Temblores

Ayer comencé con breves estertores en el cuerpo. Incliné la barbilla y tiritaba.

En este minuto que estoy sentada, siento que mi cuerpo tiembla y duele. Creo que debe ser la medicación y la fibromialgia, no le doy otra explicación.

Ya me han reducido las dosis, pero sigue. Tal vez es parte de todo eso. Como sea, sé que de alguna manera, placebo o no, tener esos pedacitos químicos han evitado que vaya a parar nuevamente al siquiátrico. Claro, acompañado de todas las cosas que he aprendido a lo largo de estos años.

Como no recordar, muy de vez en cuando, los días en que fuera de mi, me llevaban, casi arrastrando, a un lugar en el que el encierro era parte de los días. Hoy me parecen tan lejanos, pero a la vez, tan llenos de aprendizaje. Como cuando otras internas, compañeras de los días de encierro, me mostraban sus estrategias de sobrevivencia. Algunas más, otras menos, tenían su modo particular de salir de las crisis, así fuera a punta de martillazos. Como olvidar ese día de la revuelta (lo describo bajo la categoría Hospitalización), día en que me paré frente al director del recinto planteando nuestro pliego de peticiones por las malas condiciones de nuestra estadía. En fin, todo eso y mucho más, se ha constituido para mi en fuente de eterno aprendizaje.

Ahora, volviendo a los temblores, me digo ¿qué más da?

 

Historias de siquiátrico IV

Esa mañana desperté como lo venía haciendo hace meses: medio dormida, medio despierta, medio erguida, medio chueca.

Como siempre, tomaba un cigarrillo desde la más temprana hora. Pero ese día no lo hice ni desayuné, no lo recuerdo si por “orden médica” o simplemente porque no quise. No sé, no lo recuerdo, así como tampoco recuerdo mucho de lo que pasó en esa sala blanca.

En una bata me condujeron a un lugar blanco y seco, frío y opaco. Una camilla, un monitor cardíaco unos cables unidos a una especie de cintillo que contenía en sus extremos una superficie circular que se ajustaban a la sien, uno a cada lado.

Avancé sin apuro, sin saber de lo que se trataría, más allá de lo que vi en películas como atrapado sin salida y cosas por el estilo.

Me recostaron en una delgada camilla, me dieron algo de oxígeno, me ataron uno de los tobillos con un grueso lazo blanco…

Abrí los ojos en una habitación también blanca, orinada, con fuertes dolores en el cuerpo, la mirada fija, la garganta seca, las manos tensas y la espalda hecha pedazos. Mis pies, como miraba mis pies. Recuerdo esos momentos posteriores al tratamiento electroconvulsivo. ” El tratamiento” ese que aún emplean los siquiatras para borrar o quitar espacios de memoria que gatillan la pena infinita o la manía absoluta. Ese tratamiento que, sin demostrarlo abiertamente, nos quiebra la conciencia para depositarnos en algún otro lado. ¿Cómo no voy a desconfiar profundamente de los tratamientos si cada enfermedad mental tiene su origen último en alguna pre estimación de los hechos a partir de una determinada forma de ver las cosas, dentro de una sociedad que insiste en borrar  o al menos desterrar de su funcionamiento a cualquiera que marque una diferencia.

No niego (no podría) que habemos (unos más otros menos) quienes podemos ser un peligro para los demás y para nosotros mismos. Yo misma llegué ahí por eso. Pero también reconozco y estoy convencida de que en otro entorno las cosas serían de un modo diferente.

El cemento, como le llamo a la ciudad, no es un buen espacio para nuestro despliegue vital. No quiero decir con eso que el campo o la montaña sean los espacios para ello, pero quizás sí lo sea, no sé, ni idea. Sólo sé que el conocimiento experto varía de un tiempo a otro y por lo tanto, varía también la forma de ver un determinado estado de nuestras expresiones.

¿Pena? ¿Rabia? ¿Catatonia? ¿Emociones expandidas? quién sabe.

A esto le han denominado manía-depresiva, locura circular y hace un tiempo trastorno bipolar (con tipos y todo), pero ¿qué hay en todo eso?

Ya me referiré a eso en algún momento, como ya lo he hecho en este blog.  Por ahora, sólo quería mirar un poco a ese momento, de varios como ese,  en que me entregué a las manos de una médica que junto a un ayudante y no sé quién más, me hundieron en una camilla para quitarme un trozo de mi historia.

Historias de siquiátrico III

El deambular de un lado a otro en soledad era lo más usual en ese lugar. La individualidad escondida en la depresión se figuraba en el rostro de al menos las tres cuartas partes de las internas. El resto, excitadas o irreverentes (mal denominadas maníacas), compartían el murmullo que asomaba en mitad de la madrugada con uno que otro grito de aguante de la represión. Unidas, eran un puente abierto al embrollo de no tener más espacio que unos cuantos metros cuadrados de jardín mal cuidado.

Cada 6 am de la mañana me figuraba arrancándome del edificio para fumar un par de cigarrillos. Me acompañaba una de mis compañeras de cuarto que insistía en mover la mano con un gesto brusco como intentando matar una mosca que nunca estuvo.

El teléfono, el único, era un preciado premio. Quienes se sometían a cada una de las reglas tenían la posibilidad de llamar a sus casas, o tal vez a alguien más.

Una día, como varios, intenté comunicarme con mi hija. Sólo había un par de horas durante la mañana y otro par de horas durante la tarde para eso. La fila me pareció interminable… Ese día no pude llamar y abrazada al muro me derretí en lágrimas con la mirada fija en el cemento, donde se reflejaba la cara de mi hija.

Historias de siquiátrico II

La puerta se veía ruda, antigua y azul. Las lámparas, de la década de los cincuenta, titilaban al compás de las cucharas que eran comidas por hambrientas habitantes, las mismas que se exponían a un sol que no salía por ningún lado.

La mayor entonaba una de esas canciones de los años cuarenta, cuando daba clases en una escuela rural. Su fisonomía me recordaba a mi abuela, toda erguida y cariacontecida.

Hablaba de sus amores y sus estertores en medio de la luna nueva. Se reía y paseaba por los pasillos interminables esperando la llegada de su hijo. Según supe más tarde, nunca vino.

Y ahí estaba yo , mirando el lugar que me tendría confinada durante 30 días. “¿Qué más da?”, me dije, “aún tenemos los cigarrillos”.

No pasó mucho rato antes de que estuviera de frente al médico “experto” en salud mental. Me sonrió con cara de nunca sonreír y me hizo pasar a una pequeña sala sin nada en las paredes. La verdad, no recuerdo mucho, sólo hizo las preguntas que intentan escudriñar la biografía y las causas probables que dieron paso a la llegada al recinto.

Una hora más tarde (tal vez), me conducían a una habitación compartida con 3 internas más, con una ventana muro a muro que daba a la panóptica vigilancia.

No recordaba mucho, ni siquiera la pena de mi hija que quedó en casa, pena que se prolongaría por mucho y por siempre.

Historias de siquiátrico I

Ella cumplía 40 años. Vestía un camisón, peinaba su pelo con una peineta con forma de manos y caminaba de un lado a otro como buscándose a sí misma.

El resto de las internas figuraba al alero del único árbol que había en el recinto, mientras tramaban el momento exacto en que se abalanzarían sobre ella para darle la bienvenida a las correspondientes vueltas al sol de su vida.

Sin embargo, ella fue abrazada por un chaleco de esos de brazos prolongados; no había soportado la presencia de la soledad en ese día lleno de lluvia, como hoy.

A tientas, llegaron a la sala en que estaba depositada como un bulto flácido, abrieron la puerta, girando lentamente el picaporte, hasta toparse de frente con sus ojos sin más vida que las pestañas entumecidas.

Levanté los ojos y el resto de las manos me tomaron en vilo, hasta llevarme al pasillo y despertar en un sordo grito…

De mi resistencia

Ya basta, cansada estoy de deambular entre la furia y el llanto, el día y la noche, el agua y el fuego. Ya basta, me parece imposible no salir de este encierro abierto de par en par hacia el vacío.

Quién sabe, por estos días la cabeza medio que da vueltas hacia un profundo estar siendo de esos que remueven cualquier quietud, sobre todo la que me habita cuando sólo pienso en mi y mis circunstancias.

Ego y más ego es el que emerge de mi condición de humana-habitante-en-tránsito.

Hoy quiero comentar especialmente estos momentos en los que me niego y me opongo profundamente a la categoría siquiátrica de trastorno bipolar tipo I, de ciclaje mixto y rápido, mi diagnóstico.

Pasa que la primera vez que me hablaron de esa condición en mi, quedé medio aturdida. No sólo porque significaría medicamentación y todo lo que envuelve este estado crónico. -según los que son reconocidos como especialistas en el tema-, sino también porque siempre he sentido y creído que las categorías que contiene al campo de la salud mental son una construcción simbólica que niega las expresiones genuinas de las emociones y las esconde o encierran según sea la necesidad, en un cuarto panóptico.

Es cierto, alguna de esas categorías se aplican a personas que de alguna manera se topan con el hacer daño a sí mismo a al mundo.

Lo cierto es que, -yo hablando sólo por lo que la bipolaridad envuelve-, el acompañamiento y la contención son fundamentales, primordiales, en el manejo de las crisis. Aquí se me escapan las reflexiones que se oponen a la medicamentación y me oriento hacia las condiciones materiales que se involucran en nuestros estados de internación.

Como ya he dicho, cuento 5 ingresos y 6 intentos de esos que buscan terminar con todo. Que sólo he fallado porque he calculado mal el tiempo de llegada de alguien que lo evite. Que por más que he tomado medidas absolutamente determinantes, algo ha fallado… y lo agradezco hoy que puedo mirar a los ojos a mi hija y sus manitas ya crecidas (ya son 15 años desde que vino a mi vida).

Pero, desde mi experiencia, creo que la siquiatría sólo trae más dolor, tanto en su forma como en su fondo.

En su forma, por cuanto modela un estado de cosas de tal manera que restringe nuestra expresión vital. El gritar, lanzar cosas, caminar desnudos por una avenida, hurtar un chocolate, elevar la voz hasta el firmamento, no tienen cabida en una sociedad donde se hacen esas mismas cosas pero con otro nombre.

En su fondo, porque nos somete a un poder que limita nuestras convicciones, porque sí las hay. Nos han hecho creer que no tenemos otra salida que no sea la de rendirnos a los pies de hombres o mujeres que ostentando un delantal, nos conducen a un regimiento en el que las voces se ven opacadas con ruidos de cables y jeringas.

Bronca, sí, lo confieso, bronca por no dejar que respuestas y salidas alternativas a un tratamiento no sean masificadas. Costosos son los tratamientos que venden curanderos y terapeutas que no recurren a la medicina alópata. Cierto, a nuestro alcance sólo está el servicio de salud que dispone de unas cajas de píldoras o en el último caso, de una camilla que puede o no estar pegada a unos electrodos. Al menos ese ha sido mi experiencia, insisto, la mía.

Hoy sólo quiero recordarme que un abrazo terapéutico pesa más que 1.200 mg de litio o 600 mg de lamotrigina, o quizás 15 mg de aripiprazol.