De las pérdidas

Caminar, cantando, una urbe desolada, justo al final del invierno, vivirá por siempre en mi recuerdo.

Guitarrear la canción valiente de la Violeta o algún disco ácrata de aquellos, no morirá tan fácilmente dentro de lo que conozco como memoria.

Descubrir las flores justo sobre mi almohada, una taza de café sembrada sobre mi brazo, de la mano de una silueta incondicional, seguirá siendo uno de los dibujos que se mantendrá en mi pared.

Bucear entre las nubes de la gran isla del Caribe, sembrar la semilla más poderosa de mi historia, estará entre las más inefables de las bendiciones.

Haber conocido la luna llena titilando sobre el Atlántico y tener en mi memoria el lecho de un río, dunas y rocas entre mis piernas, siempre será el mayor de los últimos regalos.

Y así, remembranzas más, remembranzas menos, les presento las pérdidas emocionales más significativas de mi vida.

De cómo me enamoro

Me resulta tamaña tarea describir en pocas palabras lo que emerge en mi cuando un rayo me inunda justo en el centro de mis emociones más íntimas. Y es que puedo llegar a deshacerme en algo desconocido, algo que pocas veces he podido sentir que me habita.

Mis amores han sido fugaces, permanentes y osciladores. Las caricias pueden ser profundas, superficiales y enredadas. Los desvelos pueden estar llenos de luz de luna o de tirantez de dolor y sombra. No sé, tal vez de esos rincones en que se despliega la más alta de las expectativas pueden llegar a estar vacíos de contenido o llenos de mágicos desvaríos.

Hoy me pronuncio en nombre de lo que ahora mismo estoy sintiendo, en silencio tormentoso y en efervescente y honesta plasticidad. No sé qué pasará el día de mañana. Ni idea si esto perdurará o decantará como la sal en un vaso de agua. Lo que si estoy segura es que un abrazo terapéutico vale mil te amo.

De embarazos y dolores

Durante años esperé una hija por opción. Así, buscada, esperada y deseada. Después de años de aguante y espera impaciente conocí los dolores de parto entremezclados con la pena infinita y la exacerbación de mis sentidos. No siempre fue así. Historia de (auto)boicot ya tenía sobre mi cuerpo.

Tenía 28 cuando conocí el parto natural y todo lo que aquello conlleva antes, durante y después.

Antes, fueron años de insomnio, juerga, reventones, ideaciones casi concretadas y de un cuanto hay que resistí sobre un madero indestructible.

Durante, fue la cordura envuelta en una gama de fracturas y (auto) flagelaciones casi imperecederas, combinado con una energía supragénero.

Después, vino la mixtura de colores, la lluvia que alimentó mis senos y que fue volcada en la presencia más sublime que he conocido jamás.

Cuatro años más tarde supe del encierro interminable, de la celda fría y de las sábanas con aroma a vieja pena. Supe también de los estertores que emergen en medio de cátodos puestos en mi sien y del despertar orinada en medio de una habitación desnuda.

Dos años más tarde, supe del desprecio humano por la sangre que brotó a raudales de mi vientre por lo que no pude ni quise evitar. Ahí comencé a tomar precauciones por lo que los siquiatras dijeron debía evitar a toda costa. Y así lo hice, así lo he hecho.

Ser madre en su momento fue más que un mero propósito, fue una imperiosa voluntad por vivir en serio y por amar a quien más podría amarme. Hoy ya no puedo decir lo mismo. Mis pechos se secaron y mis manos ya no pueden sostener un nuevo atisbo de vida.

Hace cinco días que veo sangre brotando de mis interiores, sangre que no venía hace meses por el uso de un dispositivo que evita que ello ocurra. Hace dos días figuraba delante de mi un médico ginecólogo que interrogaba mis acciones mientras sondeaba mi entrepierna. No había nada por ahí dentro, sólo sangre que salía a borbotones sin causa aparente.

Una mujer a punto de dar a luz se encontraba del otro lado y la verdad, la verdad no pude ni quise evitar el derramamiento de lágrimas y mis manos cubriendo mi cara por el dolor alguna vez sentido. Me refiero al dolor que vino después del término adelantado de la espera veinte años atrás.

Hoy, a unas horas de haber visto a la siquiatra y su serena y dura versión de los hechos, me veo envuelta en disquisiciones inconducentes. Sin embargo, aunque no haya nacido en mi la victoria sobre el dolor y la angustia, he concebido el más puro y sublime amor que sujeta mis pies a esta la tierra del sentido.

 

 

 

Suelo volver a lo mismo, pero con distinta intensidad

Hoy preguntaba alguien por ahí si los bipolares sabíamos amar, pero de ese amor de pareja. No sé, en mi caso definitivamente no.

No sé lo que es despertar abrazada a alguien por más de 2 años. No tengo idea de lo que es compartir un café a medianoche para mantenerme despierta y seguir en el abrazo. No me imagino lo que es andar de la mano por cualquier lugar. Me parece indescriptible eso que llaman ser el uno para el otro. Cierto, me declaro incompetente ante tamaña aventura emocional.

Si sé del abrazo fugitivo, del beso clandestino, de las miradas cómplices, de los estertores en el cielo y en el abismo, del contacto de los ojos en medio de la multitud. Sí, se del amor fugaz, ese que lo mismo viene que va.

Y aquí vuelvo otra vez a recordarme que creo en el amor erótico-romántico sin límites de tiempo ni espacio.

Me preguntaron por qué no tengo pareja estable

Tamaña pregunta. No sé si se deba o no a mi condición de bipolar, sólo puedo decir que como posiblemente algunos y algunas podrán compartir conmigo, es re complicado, tal vez no tanto para uno como si lo es para quien está con nosotros. Al menos yo soy un fiasco.

Si pudiera calificar en una palabra la principal emoción que termina aflorando en mis relaciones de pareja, es la ira. Sí, el enojo, la frustración y el desapego que emerge ante ella. El mío es sin duda un amor egoísta-condicional-efímero-circular-permanente-ausente… quién puede tolerar todo eso? Quién puede entender que uno quiera estar estar en soledad y en compañía a la vez. Quién puede hacer el amor sin límites, pero sólo hasta que salga el sol o llegue la noche, según sea el caso… pero sin abandonar? Las excepciones que conozco son tan especiales que huyo.

Mi primer matrimonio (sí, me casé), fue a los 22 años. Él era un hombre ecuánime, aunque posesivo (obviamente no fue el primero en mi vida). Mientras estuve en una fase de melancolía eso resultó bien durante un año, luego, vino la manía y los desbordes a la orden del día. Cuando por fin nos separamos (en realidad yo lo eché), entré al borde de la locura, perdí el juicio, y aunque me buscó una y mil veces, no quise regresar. Ya había conocido al hombre para mi vida, para ese momento.

Hombres he conocido por montones, pero HOMBRES, pocos. Cuando digo hombre con mayúscula, me refiero a varones que son capaces de esperar, entender, y arremeter en el momento indicado por las señales que doy a través de la mirada o un gesto casual. Creo que es tremendamente agotador, por cierto, pero esa soy yo.

Y aquí me tienen, arrancándome de los compromisos, por pura “generosidad” de mi parte, no quiero que alguien se pegue contra un mosaico fluido en el que lo mismo me encuentra que me pierde. No sé, tal vez algún día rompa el patrón, pero quién lo sabe. Por ahora estaré así tal cual, sin cambiar nada, concentrándome en estar bien dentro de lo que se pueda, y sobre todo que mi hija no vuelva a ver un descalabro en mi vida erótico-romántica como lo vivió dos veces (el resto pasó desapercibido). La primera vez me fui de la casa, precisamente para que ella no saliera afectada. Duró 6 meses. Nada más tóxico que una relación entre bipolares tipo I, mixto y de ciclaje rápido. Fui a parar al siquiátrico por abuso de alcohol e intento de suicidio frustrado por una mano divina. La segunda vez, fue un arranqué de 1 mes. También fuera de casa. Vivir con mis papás ha sido la única manera de sobrevivir como madre, de volver al punto de equilibrio, al cero como le llamo.

Ahora estoy refugiada en mi casa. A veces salgo, otras me escondo y otras, bueno, ahí se ve, el amor que puedo compartir está vigente.

Un abrazo a quien me lee.

Clau

Una bipolar como mediadora en salud y un estado de frigidez

Hasta ahora me había sentido inútil frente a problemas derivados de un grave estado de salud física. La casi muerte de mi abuela sacó una parte de mi que pensé que no saldría nunca, (excepto cuando se trataba de mi hija). Verla en ese estado junto a su departamento con olor a orina y remedios, me despertaron y me trajeron al presente de una.

La traje a vivir a mi casa, le cedí mi cuarto y administro sus medicamentos. Trasladé su ficha médica a un centro de salud cercano a mi casa, como  el servicio de urgencia que la tuvo.

Me siento relativamente más liviana. Al parecer todo mi ciclaje se representa a través de mi hiperfagia diurna y nocturna. Si, ya he subido 8 kilos, mi ropa ya no calza y la cantidad de cigarrillos ha aumentado. Esto es tremenda prueba para mi. Debo repartir mis energías evitando el estres. Cómo? No sé bien, pero esto de obligarme a estar presente en todo momento se ha traducido en un cansancio crónico. Dejé de levantarme temprano y cuando lo hago comienzo el día fumando y bebiendo un vaso con coca cola

En qué me he metido? Aún no le tomo el peso. Como sea, sé que hago buenas migas con adultos mayores, de otra manera, no me explico cómo atraigo a personas que superan los 70 años. Aunque confieso que nunca un hombre de esa edad podría llegar a ser un sujeto de sueños eróticos. Aunque a estas alturas ningún hombre me ha erotisado al nivel que vivenciaba hace 10 años.

Bueno, partí hablando de la salud de mi abuela y terminé expresando mi crisis de frigidez.

Él llama y yo …

Él llama y yo no respondo. Él me mira y yo balbuceo. Este hombre que me acompaña con sus manos grandes, sus gafas oscuras, sonríe si le hablo de mis penas y me anima a sobreponerme. Quisiera sentir que lo amo, pero mi amor está lejos por allá perdido en alguna rivera o en algún rincón en la montaña. Y si mejor espero? y si despierto y dejo de mirar esas manos que se dibujan en mi cabeza y de paso dejo de mirar el teléfono?

Vaya ideas que pasan por mi cabeza, tal vez estas melodías cumplan su función de someterme a la tranquilidad a toda prueba. Suena como novela a lo Corín Tellado, pero si tengo que escuchar voces pseudomísticas para alcanzar la ola sin gran tropiezo, bienvenidas sean.