Partiendo de cero… nuevamente?

Me he preguntado si la reducción de la dosis fue determinante en mi estado de ánimo oscilante. No estoy tan segura de aquello, puesto que en otras ocasiones he estado con dosis baja y me demoro en ciclar, al menos en un momento inmediato. Pues bien, qué faltó esta vez? Estar presente. Si, eso, estar consciente de que debo estar alerta ante cualquier hecho. Es como disfrutar del momento pero con la conciencia más abierta. Es decir, tomando cartas de cada uno de los hechos, actividades, actitudes de personas que me rodean, mis propias reacciones, y etc. etc. Suena agotador, tal vez, pero así ha debido ser para que los ciclajes no me invadan.

En consecuencia, voy a mantener la dosis a la que quise llegar, pero estaré más alerta. El hecho de que esté escribiendo aquí con una actitud casi contemplativa pero activa a la vez es una muy buena señal de que voy bien, avanzando de nuevo, como si me estuviera despertando de un mal sueño. A esto le llamo autoterapia.

No sé que le pasó a mi día que se vistió de hastío y pereza

Me enchufé los parlantes a los oídos. Más bien, me enterré el sonido en mis caracoles auditivos para no oir lo que afuera acontece. No sé de qué estoy rodeada, si de mi vida de ensueño o de la otra de amargura. No sé si tengo sueño o sólo es modorra a medias que viene después de haber zampado cuanta comida encontré a mi alrededor y que no encontré también. Para el caso, igual me levanto a las 5 am y ahora tengo frío. Si hasta las manos se achicaron porque ya ni mi cara son capaces de cubrir.

A esto le llamo manía-angustia: a lamerme las manos después de haber comido miel. A soltarme el pelo para después cogerlo hasta con alfileres. A caminar a pie pelado para después usar botas. A sentarme mirando a la calle para después darle la espalda. A calentar la tetera para después no servirme ni un mate. A escuchar a Pink Floyd y luego cambiar a Bob Dylan. Y como si no fuese todo, continuar con Illapu. Es mi propia terapia atendiendo a que estoy con ideas rápidas, las manos apuradas, el sueño a medias…

Tengo una impechable adherencia al esquema de tratamiento. Entonces, ¿me estaré burlando de los medicamentos? ¿será que no hay caso conmigo? Me pregunto mientras escucho a Los Jaibas. No sé, quiero pensar que aún faltan días para que el tratamiento de base me haga efecto.

La negación, mi enemiga privada n° 1

Caminaba rumbo a la consulta con la siquiatra y me llamó la atención que mi pie vibrara al pisar una hoja seca. Repetí el paso y ahí estaba la vibración, el saltito del pie que alcanzó siquiera a rozar el suelo. No me llamó la atención hasta que hablando con la doc vi en sus ojos que los míos estaban hundidos. “Cuánto estás durmiendo?” me preguntó sin alterar siquiera su docta melodía vocal. “Cada 3 horas” le respondí en el mismo tono (suspiro!…) Y ahí vino la moledera de preguntas respecto a mis hábitos, procesos de aprendizajes, redes humanas, adherencia al tratamiento, etc., etc.

Cierto, no he dormido bien. Despierto cada 3 horas y sé que ese es sólo el comienzo del ocaso. Así que… a doblar la dosis de quetiapina! Qué tontera, pero bueno, es parte del pastelito este de ser considerada bipolar por el DSM y no sé que más.

Me pondré un temita de aquellos que me recuerdan que mi cabeza esta a veces en otra…

De cómo inicio un día con la novedad del sueño tranquilo

Desde hace casi 7 años he sido consciente de que mis cambios de humor son atribuidos a un miserable conjunto de cosas orgánicas que operan en mi cerebro. Pero desde hace poco sé que dichos cambios pueden modularse casi, pero casi, a voluntad. Pero no cualquier voluntad. Me refiero a una voluntad que tiene que ver con el sentido que le doy a mis días, mis acciones, mis pensamientos, mis interacciones con otros y mi autorreflexividad.

Me ha costado apreciar los días. Esto, mi valoración por la vida, ha cobrado sentido cuando regreso de una internación o despierto de unas sesiones de tratamiento electroconvulsivo. Ahí, y sólo ahí abro los ojos como si fuera la primera vez. El primer encuentro con la vida,  con los otros, conmigo.

Si regreso de una temporada encerrada dentro de barrotes y sábanas que aparentan ser blancas, es porque estuve pidiendo a gritos (literalmente) salir de ahí. Los olores, colores, texturas, imágenes se tornan amargos, incoloros, turbios, difusos. Pero también todo lo contrario. Ya me pude errática, pero no quiero dejar pasar que ha sido dentro de esas jaulas donde he conocido de cerca la solidaridad. Esa que se da entre mujeres que intentan apoyar y contener a una “colega” que acaba de ser notificada del rechazo a su solicitud de visita de su hijo/a. O cuando alguna se ha sentido invadida por la angustia de enterarse que su pareja está con otra. Si, el alcohol, los algodones, los pinchazos, las subidas y bajadas, las luchas a veces intestinas para conseguir un turno para el teléfono también van acompañados de intensas sesiones de reflexión colectiva entre quienes logran conectarte con sus pares. Y quienes no, al menos tienen detrás a alguna vecina que velará por su sueño.

Ahora, en este momento de claridad y serenidad, recojo esas circunstancias en el sentido de recordar (pasar por el corazón) aquellas acciones y reflexiones que alimentaron mis deseos y voluntad de seguir adelante.

Creo haber encontrado la manera de activarme sin salir disparada del suelo

UuuuaaaaaaaH! que tranquilidad suprema. Anoche sólo desperté una vez y eso ha sido uno de los mayores logros dentro de los últimos 6 meses. En parte creo que se lo debo a la toma de agua de toronjil, también conocida como “agüita para la pena”. Bastó una taza y me preparé para dormir.

Ayer casi me caí de tanto activismo cerebral, o como se llame. Anduve de una lado para otro. Caminaba por toda la casa como buscando remedio para obtener la tranquilidad. Si no me freno, salgo volando por la ventana, pero finalmente sólo cedí a la copita de alcóhol de 28 grados. Alguien dirá que esa fue una recaída por mi vieja historia de alcoholismo… eso fue hace casi 20 años. Pero yo creo que fue una vía de enfrentar el fuego con el fuego.

Me estoy mirando en el sol nublado en esta mañana llena de nubes. Que agradable es sentir los pulmones llenos de humo disputándose con el oxígeno que emana de este árbol bendito. Qué más puedo pedir, ah, si, tengo que ir a despertar a mi hija para cumplir con lo prometido: debemos organizar el proceso de estudiar durante este año. Ya se lo dije, si no se enamora de las letras no le voy a exigir nada. Pero ella, grande ella, tiene más voluntad de sentido que todos aquí en esta casa. Qué ganas de salir a caminar por el cerro que tan cerca está de mi puerta. Pero ella, mi niña, no quiere salir. Qué tal si invento un viaje insondable en mi cabeza?.

Pues bien, creo, sólo creo haber encontrado la manera de activarme sin salir disparada del suelo: tirarme de espalda sobre el suelo frío con los ojos cerrados escuchando esa música que me arrebata de mis arrebatos: Redemption Song.

Ilimit, jaquecas, constipación, insomnio, sucedal

Este título parece una oda a mi tratamiento. Ya se lo he dedicado al litio, al ácido valproico,  a la lamotrigina, la  quietapina, la risperidona,el clonazepam, la paroxetina… se que queda algo en el tintero? Sí, me falta el TEC, pero eso es un cuento muy aparte.

Retomé el aripripazol hace una semana, luego de que la siquiatra se haya convencido de que mi esquema de tratamiento debe variar tantas veces como lo hago yo, o casi. Y es que no hay mes en el que no llegue con la noticia de que, o hay llanto con desgarro, o unas ganas de salir por ahí a beber algo, trasnochar y todo eso. Por voluntad no me quedo, pero lo que no puedo evitar son estas olas que me lanzan lejos; me cuesta tanto salir de este cansancio crónico…

Con ilimit, mi cabeza tiene una coreografía de vasos sanguíneos que se mueven provocando un dolor generalizado que se pone de acuerdo con el crónico dolor muscular que suele competir con el resto de mis debilidades.  La hinchazón y las ganas de sacarme todo el estómago se vuelve una compañía permanente. Y por la noche, si me doy demasiadas vueltas en la cama, tengo que recurrir al S.O.S., de lo contrario me encuentro una vez más en la terraza del patio con un cigarrillo en la mano derecha y un vaso de bebida en la otra.

Anoche fue así; mi cabeza daba vueltas, no podía dormir y aunque perezosa, no me faltó el impulso para salir afumar. Ahí mismo tomé una decisión: quiero volver a trabajar como loo hacía antes, desde mi casa gran parte del tiempo, viajando a veces y con la libertad de estar con mi hija en cualquier momento. Lo de ahora, si bien me iba a subir el pelo en el campo profesional, me está quitando demasiado tiempo;así que no estoy haciendo la pega como se debe. Antes de que me pongan de patitas en la calle, me voy con mi mejor sonrisa. Así Será entonces.

(Puedo ser más afortunada?)

Mi vida, una historia de permanente ciclaje

Alguien podrá explicarme cómo es posible despertar un día en el diván del siquiatra pronunciando un “sí, es cierto”, cuando se ha llegado a la conclusión de que se he vivido durante dos décadas en permanente ciclaje?; peor aún, darme cuenta de que los últimos 3 años he estado más cerca de la demencia que de la cordura; viviendo en la fantasía, en la ilusión de que puedo hacer todo y hacerlo bien? Ayer fue duro afirmarlo frente a la siquiatra sin sentirme estremecida, con el cuerpo derrumbado sobre el sillón y las manos en la cabeza como tratando de evitar escuchar voces que re-confirmaban tal afirmación.

“Mira”, dijo ella, “voy a leer el resumen que preparé para decirte con claridad cuál ha sido tu estado”… y ahí empezó: siempre con ideación suicida, 5 intentos, hospitalizaciones cada 2 años en promedio, tratamiento electroconvulsivo, cambios repentinos de planes, rupturas de pareja de manera traumática…. en síntesis, “pérdida del juicio de realidad”. No titubeó para decirme “ya no me la puedo contigo, ahora mismo te derivo a un centro de atención siquiátrica para que al menos te estabilicen por un tiempo”. Silencio.

Por mi cabeza rondaron imágenes rudas de recordar: viajes no planificados, especialmente fuera del país, interrupción de estudios, mal rendimiento laboral, sogas, pastillas, caminando descalza en medio de la autopista, parada frente a un teléfono público a minutos de la medianoche del año nuevo, negación de la maternidad, abandono temporal de mi hija, promiscuidad, alcoholismo y drogadicción, mentiras, odios, rencores, desamor, vacía de sentido, identificación con lo sobrenatural, en posición fetal con la luz apagada, bajo la ducha inmóvil, caminando sin rumbo fijo por horas, nadar sin ganas de detenerme… y ahora lo asimilo? Por qué ahora? No tengo idea, tengo que trabajarlo con tiempo de la mano de un terapeuta.

“No puedo internarme”, le dije, “Mi hija quedaría sola… asumiré cualquier cambio en el esquema de tratamiento, si tengo que parar todo, lo hago, pero mi hija no aguantaría una más de su madre”. Una vez más creí poder manipularla, pero lo que primó en su decisión final fue mi situación de disfunción familiar y mi ” fe y gran fuerza de voluntad”.

Tal vez el padre de mi hija venga a Chile por una temporada. Creo que será lo mejor, podré sentirme de veras apoyada y sobre todo, mi hija tendrá la oportunidad de disfrutarlo. Ayer me di cuenta de que ha sido el único hombre-hombre, el que me ha hecho sentir amada, segura, contenida. Me dolió darme cuenta de que fui yo quien lo abandonó y no él como me convencí hace algún tiempo.

Que sea lo que sea. Por ahora me concentraré en esta nueva etapa de mi vida.

Bendiciones a quienes me leen.