Qué me basta para mi libertad?

La libertad (esa amiga de Mafalda), es mi mejor amiga. A veces ingenua otras intolerable a su opuesto o a las tibias reacciones frente al status quo. Sí, puedo decir que gran parte del tiempo he luchado (literalmente) por ella. Aunque vivo preguntándome cómo puedo estar más cerca, no me quepa duda de que en esencia soy libre simplemente porque lo declaro fuera de toda duda. Sin embargo, me topo con un muro cuando miro mi “informe de salud” en el que se me declara sin juicio y pone en tela de juicio mi libertad.

Hoy siento que el tener el rótulo de bipolar a veces me somete a la esclavitud de las categorías siquiátricas y a la estigmatización de quienes creen estar libres de polvo y paja. No quiero sentirme presa de este “don” como le llaman algunos, como si fuera una identidad prefijada, estanca dentro de cánones bien definidos. Osea, como si lo que me define como Claudia es la condición de la serotonina y su relación con los neurotransmisores. Claramente no es así, pero eso pensaba cuando recién me dieron el diagnóstico. No es que haya reincidido en  la negación, sólo quiero darle un giro a mi entendimiento respecto a lo que implica ser bipolar y como corolario, ser borderline “en evaluación”.

No basta con conocer mis estados de manía y depresión simultáneas para saber quién soy. Ese “quién soy” suena como una condición de estar inamovible, así que prefiero señalarlo como un “quién he sido, quién estoy siendo y quién seré”. Bueno, igual recurrí a categorías, pero es que es una manía más. Como sea reconozco que puedo adquirir diversas formas o identidades. Claro, por aquí creo que va el asunto. No es que haya algo que “me defina” o me dote de identidad, simplemente porque no tengo una identidad sino varias identidades. ¿Por qué? Porque me resulta evidente que con crisis o sin crisis (aunque lo noto más cuando estoy en medio de en ellas), me adentro en mundos en proceso de creación, palabra que me gusta más que construcción porque me sabe a limitación (ahí estoy de nuevo…).

Entonces, como un modo de entenderme, para mi libertad puede hacer falta todo y nada en abstracto, pero mucho y todo en concreto. ¿Que por qué lo creo así?, bueno, simplemente porque en lo concreto, lo que llamo lo humano-en-el-cemento me pierdo en el asfalto y me voy caminando por ahí, por una calle que ya está pavimentada, osea todo hecho. Esto me obliga a ponerle a todo nombre, límites, presuponiendo que sólo así puedo expresar mi vitalidad en el mundo. Así, lo concreto, para mi, define una identidad visible por quienes insisten en darle nombre a todo para entenderlo, para aprehenderlo. Así necesito todos los recursos y herramientas para poder expresarme y ser entendida. Llámese credenciales profesionales, identidad civil, condición de mamá soltera, etc.  Desde ahí no puedo declararme libre ante mis pares, pero si ante mi.  ¿Por qué? Porque desde esos rótulos quienes vean mi diagnóstico evitarán trabajar conmigo y me desecharán en algún proyecto, o por el contrario, se compadecerán de mi. Eso es lo que está pasando ahora.

En cambio, en lo abstracto lo que para mi es imperecedero, me basta con lo que tengo, siento, y hago, nada más pero nada menos. Ahí no selecciono lo que me acompaña, simplemente lo vivo y ya. Todo lo que he escrito aquí es una muestra de lo que he dicho. No he filtrado nada, sólo me he dedicado a escribir lo que sale de mis manos, declarando este breve espacio como territorio liberado del cinismo.

Solía cortar mi pelo para parar la furia pero hoy sólo corté mi chasquilla

Por poco las tijeras siguen desde la frente hasta la nuca. En qué estaba pensando? No sé, ahora que pienso sólo estaba jugando con mi pelo como una manera de estar de pie sin estar con el impulso de salir. Me sentí bien. Me calmé. Mi apreciación es que estoy bajando las revoluciones para llegar a este momento de relativa placidez.

Corté, limé y pinté mis uñas. Las manos quedaron en tono de piel y los pies en tono de verde estilo “afro-selvático” como decía el envase. Menos mal que no compré tintura para el pelo; seguro lo pinto de verde. No es malo, pero la verdad he tenido la aprehensión de evitar esa práctica. Solo lavo y de vez en cuando peino mi pelo.

Eso de ponerme de colores lo hice en medio de la lectura de dos libros (uno de Hawking “El universo en una cáscara de nuez” y otro de Amartya Sen “Identity and violence”) y TODA LA MAFALDA.  De ésta, la idea del manicomio redondo me hace reír a carcajadas:

MAFALDA

Que dureza de cabeza la mía. Partí hablando del pelo medio cortado y terminé revelando el corto tiempo que me dura el juicio.