Esta es la parte en que me encantaría ser más paciente

No soy paciente, me digo, no estoy al alero de ningún paraguas institucional que me reduzca a ser un mero número de atención…

No, no es de eso lo que quiero escribir, solo quiero tomarme la presión emocional y hacer funcionar el aparatito este de la voluntad de sentido (sí, sí, a lo Frankl), que se me escapa a través de las rendijas de la paciencia.

Cuento días de estar en piloto automático, caminando por inercia, medio obsesiva, medio taciturna, medio explosiva, medio irritable, medio eufórica, medio melancólica…. De un cuantohay, le dicen por aquí.

A esta hora me mira el sol, se refleja el espejo, me visitan los pies y me abraza la cama. Sí, medio recostada me figuro.

Ni siquiera estas líneas puedo escribir de corrido; me he parado 5 veces en el intertanto…

Ya es de noche y me veo en un purgatorio virtual, sigo en piloto automático. No sé qué más decir.

Escucharé algo para remecer un poco las manos, a ver si mañana despierto agradecida, como siempre debe ser. Aquí va mi tema para este minuto

 

 

Y si escribo algunas líneas innominables?

Andamios más, andamios menos, cómo poder reconstruir lo que derrumbé en un segundo? Tendré que morder la marea si quiero recomponer mis huesos. O tal vez agitar los brazos por si se asoma algún salvavidas por ahí.

Vivo un crónico duelo, para qué negarlo. Si hasta las mañanas tienen algo de noche cuando despierto con el dolor que emerge de mis cuencas y baila hasta la nuca.

En este minuto, no sé contra qué voy. Si es de día, me muero porque sea de noche; si ya pasó el crepúsculo, ansío que aparezca el alba.

No, no quiero dejar de mirar a mis monstruos, si los hubiera, porque así me alimento de mi verdadero coraje, si es que asoma por estos lares.

Litio, carbamazepina, valproico, lamotrigina, olanzapina, risperidona, quetiapina, aripiprazol, alprazolam, zolpidem, paroxetina… todos me han habitado en algún momento. Y aquí estoy, con 3 de ellos en la sangre, renovando a diario el pacto para vivir.

No he podido meditar, no me animo a subir a la montaña, no me sumerjo en el agua, nada, apenas algunos pocos metros por caminar.

Hoy no hay lágrimas, ganas de gritar, salir disparada por la ventana, ni asomar la cabeza desde el umbral de la puerta. Algo le pasó al sentido que no pude separar la cabeza de la almohada. Tal vez hoy sea de esos días en que andar en piloto automático sea necesario para partir el día que se avecina.

 

 

Noche de pedir ayuda

Anoche me dormí temprano, había tomado un SOS, tal como me había prescrito la siquiatra. Apagué celular, guardé cuadernos, apagué el compu y me puse el pijama. Pero casi medianoche desperté con ruidos en mis oídos; eran esas cosas que no venían hace tiempo. Pronto vinieron las ideas y sentimientos que convocaban a la muerte.

Mi hija, mi hija, me dije apretando las sábanas. No pude, simplemente no pude sostenerme, tal como suelo hacerlo.

Después de un tiempo indeterminado en que gritaba para que no me llevasen las ideas, llamé a mi madre pidiéndole ayuda. Dormí con ella y mi hija cerca.

Por la tarde tendré otra opinión. No quiero estar interna, esto no me la puede ganar.

Un día a la vez; un segundo a la vez.

Una caminata por el asfalto para la furia

Como si el día no bastara para sembrar dudas, tenía que venir con la rabia escondida tras mi espalda.

Nadie se salva de mis energúmenos comentarios cuando vienen del color del día que se viene, donde lo que acontece se vuelve del rojo que espanta a quien se asome.

Hoy fue uno de esos días…

De las pérdidas

Caminar, cantando, una urbe desolada, justo al final del invierno, vivirá por siempre en mi recuerdo.

Guitarrear la canción valiente de la Violeta o algún disco ácrata de aquellos, no morirá tan fácilmente dentro de lo que conozco como memoria.

Descubrir las flores justo sobre mi almohada, una taza de café sembrada sobre mi brazo, de la mano de una silueta incondicional, seguirá siendo uno de los dibujos que se mantendrá en mi pared.

Bucear entre las nubes de la gran isla del Caribe, sembrar la semilla más poderosa de mi historia, estará entre las más inefables de las bendiciones.

Haber conocido la luna llena titilando sobre el Atlántico y tener en mi memoria el lecho de un río, dunas y rocas entre mis piernas, siempre será el mayor de los últimos regalos.

Y así, remembranzas más, remembranzas menos, les presento las pérdidas emocionales más significativas de mi vida.

Aplanando calles

Lo urbano tiene algo de mágico si se recorre de noche. Vengo de una caminata de esas que diluyen las ansias y la agorafobia en potencia, casi al punto de dejarme al borde de la cordura.

Me reencontré con el asfalto, los adoquines, las veredas, los parques que, cual oasis, emergen en medio de la selva de horribles edificaciones, las que vigilan a los amantes que se funden a plena luz de luna, justo debajo de la nocturna sombra de un arbusto.

Sí, volver a caminar, cantando, derecho hasta un rincón en el que jóvenes danzan al compás de una música que alimenta cualquier oído, me dejó con el botón de rearme de la calma a punto de reiniciarse.

Si es de la mano de una lata de cerveza que carga un amigo, cuanto mejor.

De mi cordura y su delirio

Si tuviera que definir en pocas palabras a lo que me habita en este minuto, tendría que contemplar las palabras alboroto, delirante y extemporánea. Sí, me cuesta definir en palabras simples lo que pasa ahora y eso es motivo de estas líneas.

Siempre estoy en el ejercicio de ir reconociendo mis estados; me ha ayudado a enfrentar los vaivenes y vendavales que van y llegan, así de repente, sin causa aparente. Pero no, siempre hay factores que gatillan, que desnudan lo que estaba a punto de emerger, como si fuera de la nada. Pero siempre hay algo que hace que se asomen las lágrimas o la efervescencia, dicho de otro modo, el delirio

Estos breves espacios de reflexión me traen, como cable a tierra, al presente, del que suelo estar tan ausente al punto de llegar a perder el horizonte, como cuando dejo de ver a la cordillera que me orienta temporo-espacialmente. Son momentos en que me contiene lo que algunos insisten en llamar cordura. Yo lo llamo sentido.