Esta es la parte de la película donde miro las pequeñas grandes cosas

Despertar con la luna aún en el horizonte, beber agua, mis medicamentos, mis vitaminas, beber un tazón de café con un par de cigarrillos, preparar el desayuno de mi hija y acompañarla, tomar una ducha, re-fumarme un café, encender el compu, mirar y luego leer la agenda, re-fumar un café, mirar el compu, retomar las labores del día anterior (siempre que identifique en la agenda qué estaba haciendo el día de ayer), estirarme en la cama, re-fumarme un café, re-tomar las acciones que alcancé a planificar…

Mi rutina es tan simple como estructurada. Mis días pasan enteros o no pasan. Las mañanas se encuentran con la noche y se saludan al unísono; vaya que se saludan.

En este preciso momento estoy en el ejercicio de mirar lo que me conforma y reconforta. A veces me cuesta más de la cuenta, pero si hago el ejercicio de re-mirar y mirarme, puedo encontrar alguna explicación a mis vaivenes.

Ayer no pisaba muy bien y el día se fue en medio de mis artimañas para no trabajar de corrido; hoy el día ha sido más claro, con menos momentos violentando mi existencia.

Puedo decir, entonces, que mi día se vistió asumiendo que la noche aún no se iba, que la luna quiere ver al sol, aunque esté nublado, y que la sonrisa habita mi rostro hasta por el más mínimo aspaviento de la memoria (aunque viva entrecortada)

No es sencillo, cierto, pero si algo saco en limpio en este momento es que siempre tendré las manos llenas y que la puerta lateral que me acompaña a diario puede desdibujarse con un poco de realidad.

Bitácora de una bitácora

A diario, me reporto ante mi misma; me resulta imprescindible para cursar los días que pasan. Hoy no es la excepción. Y es que monitorear mis emociones resulta ser una de las mejores maneras de estar presente.

Al parecer mis estrategias de sobrevivencia van por buen camino; la psicóloga celebró que aún cuento con métodos que resultan ser poderosos protectores emocionales.

Practico aquí el ejercicio de leer mi mente; este espacio se ha constituido en un lugar en el que despliego mi vitalidad a diestra y siniestra. Trabajo a diario cada 20 a 30 minutos; el cigarrillo, amigo o enemigo de la ansiedad, demanda mi atención cada vez con mayor frecuencia. Ordeno mis cosas, porque la memoria siempre se escapa. Lavo, plancho y eventualmente cocino para mi hija como una manera de mantenerme conectada.

Es cierto que no hay día en que no me veo amortajada, en que llega un vendaval y me sumerge hasta el fondo, pero tengo mi madero siempre alerta -justo cuando más lo necesito- para sortear ese desenfrenado estallido.

Ahora mismo reviso el día; positivo balance. Cierto que me figuraba a las 5 am con un par de cigarrillos y un tazón de café, pero a esta hora solo puedo reconocer que, si bien no estuvo como me habría gustado, llegué hasta aquí. Sí, es otro día de terminar, cansada, medio arruinada, pero aquí.

Día bello, qué más decir

Poder abrazar a mi niña, caminar bajo la lluvia (o la nieve que nos visitó recientemente), son acciones cargadas de un contenido profundo. Sí, centrar cada paso en lo esencial es para mi el mayor de los aprendizajes.

A pocos días de la próxima consulta y la visita a una doc antroposófica (para mi hija), estoy simplemente en la tranquilidad misma. En esto, necesito la mayor de las energías.

Un día a la vez, siempre.

Invierno, casi invierno

Lluvia, de esa que limpia y calla, es la que me habita ahora. Como si la necesidad de llorar hubiera sido suprimida de cuajo con estas leves tormentas de agua y viento. Qué más puedo pedir? Y es que ni los temblores, dolores musculares, rigidez en la espalda y el cuerpo entero pueden bloquear esta cada vez más frecuente acción de vivir.

Vivir, tanto sentido ha cobrado ese verbo para mi, que no me importa repetirlo una y mil veces, no importa la hora ni el lugar.

Hubo lugares en el que ese verbo estuvo fuera, qué decir, muy lejos de los días. Y hoy, hoy mismo cobra mayor sentido, incluso después de la temporal caída de los sentidos.

Estoy en un momento que, creo, habla de felicidad, armonía, tranquilidad, de esa enorme, de la que me cuida y calma en los vaivenes, ventoleras y marejadas.

Qué decir ahora, casi no me quedan palabras. Sólo quiero disfrutar este momento, momento bueno y lleno de vida.

 

Y a quién no le ha pasado

Hoy me dirigí a la farmacia de siempre, la del químico farmacéutico siempre atento a mis dudas y consultas, a la de la encantadora auxiliar que me mira con su rostro claro, compadeciéndose de mis cajas de medicamentos.

No había ido la última vez a retirar mis tratamiento actual, más liviano (Lamotrigina, Paroxetina, y Aripiprazol, una cosa poca, digamos).

Mi sorpresa fue mayúscula cuando el antidepresivo no estaba disponible para mi. “Aún está en tratamiento, debe tener media caja en su casa“. No entendía que pasaba. Había preparado las dosis diarias como lo hago siempre y, en consecuencia, ya no me quedaba para otro día. “¿Qué pasó?”. Ahí estuvo la respuesta. Debí haber tomado la mitad de la dosis… Lo había olvidado, simplemente cual autómata, preparé los pastilleros con las dosis habituales y ya. Y ahí estaba yo y mi cara de ansiosa reflejada en un espejo. Recordé que me quedaba una caja adicional de esas que conservo como muestras médicas.

No lo había notado. Mi optimismo ciego me tenía en medio de un vendaval de trabajólica naturaleza.

Ni siquiera me enojé conmigo. Por qué iba de hacerlo? Sólo fue un pequeño error que no llegó a mayores.

Esto no es un “Oda a los medicamentos“. No es otra cosa que un recordatorio de que, -aunque drogas que no dan felicidad, o si la dan no es permanente-, las tomas me han ayudado. Cierto, estuve por años tratando de vivir en la negación, trabajando duro por entender el origen de todo esto. Visitando semanalmente al sicoanalista, a la sicóloga constructivista, a la terapeuta ocupacional y sus sesiones grupales, al hombre de los imanes, a la yerbatera de la esquina, a la amiga espiritual… Sólo después de años de búsqueda asumí la condición, con todo lo fuerte que ello implica.

Entiendo que hay visiones contrapuestas que indican que las drogas causan más daño que beneficio. Lo sé, mi cuerpo así me lo dice. Pero vivir en el mundanal ruido, en medio del cemento, en una sociedad que encandila con las luces, tener una hija que ha sufrido por cada una de las crisis que he vivenciado, me han llevado a la decisión de apegarme al tratamiento, a la meditación y a momentos en que me detengo para ver, oirme, sentirme, y cada vez que es necesario, aferrarme al madero de la fe y la voluntad de sentido (osea, siempre).

Ya sé de la culpa, de mis sentimientos de abandono, de mi caótica y esquizoide proceso de socialización. Sólo tomé esa mochila y la dejé ordenada por ahí.

Sé que los medicamentos no sanarán el origen último de mi condición, pero me ayudan a levantarme por la mañana, a tomar una ducha, a parar el tren que se me viene encima, a reunirme con mis amigos y amigas, a cruzar la calle sin ser atropellada, y suma y sigue.

Es una opción. Puedo estar equivocada, pero qué más da. Estoy aquí, viva, ya no en medio de un chaleco que maniata mis brazos, sino en medio de las manitas de mi hija.

Bendiciones a quien me lee.

Claudia

Junio

No fue el acabo de mundo, ni siquiera cuando me quebré un hueso tras sufrir un mareo en la escalera de mi casa. Cierto, no hubo un solo hecho en particular que me acongojara. Sí tuve mis altibajos, uno que otro delirio ansioso o un poco de mirada perdida por las madrugadas, una cosa poca, diría yo.

Hoy estoy tranquila, a la espera del julio que se viene.

Bendiciones a quien me lee

Amistad de los imprescindibles

“Nadie es imprescindible” me dijo alguien que expresaba con seguridad y altanería su visión respecto a las relaciones humanas. “Todos son descartables” diría otro. Pero yo, yo simplemente quería establecer un punto y es que hay personas que para mi son imprescindibles, es decir, son seres con los que puedo ver la misma luna, comer el mismo pan, destrozar las mismas amarguras así estemos distanciados el uno del otro, así no estemos de acuerdo con la vida, así no estemos ni ahí con la vida.  Yo quiero llamarles así porque así me place hacerlo.

Por qué negar que tengo imprescindibles. No tengo la misma sintonía con cualquiera. Eso le pasa a todos, por cierto. En mi caso creo que la amistad es ese encuentro que puede prolongarse (o extinguirse temporalmente) a lo largo  del tiempo gracias a la vida misma, a nuestra voluntad, a nuestro pesar incluso. Por qué voy a darle nombres tan rígidos a las cosas. Por qué voy a recurrir a los clásicos para establecer un punto de inflexión en mis dichos. Simplemente lo digo de manera llana, a mi manera. Creo en la amistad, de esa buena, amarga y dulce, pero amistad a fin de cuentas.

Si alguien ha leído este blog más de 10 veces, y si así lo desea, puede llevarse mi aprecio más profundo.

Aquí va un abrazo terapéutico para mis imprescindibles.

Clau