De “Bitácora de una Bipolar” a “Bitácora Bipolar”

Pensamiento que sigue vigente en mi: no estoy enferma, tengo una condición que ha sido denominada de una manera por pura cultura, por pura sociedad siquiátrica que insiste en rotularlo todo. Qué más da, si lo que me dan me ha servido para no volver al siquiátrico, no dejaré de tomarlo, mientras se me ocurra.

Bitácora Bipolar

Quise abrir lo que escriben mis dedos a todo el que pasara por aquí por pura casualidad, o buscando algo que reflejara el estado de quien ha sido diagnosticada con trastorno bipolar, una categoría post industrial occidental que nos agrupa dentro de una especie de síndrome que se caracteriza por la presencia de dos polos: uno de manía y otro de depresión. Bueno, es harto más complejo que eso.

Ya sea en el polo de la manía o euforia en casos más fuertes, o la hipomanía en su versión más suave (pero no por ello menos delirante), o en el de la depresión, lo que ocurre es que nos encontramos con la emergencia de sensibilidades que hacen experimentar la vida de una manera más intensa, pero de manera permanente, no hay pausa. La pausa o stand by sería el momento de la eutimia, máxima aspiración de alguien que está cansado de oscilar…

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Violeta Parra

100 años de pisar la tierra

Bitácora Bipolar

A pies descalzos y pollera larga deambuló entre la lluvia y el sol; el agua y el fuego; el día y la noche; la pena y la algarabía; la líbido y la desazón; la libertad y el castigo de la tortura de los días de soledad y abandono crónico.

Nuestra Violeta bipolar, amó desde el dolor más hondo, desde la pasión más perdida, y la rabia más insondable. Odió con la fuerza de los huracanes, y amó la vida de los que sufrían los pesares de las injusticias.

La Violeta tomó un puñal con balas para destrozar su sien y borrar su la melancolía circular.  Había dejado su oda a la vida, agradeciendo sus ojos, oídos, la marcha de sus pies, su corazón, la risa y el llanto de todos y todas. Ella ya sabía de sus pesares y ya anunciaba su partida y no la escucharon.

¿Cuántas veces mi imagen se ha superpuesto con…

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Ya saben, si se va uno por la vía del tren algo de mi se va también

Tengo todo, pero todo lo que necesito. Nada, nada de lo que pueda necesitar está fuera de mi alcance. Pero hoy ha sido día de vuelta del vendaval, del escenario que me lleva a mirar la puerta lateral del teatro para locos. A sondear en la oscura e ilimitada sensación de vacío de contenido. Hoy, estoy al borde de esa puerta que tantas veces atravesé y de la que regresé a reanimación o a un abrazo firme, incondicional.

Estoy tratando de recordar cuál es la estrategia y, en concreto, cuál es la táctica que he empleado cuando estoy en medio de la nada.

Bebí un vaso de agua, unos cuantos cigarrillos. Comí nueces para la angustia y volví a beber agua y fumar otros cuantos cigarrillos. No quiero salir, no quiero ver a nadie. Quiero estar aquí sintiendo como pasa este remezón emocional, mientras pienso y pienso en las estrategias que me han acompañado desde hace más de 30 años.

Tal vez no sería malo recordar un poco cómo fue que fui descubriendo que siempre hay una salida.

Año 1980. Deambulaba por la casa, en un estado casi de catatonia. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Me figuraba sentada en la confluencia de dos paredes. Estaba sola. No había nadie ni nada que me detuviera. No había papá; estaba fuera del país, cosa que por esos días ya era la normalidad. No había mamá, no sé dónde estaba en ese minuto. Nada. Ahí estaba, en medio del jardín y una soga y su nudo aprendido en una reciente iniciación en los scouts. Un árbol, una gruesa rama y el viento. Era invierno, lo recuerdo porque no había hojas y tal vez por eso quiero tanto el invierno. El suelo y el dolor de cabeza y espalda me despertaron del dolor de sentir el vacío. Eso fue, caí y con esa caída retorné al sentido.

Año 1990. Un nuevo árbol. Me figuraba arrimada, oculta del mundo. Subí, no sé cómo, hasta la copa a mirar la laguna verde que se tendía a los pies de ese árbol. fueron 5 los compañeros que me tomaron de la mano, que me invitaron a vivir.

Año 2001. Un edificio. Piso 13. Escritorio ordenado, papeles en su lugar, pero nadie, nadie cerca. Ventanal abierto, acera desnuda. Ruidos de sirena de ambulancia. No alcancé, otro abrazo me hizo desistir del paso adelante.

Año 2003. Bajo tratamiento contra la depresión. Pastillas por doquier y una ambulancia que gemía o lloraba mientras me trasladaban a un servicio de urgencia. Golpes. No sé qué más.

Año 2006. Recién diagnosticada con TAB 1. Vacío, abandono de mi hija durante 3 meses; tenía 6 años de edad. Culpa, rabia, odio; yo era el centro. No había nada, una vez nada. Un arma detenida en el intento por una mano enemiga. Vinieron los TEC uno tras otro. Nuevamente siquiátrico; cosa conocida.

Año 2007. Sólo el gesto. Sólo recorrer sistemáticamente con la mirada las vías del metro. Regresé por mi cuenta al siquiátrico.

Año 2011. Marzo y el Puente de Brooklyn; octubre y mi cuarto. Nuevamente la soga hecha de alambre. Se rompe, se rompe.

Hoy, 13 de septiembre de 2017. No hay pastillas, no hay soga, no hay bala, sólo yo y mis ideas. Sólo yo, pero no, también está el amor por mi hija, el agua, las nueces, los pobladores, el mar, las calles, el rumbo hacia algún lugar, la locura, los locos bajitos, la primavera que casi llega. Por ahí va, aquí están mi estrategia y mi táctica. Si no creyera en ellas, sería una brisa sin oxígeno.

Respiro, siempre es bueno. Releo lo escrito, miro mis manos, miro el reflejo de mi en el espejo. Me lleno de mi y las circunstancias que construyo. Aquí voy de nuevo, recordando, re vivenciando que estoy con vida de milagro, a puro abrazo y amor, gracias a mi pacto para vivir que renuevo cada día.

Si duele es porque estoy viva.

Un día a la vez.

Para qué correr tanto si avanzo tan poco.

Un abrazo terapéutico vale mil besos.

Gracias de nuevo, Violeta, por ese Gracias a la Vida.

El fantasma del doctorado

Hoy, como no suelo hacerlo, releí algunos escritos y este que pongo de nuevo aquí, le tengo un especial cariño. Refleja lo que ha sido para mi empezar una y otra vez desde cero… y no morir en el intento (literal).

Bitácora Bipolar

Hace un año ya, dejé definitivamente mis estudios doctorales; no quedaba de otra. Mi falta de sueño y mis virajes insondables me llevaron a un túnel sin regreso. Fue un fracaso más de tantos otros que he tenido. Quedé destruida, pero con vida.

Viví el duelo con alegría, porque no fue el fin del mundo, sólo de mi carrera académica. Creo que ya no daba más. No podía estar en una sala de clases dictando teoremas y cayéndome al suelo con estertores, o viendo dibujos en el aire sobre las cabezas de mis alumnos; llegando tarde a mi casa, y etc.

Recuerdo un día en que fui a entregar un reporte y sólo cuando me vi en un espejo, noté que mi cara estaba desfigurada y mis manos agrietadas. No tenía sentido todo eso. No quise continuar desmembrándome, quitando tiempo valioso a mi hija y a mi misma. No era yo esa…

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De cuando no hay retorno para el sonido

Estoy pensando, más de lo habitual, en lo que llevo de estos días. Todo bien, excepto por tener que apretar los oídos ante gritos ensordecedores.

No es que me afecte significativamente. Qué más puedo pedir? Tengo paz, pero necesito monitorear lo que me ocurrió ayer.

Almorzaba junto a mi familia, la alegría invadía el entorno y quería disfrutar como nunca el vínculo que he recuperado con mi hija. Fueron años de abandono por estar ingresada a cada rato, pero hoy, hoy estamos más cerca que nunca.

De repente, vino un sonido ensordecedor que claramente sólo yo sentí. Me levanté de la mesa, me fui a mi cuarto y tapé mis oídos. Ahí estaba, ese bendito momento en el que voces que me hablaban emergían desde mi calota hasta los pies. No se iban, no decían nada específico. No sé cuánto estuvieron aquí. Traté de dormir, de respirar lento, no alarmarme, pero ahí estaban, codo a codo con mi respiración. Tomo antisicóticos, tal vez ya está en retroceso el efecto, no sé.

Busqué una oreja para hablar de lo que me pasaba; tener pareja es fundamental, sobre todo para que te acompañe precisamente en esos momentos en el que tienes que morderte la lengua para que no se note lo que no se puede ocultar fácilmente.

Como sea, no importa que digan que está trillado hablar de mis estados irregulares, con vaivenes, con todo lo que implica, -no sé si será absolutamente cierto-, convivir con la bipolaridad.

Y aquí estoy, luego de una ducha tibia, vaciando esta sensación de estar sola con todo esto.

Cuando las ideas contaminan la vida mía

Domingo 11 de diciembre, como suele ocurrir en medio de días de convulsionadas multitudes y vitrinas atestadas de ventas, mis manos comenzaron a temblar, mi espalda, qué digo, cuerpo entero, comenzaron a sudar frío, incansablemente e imponderablemente.

No había nadie alrededor, buena fortuna, lo que me dio el espacio para detenerme un poco mientras se avecinaba el vendaval que de un tirón cogió mis ideas y las transformó en dagas que punzaban el pecho. Ahí estaba, una vez más, el vacío de sentido y de contenido, envolviendo mi tamaña humanidad, mi sonrisa y mis ganas de estar aquí, hoy y siempre.

Así que, tomándome por el pecho, me arrodillé y comencé a pedir a las voces que escuchaba que se fueran a otra parte, que terminaran con la parafernalia que insistía en conducirme hacia la puerta lateral. Me abracé, me miré al espejo, bebí agua, caminé en círculos y salí a la calle en una eterna caminata. Huyendo de los autos y distanciándome del metro y los edificios. Caminé y caminé y al regresar comencé a escribir lo que recién publico hoy.

Al día siguiente, recurrí a la doc. Claramente pasar la noche en vela, de manera sistemática, me torna cada vez más vulnerable.

Sin embargo, he aprendido a manejar esas instancias de tormento agudo. Sé como respirar cuando mis pulmones están llenos de oxígeno. Aprendí a sostenerme a un madero mientras el mar tiembla sobre mi cabeza y mientras me estrello contra las rocas. Puedo salir de cada una de las ideaciones suicidas que de vez en cuando abundan dentro de mi cabeza.

Hoy, en este día de calor que cala los huesos, puedo decir que amo más que nunca respirar hondo y llenar mi pecho de vida, de vida de la buena.