De nuevo aquí

Si despierto es porque vivo, me dije esta mañana con frío. Y es que cuando miro de reojo el ventanal que está en mi cabecera no puedo dejar de mirar al pasado de los días.

Salir de un cuarto claro lleno de otras pacientes que esperan el vaso con agua, con las manos extendidas para el mismo ritual, es casi lo mismo que salir a la autopista a ver si algún carro de bomberos, que va rumbo a apagar un incendio, me lleve a mi también.

El ejercicio de escribir estas palabras sin ningún propósito que no sea el cambiar las lágrimas o la algarabía por un poco de serenidad, es un paso pequeño para salir de este vendaval, tal vez no el primero ni el último, pero con un alto al fuego, -que más parece tregua-, que me consuela por el tiempo que fuere.

Ahora me figuro quieta, haciendo un esfuerzo por escribir aquí. Deletreando las palabras en la cabeza – literalmente – para teclear y plasmar lo que sea en estas líneas. Ya sé que si no lo hago, me pierdo en la memoria.

¿Qué pasó el otro día? Pasó que mis oídos estallaron, mi cuerpo temblaba de frío y se acunaba en el suelo a la espera de que pasara la ventolera, el vendaval, el río lleno de piedras, basura y todo lo que me empujaba hacia la desembocadura.

Esta vez fue rápida la llegada del vacío. Me dijeron que quedé en medio de la nada, gritando a las tempestades y sus gigantes asociados. Me mordí hasta el cansancio, nada, no había nada, pero ahí estaban mi lucha y mi quietud. Me recuerda el día en que me descubrieron descalza caminando por la autopista sin dirección conocida ni siquiera por mi.

No sé si estoy medio enloqueciendo o qué, no lo creo en el fondo, pero siento que la desconexión con los días se hace cada vez más frecuente. No sé hasta dónde voy a ir a parar; esta separación entre lo real y lo iluso me tiene con las ansias ad portas de entrar por cualquier rendija y a la circularidad de mis emociones a punto de estallar.

Me obligo a escuchar a Piazzola para alivianar la siempre mal venida culpa que emerge cada vez que lanzo un misil justo al medio de los espacios. Me invento que hay paz dentro de estas ideas que no alcanzo a digerir.

Noche de pedir ayuda

Anoche me dormí temprano, había tomado un SOS, tal como me había prescrito la siquiatra. Apagué celular, guardé cuadernos, apagué el compu y me puse el pijama. Pero casi medianoche desperté con ruidos en mis oídos; eran esas cosas que no venían hace tiempo. Pronto vinieron las ideas y sentimientos que convocaban a la muerte.

Mi hija, mi hija, me dije apretando las sábanas. No pude, simplemente no pude sostenerme, tal como suelo hacerlo.

Después de un tiempo indeterminado en que gritaba para que no me llevasen las ideas, llamé a mi madre pidiéndole ayuda. Dormí con ella y mi hija cerca.

Por la tarde tendré otra opinión. No quiero estar interna, esto no me la puede ganar.

Un día a la vez; un segundo a la vez.

De cuando no hay retorno para el sonido

Estoy pensando, más de lo habitual, en lo que llevo de estos días. Todo bien, excepto por tener que apretar los oídos ante gritos ensordecedores.

No es que me afecte significativamente. Qué más puedo pedir? Tengo paz, pero necesito monitorear lo que me ocurrió ayer.

Almorzaba junto a mi familia, la alegría invadía el entorno y quería disfrutar como nunca el vínculo que he recuperado con mi hija. Fueron años de abandono por estar ingresada a cada rato, pero hoy, hoy estamos más cerca que nunca.

De repente, vino un sonido ensordecedor que claramente sólo yo sentí. Me levanté de la mesa, me fui a mi cuarto y tapé mis oídos. Ahí estaba, ese bendito momento en el que voces que me hablaban emergían desde mi calota hasta los pies. No se iban, no decían nada específico. No sé cuánto estuvieron aquí. Traté de dormir, de respirar lento, no alarmarme, pero ahí estaban, codo a codo con mi respiración. Tomo antisicóticos, tal vez ya está en retroceso el efecto, no sé.

Busqué una oreja para hablar de lo que me pasaba; tener pareja es fundamental, sobre todo para que te acompañe precisamente en esos momentos en el que tienes que morderte la lengua para que no se note lo que no se puede ocultar fácilmente.

Como sea, no importa que digan que está trillado hablar de mis estados irregulares, con vaivenes, con todo lo que implica, -no sé si será absolutamente cierto-, convivir con la bipolaridad.

Y aquí estoy, luego de una ducha tibia, vaciando esta sensación de estar sola con todo esto.

Cuando el delirio me acompaña al sueño

Dormí, cada 2 horas, un sueño inmune a la tranquilidad. Entre gritos de jóvenes que circulaban por la calle y el sueño de mi hija, me quedé con la preocupación por esto último.

La cabeza me da vueltas, las manos están un poco tensas, junto al resto de los músculos de mi cuerpo. La sonrisa está esquiva y los ojos están vidriosos. Quisiera parar esto un poco y por eso escribo aquí, para que aquí se queden estas voces que retumban por los rincones, justo detrás de mi cuello. El sonido es estéreo, no hay duda.

No estoy sola en esta habitación. Me acompañan las voces y las almas de quienes me visitan de vez en cuando. Aquí están, frescas como lechuga, paseándose de lado a lado como esperando de mi un gesto de anticipación a la solicitud de ayuda. ¿Quieren mi ayuda? ya quisiera eso, sólo están por aquí, como lo hacen siempre, para recordarme que estoy viva y que debo continuar con mi pacto. ¿Cómo no hacerlo?

Me encontré dibujada en el espejo y me espanté

Quedé rendida a mis propios pies. Créanme, verme aún viva después del 31 de diciembre recién pasado es un sueño que no esperaba fuera realidad.

Terminaba diciembre con un puñal en mi mano derecha y un saco en la izquierda. Simplemente fue así. Vacío. Vacío. Vacío.

Remé mar adentro, sin permiso de la vida ni de nadie. Me encontré con mi mortaja y le dibujé una ventana por si fallaba el estruendo del puñal.

El mar, el mar me dejó boca arriba, temblando de frío, con los ojos bien amarrados al presente.

Regresé del mar adentro.

Cobardía? No, misericordia por mis propios inmensos ojos, manos, pies, espalda, cuello, cabello, orejas y mis intersticios.

Aquí viva estoy, después de 20 días de cavilaciones y desvelos, de mixturas y virajes de esos que me hacen temblar, pero viva y agradecida.

De la miel el ajenjo y los recuerdos

Este mes ha sido de cambios profundos. Uno de esos cambios fue el esquema de tratamiento que experimenté por el paso de un brote sicótico. Sí, eso me dijo la psiquiatra este jueves recién pasado.

¿Cómo ocurrió aquello? Simplemente brotó…

Volvieron esas imágenes, sensaciones, colores y olores que me transportan hacia una realidad que afirmo es la objetiva, pero que no es más que la impresión de estar en un lugar del cual salir no es una opción, simplemente porque no es opción salir de lo que creo es lo legítimamente cierto.

Fobia social, certeza de estar siendo vigilada y auscultada por la muchedumbre, y sentir que he muerto, han sido algunas de las realidades por las que pasé.

No recuerdo cuándo fue la última vez que sentí que estaba muerta.

Todo comenzó con una pesadilla de esas que prefiero no mencionar. Desperté a eso de las 3 am. Me levanté rápidamente y sentí que mi cuerpo aún dormía, pero lo hacía en un sueño eterno. Salí al patio y fumé un par de cigarrillos. No sentía nada. No había frío ni calor. No había colores, sólo el aroma de una miel suave, de esas que vierto en un tazón de cereal.

Estuve así por horas, hasta que vivencié una paradoja. El cigarrillo se sintió fuerte en mis pulmones, signo de que aún respiraba…

Aripiprazol, ven a mi…

Un leve soplido en la espalda

El día estuvo de maravilla: disfruté junto a mi hija, trabajé, en fin, todo bien, cero rollo.

Acabo de cerrar la puerta de mi pieza y un viento frío recorrió mi espalda desde la cabeza a los pies. Andaba casi desnuda, pero ahora estoy aferrada a la lana de un chaleco que me cubre de cabeza a rodillas. Tengo escalofrío.

No hay miedo ni nada, solo una sensación de que hay alguien más en este lugar que me está haciendo una extraña invitación. Es como si una ajena compañía se volviera cercana. ¿Qué diantres será todo esto? No ocurría hace tiempo. Tal vez estoy delirando. Quizás. A lo mejor estoy en medio de una locura circular, probablemente.

No quiero ir a la cama, quiero sentir esto que me está pasando como si fuera una experiencia única, de esas que me llevan a un lugar plácido y tranquilo. Después de todo, una visita no me hará mal.