Lucha de gigantes…

En un mundo descomunal, siento mi fragilidad...” Sí, es lo que en este preciso instante escuchan mis orejas. Cómo no visualizar gigantes que se enfrentan en medio del vendaval? Cómo no creer que todo esto se trata de sentir cómo chocan entre sí dos estados completamente opuestos?

Cierto, así mismo es como en este minuto me siento: entre la risa y el llanto, entre el agua y el fuego, entre mi vida y la muerte. Un cara a cara que no se define solo por el tiempo que tome el cruce de vibraciones de mis emociones y lo que a ellas concierne.

“Hiper racional”, me dijeron una vez, “melancólica” otras, “histriónica” también, no recuerdo otras calificaciones, pero creo que tienen que ver con el cómo me enfrento al mundo, mi mundo.

Ayer no quise recurrir al ansiolítico; quise vivenciar el peso de la ansiedad de manera genuina, de forma natural, así me hubiese tragado una cajetilla de cigarrillos.

Vivo un duelo crónico, a veces, la algarabía, también, todo de una sola vez y a una velocidad indescifrable.

Ya no tengo miedo cuando no alcanzo a oír mi voz que intenta detenerme; ya no me reprimo ante la posibilidad de, ya saben, imaginar mi mortaja. Cierto, no puedo autoengañarme, los impulsos vienen y van y solo es cuestión de tiempo para abordar lo que en este minuto no quiero alcanzar.

Sin embargo, ahora estoy renovando el pacto para vivir a través de la consciencia de mis emociones, del amor a mi hija, del estar en mi propio cuarto y no en uno que esté de blanco, medio sucio, medio derruido. Ahora es cuando me hace sentido el sentido y agradezco a la escurridiza cordura que me habita, justo cuando estoy en el borde. Si no fuera por este dolor no sabría cómo enfrentar el enfrentamiento entre los gigantes.

 

Esta es la parte en que me encantaría ser más paciente

No soy paciente, me digo, no estoy al alero de ningún paraguas institucional que me reduzca a ser un mero número de atención…

No, no es de eso lo que quiero escribir, solo quiero tomarme la presión emocional y hacer funcionar el aparatito este de la voluntad de sentido (sí, sí, a lo Frankl), que se me escapa a través de las rendijas de la paciencia.

Cuento días de estar en piloto automático, caminando por inercia, medio obsesiva, medio taciturna, medio explosiva, medio irritable, medio eufórica, medio melancólica…. De un cuantohay, le dicen por aquí.

A esta hora me mira el sol, se refleja el espejo, me visitan los pies y me abraza la cama. Sí, medio recostada me figuro.

Ni siquiera estas líneas puedo escribir de corrido; me he parado 5 veces en el intertanto…

Ya es de noche y me veo en un purgatorio virtual, sigo en piloto automático. No sé qué más decir.

Escucharé algo para remecer un poco las manos, a ver si mañana despierto agradecida, como siempre debe ser. Aquí va mi tema para este minuto

 

 

De nuevo aquí

Si despierto es porque vivo, me dije esta mañana con frío. Y es que cuando miro de reojo el ventanal que está en mi cabecera no puedo dejar de mirar al pasado de los días.

Salir de un cuarto claro lleno de otras pacientes que esperan el vaso con agua, con las manos extendidas para el mismo ritual, es casi lo mismo que salir a la autopista a ver si algún carro de bomberos, que va rumbo a apagar un incendio, me lleve a mi también.

El ejercicio de escribir estas palabras sin ningún propósito que no sea el cambiar las lágrimas o la algarabía por un poco de serenidad, es un paso pequeño para salir de este vendaval, tal vez no el primero ni el último, pero con un alto al fuego, -que más parece tregua-, que me consuela por el tiempo que fuere.

Ahora me figuro quieta, haciendo un esfuerzo por escribir aquí. Deletreando las palabras en la cabeza – literalmente – para teclear y plasmar lo que sea en estas líneas. Ya sé que si no lo hago, me pierdo en la memoria.

¿Qué pasó el otro día? Pasó que mis oídos estallaron, mi cuerpo temblaba de frío y se acunaba en el suelo a la espera de que pasara la ventolera, el vendaval, el río lleno de piedras, basura y todo lo que me empujaba hacia la desembocadura.

Esta vez fue rápida la llegada del vacío. Me dijeron que quedé en medio de la nada, gritando a las tempestades y sus gigantes asociados. Me mordí hasta el cansancio, nada, no había nada, pero ahí estaban mi lucha y mi quietud. Me recuerda el día en que me descubrieron descalza caminando por la autopista sin dirección conocida ni siquiera por mi.

No sé si estoy medio enloqueciendo o qué, no lo creo en el fondo, pero siento que la desconexión con los días se hace cada vez más frecuente. No sé hasta dónde voy a ir a parar; esta separación entre lo real y lo iluso me tiene con las ansias ad portas de entrar por cualquier rendija y a la circularidad de mis emociones a punto de estallar.

Me obligo a escuchar a Piazzola para alivianar la siempre mal venida culpa que emerge cada vez que lanzo un misil justo al medio de los espacios. Me invento que hay paz dentro de estas ideas que no alcanzo a digerir.

Esta es la parte de la película donde una actriz secundaria debe respirar hondo

Estoy llegando al límite que existe entre el estar y el vacío de sentido. Casi diría que estoy lista para emprender el viaje.

Hoy ya he caminado lo que resisten mis pies; me obligué a salir para no mirarme al espejo.

Estoy frente al compu, una vez más, con la angustia sin nombre.

Nada, nada por estos lares que me detenga? Sí, yo misma.

En qué estoy ahora? Vomitando lo innominable.

De qué me salvaría la muerte? De nada, me digo, de nada.

Qué puedo (debo) escuchar ahora? Barro tal vez

Recordando a la Violeta Parra

Por estos días algunos recordamos el nacimiento de la Viola chilensis. Sí, yo la recuerdo por montón. ¿Cómo no hacerlo? Fue una mujer increíble, con unas manos tejedoras de historias en forma de cuerdas de guitarra, arpilleras y telas.

Y yo, ¿por qué la recuerdo? Toda esa energía que la consumía en sus desvelos y desamores la tuvo entre el agua y el fuego, la risa y el llanto, la paz y la guerra, la lujuria y la pena en soledad. Sí, Violeta fue del color que pintara la luna y el viento. El fuego en la sien sólo consiguió dejar entre nosotros el canto a la vida y al amor.

Hablando desde la calma

9:41 pm. En compañía del compu, en una habitación colindante con la celebración de los 15 años de mi hija, me figuro en medio de una absoluta calma. Ni los nódulos que encontraron en mis senos y este dolor de espalda que me aflige a diario, pueden obstaculizar que en este minuto me sienta plena de compañía, de sentido, de autoreflexión profunda, de vida.

Reconozco que cuando tuve la noticia de mis pechos, las lágrimas brotaron en un sentido contradictorio. He buscado la muerte en innumeables ocasiones, y ahora se asoma desde lejos para guiñarme un ojo. ¿Quién sabe?

Ahora sólo quiero sentir ese momento en que el pecho se me hincha de tranquilidad, esa que me viste para recibir 15 años de maternidad, una maternidad que busqué y esperé pacientemente, incluso en medio del vendaval.

Así, en este minuto, quiero dejar expresado aquí que la voluntad de sentido, el madero al cual me aferro para abrazar la vida, sigue en pie.

Ira

Anoche no podía dormir, recurrí al zolpidem y a la voluntad de parar un poco la máquina.

¿Qué pasó? Ni idea. Sólo sé que quiero romper cosas y pasar por encima de mis necedades.

La ira me está consumiendo. ¿Por qué? Simplemente porque existo.

Esperaré hasta mañana, a ver si se me pasa esta racha de enojo crónico.