Desvarío

Camino descalza ahora que puedo hacerlo; si con los pies amarrados uno ni se atreve a hacerlo de una. Pero ahora, con los pies desnudos y el hueso unido a su par, estoy con los ojos brillando a este sol de mentira que se cuela por el ventanal de mi pieza.

Anoche el calor de mi pieza dio paso a una tenue luz y brisa venida de no sé dónde. Ahí estaba mi eterna amiga, esa que se fue un día de mayo de 2011, justo antes de que nos volviéramos a ver. Parece que vino a recordármelo porque apareció entre los libros y las canciones que no escuchaba desde hace algún tiempo.

No fue una aparición de esas que pintan en las historias de medium y cosas por el estilo. Más bien fue una visita de una o dos horas de duración, en que nos volvimos a ver y a juntar las manos como lo hacíamos cuando una de las dos estaba con la soledad de visita.

Cierto, amigas como esas ya ni se aparecen por aquí; las hay, por cierto, las que viven y te visitan en carne y hueso, pero no con la intensidad de vivir con la trascendencia del huracán.

No puedo quejarme, aún hay imprescindibles que rondan en mi vida, pero se asoma la flaca y recuerdo lo que es la verdadera amistad, esa que no se desdibuja de pronto, y que está presente siempre, pero siempre.

Un abrazo a quien me lee.

Claudia

Recordando a una amiga

Las pérdidas… los abandonos… las caídas… No ha sido fácil pararme después de detenerme abrúptamente por algún estado de schock (a veces literalmente).

Hoy viene a mi memoria uno de esos hechos traumáticos que me hicieron volar por los aires de dolor y angustia: la partida de una de mis grandes amigas y camaradas de vida, la flaca.

A la flaca la conocí discutiendo de la vida y sus alrededores, de lo humano y lo divido, de lo igual y lo opuesto. Todo, pero todo eso se fue a la mierda un día de mayo del 2011 y hoy es su cumpleaños de vida. Duele, aquí en el pecho y mi memoria. Cómo fue posible que terminara sus días sin que hayamos ido a Grecia juntas o sin alcanzar a ver a nuestras hijas en su combate por la vida. Aún no tengo consuelo por ello.

Hoy quiero recordarla como lo que fue: una gran mujer, compañera y amiga bipolar.

Mi hija está bien y yo ahora soy la niña (en memoria de la flaca)

Mi hija partió temprano al colegio con su mochila a cuestas. Que manía esa de llegar temprano y no perderse clase alguna. Ciertamente eso no lo heredó de mi. Por el contrario, creo haberle heredado la impaciencia y las lloraderas justo cuando hay luna llena.

Verla así me llevó de vuelta a mis 13 años. En esos días conocí a la flaca, que de flaca no tenía mucho pero yo le sigo diciendo así, incluso a 2 años de su ida sin regreso. Cómo se le ocurrió partir antes a la flaca?!

Con la flaca leíamos libros arriba de una higuera justo en las faltas de un cerro y a la orilla de un canal. Si esa higuera hablara! Recuerdo nuestro primer cigarrillo hecho con orégano mezclado con tabaco y mi caída con “El lobo estepario” sobre mi cabeza, mientras ella se devoraba “La Náusea”. Éramos muy pendejas, pero no se nos puede achacar de perezosas. Por el contrario, nunca hubo motivo para quedarnos quieta. Si no era la lectura, eran las salidas nocturnas a tratar de pintar muros. Digo intentar, porque la primera vez que  quisimos hacerlo, disfrazadas, ella con un buzo y cojeando para “disimular”, yo con un impermeable y un sombrero de su papá, definitivamente no nos fue bien.

Cuando estábamos subiendo el cerro divisamos a los polis y no nos quedó otra que tirarnos sobre un montón de mierda de caballo que estaba bien disimulada por pastizales que por esa época nadie tocaba. Estuvimos horas con nuestra humanidad,- particularmente cara y cabeza-, pegadas a esas bostas. No nos quedaba otra. Esperamos un par de horas hasta que los polis se fueron y ahí, frustradas, enojadas sobre todo con el régimen, llegamos a su casa donde nos lavamos y cambiamos de ropa tras esconder nuestros disfraces. Finalmente, yo regresé a mi casa con cara de haber estudiado toda la noche con mi mejor amiga y compañera de clase.

A nuestros 13 años conocimos el miedo y el terror; también conocimos el trabajo duro de los trabajadores temporeros.

Un año más tarde, nos pusimos a trabajar como polinizadoras de chirimoyos. La tarea era sencilla pero muy agotadora. Consistía en recolectar el polen por las tardes retirando con mucho cuidado los pétalos de las flores que se encontraban lacios. Estas flores son verdes así que toma mucho tiempo para que una abeja se sienta seducida por ellas. Así que tomando los pétalos, separábamos el polen y lo colocábamos dentro de unos pequeños recipientes de plástico. Por la mañana a ese recipiente le agregábamos un polvo adherente y, cual abejas, lo “insuflábamos” (o algo así) a las flores que se encontraban turgentes.

Qué días fueron esos como abejitas Maya. Entrábamos a las 7 am y salíamos a las 9 pm. No había baños, ni cocina, ni refugio, salvo unos árboles a cuya sombra nos ubicábamos para capear el inmenso calor. Yo cantaba todo el día para amenizar la jornada, pero luego de 3 horas me rogaban que callara porque ya no tenía repertorio.

Ahí vimos como los enamorados se conocían bajo un árbol o con el torso inclinado para recoger las papas cuya cosecha ya se había iniciado. Era algo así como la película “El niño del Tambor”

Finalmente nos echaron. La flaca y yo no aguantamos eso de los malos tratos y las condiciones inhumanas que los temporeros y temporeras tenían que experimentar. Nosotras estábamos de paso así que hablábamos no más.

Hoy día, recuerdo especialmente esas historias en su memoria, y de paso para la mía.

Recordando a una amiga eterna

Con la flaca compartimos desde el té hasta el mate amargo. Porfiadas como éramos, nos envolvíamos en sueños de esos que parecen imposibles, pero que insistíamos que podrían ser posibles.

Todo lo compartimos. El llanto infinito y la euforia inconstante, desde la política oratoria, hasta la roja sicosis. Cierto, no siempre una salvó a la otra, pero siempre hubo un par de palabras que resucitaban hasta a un muerto. Y por qué no? si hasta de madrugada reíamos a carcajadas a pesar de los dolores, esos que nos subían a la cima y nos llevaba al inframundo.

No faltó quien pensara que nuestras manos se tomaban con el deseo oculto, como si tomarse de las manos no fuera sinónimo de complicidad y solidaridad. Así, muchos y muchas se fueron alejando por nuestra aparente indecencia e impudicia. Si supieran que dentro de nuestros dolores compartidos el amor a un hombre fue la fuente de locura…

En fin, viviste la vida, porque la vida hay que vivirla y moriste la muerte, porque la muerte merece ser morida.