia, mis amistades, mis quehaceres, convenciéndome de que sólo él me apoyaba en mi tratamiento y que no le importaba nada a nadie más y que de paso mi hija se iría acomodando a nuestro estilos de vida. Enhorabuena mi hija no tuvo que exponerse a ese estilo de vida mórbido.

Perdí la razón, ahora puedo reconocerlo. Esos meses quedaron guardados en algún lugar de mi memoria borrada por los tratamientos electroconvulsivos a los que fui sometida al final de ese año 2006. Había dejado a mi hija a cargo de mis padres sin tener conciencia de lo que hacía y ese dolor está aún presente, pero fue lo único razonable que hice en ese período de tiempo inconmensurable.

Me ha costado sacar la culpa fuera. No tuve tantas sesiones de sicoanálisis como para abordar ese oscuro mundo construido sobre la base de dosis fuertes de litio, ácido valproico, quietapina, azymatrol y otros que ahora no recuerdo. Pero ahora puedo echar fuera todo eso, puedo perdonarlo por haberme tenido recluida sin salir del departamento sometida a no sé que antojos. Puedo perdonarme por haber permitido ese infierno deseado y buscado en ese momento de alguna manera. Puedo decir ahora que todo eso pasó y que ahora cuento conmigo misma para atender mi tratamiento y sobre todo para estar junto a mi hija. Puedo decir que la recuperé, me tomó casi 3 años, pero lo logré, volví a nacer.

Él llama y yo …

Él llama y yo no respondo. Él me mira y yo balbuceo. Este hombre que me acompaña con sus manos grandes, sus gafas oscuras, sonríe si le hablo de mis penas y me anima a sobreponerme. Quisiera sentir que lo amo, pero mi amor está lejos por allá perdido en alguna rivera o en algún rincón en la montaña. Y si mejor espero? y si despierto y dejo de mirar esas manos que se dibujan en mi cabeza y de paso dejo de mirar el teléfono?

Vaya ideas que pasan por mi cabeza, tal vez estas melodías cumplan su función de someterme a la tranquilidad a toda prueba. Suena como novela a lo Corín Tellado, pero si tengo que escuchar voces pseudomísticas para alcanzar la ola sin gran tropiezo, bienvenidas sean.

la siquiatría …

La siquiatría es una manía modeno-occidental que ha trascendido y bendecido nuestros altibajos como si fuera la verdad absoluta, que provee de la solución definitiva a nuestros ciclajes. Si alguin cree en aquello debe estar compensado gracias a las maniobras de semejantes dueños de la verdad síquica. Creo que no estoy en condiciones de avalar semejante afirmación. Creo que mis oscilaciones son parte importante de mi esencia y que su cura sólo podría significar la destrucción de mi ego.

Creo que es más propicio incorporar otros medios para sostenernos en el tiempo. Como diría yo en un estado de manía, para aprender a sostenernos en una tabla de surf.

Un ejemplo de aquellos medios puede ser la tan vedada taza de café o el negado placer de trasnochar a la luz de las velas en la espera de un ambiente embriagador -pero siempre sin alcohol, claro-. Como resistirse a esas tardes frente al mar o en el peor de los casos, frente a la selva de concreto que contiene pequeños orificios llamadas ventanas que comunican al vecino la presencia o ausencia de un alter.

Por hora quiero reivindicar las múltiples alternativas a la medicina alópata. En este día, debo confesar que he recurrido a dos. La primera, a las flores que una buena amiga mía decantó en una bella botella de vidrio con claras indicaciones de su uso. La segunda, con una conversación a la luz de la tarde con un bello amigo que se dispuso a compartir una taza de café mientras oía mis pesares altibajos.