Mientras el pelo crece…

Las ideas están deambulando por doquier; no hay día en que no estén cubiertas de incertidumbre. Mientras, la cabeza se deslumbra ante tamaña seudo-sabiduría, irrumpe en mí el deseo de salir disparada por la ventana. Bueno o no, lo cierto es que estos días se asemejan a un parque de diversiones, pero de madrugada.

El ajuste de los medicamentos, creo, está surtiendo efecto. Estoy más aletargada, las manos menos temblorosas, el sueño más pesado, el despertar lento y las noches más cortas. Sí, ya casi estoy hecha una zombi.

Quisiera no haber llegado a este punto; no sé hasta dónde puedo aguantar tanto té energetizante para levantar un poco las energías que son opacadas. Como sea, es lo que hay, al menos por ahora.

En este minuto me figuro naturalmente frente al compu, con la espalda cansada y el tobillo izquierdo adolorido. Casi caigo por la escalera y mi andar se ha vuelto un tanto dificultoso. Creo que ya necesito algo de vacaciones.

Me faltan horas del día para hacer lo que tengo que hacer. No es suficiente tener 8 horas de sueño. No sé como puedo avanzar en mis labores. Lo hago, cierto, pero no he limpiado mi dormitorio en semanas. Se nota la pesadez del cuerpo, apenas logro agacharme.

Estoy cansada, quiero meterme a la cama y esperar a que llegue el viernes; como si no tuviera que trabajar el fin de semana.

Mi canción para el viento

Ayer el cielo se vistió de viento noroeste y rememoré los días de arrebato en Valparaíso. No pude evitarlo, fueron días de insomnio, inducido o no, en los que las palabras salían a borbotones.

Hoy desperté a las 3:40 hrs, con los brazos literalmente dormidos y con un sueño aún en mente. Me di unas cuantas vueltas por la casa; no podía ni quería dormir. Los fantasmas hacían que mi cabeza latiera más fuerte y mis manos tocaran las paredes como sintiendo la aproximación de la lluvia.

En este minuto llueve, no mis ojos, pero sí el cielo; momento ideal para cantar unas cuantas canciones al unísono con el viento, ideal para apaciguar las palabras que brotan de la nada, casi sin sentido, en honor a la ausencia de calma.

No puedo negar que desde fines de marzo no he tenido esa estabilidad soñada, esos días en que la luna no afecta mis sentidos. Hoy me entero que la luna llena que se aproxima estará en mi signo zodiacal. Sí, en ocasiones mi vida se rige por esas incógnitas que, irracionales o no, pueden llegar a darme directrices respecto a posibles lugares en los que no debo estar. Como sea, debo admitirlo, ya me he acostumbrado a que la luna llena me llene de incertidumbres y desafíos.

Estoy cansada. Casi no tengo concentración y escribir aquí es el único ejercicio que me inunda la cabeza para decir algo que tal vez no sea coherente, pero que me anima a disipar las dudas que vienen y va.

Las dudas que me atraviesan en este minuto tienen que ver con mi condición diagnóstica. De nuevo me asalta la pregunta: es posible esta melancolía circular, estos vaivenes que me hacen oscilar? Es como si mi vida fuera un manual -tipo hágalo usted mismo- en que se leen síntomas que se ajustan a la definición moderno-occidental-positivista, o como sea. Sí, nuevamente pongo en duda que pueda ser alguien que se trastorna de un lado para otro, en un sentido puro, digamos.

Lo cierto es que en este minuto me figuro casi en piloto automático, respondiendo a estímulos casi imperceptibles. Mi desvelo, sin motivo aparente, me dibujó aún más las ojeras casi púrpuras en mi rostro.

Este día debe ser distinto, especial, lleno de certezas, de lo contrario, para qué me levanté?

 

 

Un día a la vez

A veces lo olvido, pero es bueno re mirar mis propios papeles pegados por doquier. Suelo decir que cada paso tiene su afán, cada día su propio misterio, cada lágrima su particular desvelo y cada estertor su ferviente compromiso por respirar. Hoy tuve que volver a leer algunos de esos mentados papelitos.

El ejercicio de escribir aquí letra por letra, sin duda me ha servido para hacer otras cosas; cómo negarlo. Cierto que de vez en vez me sumo a la corriente que remece los sentidos, me revuelvo en pena o me engrandezco de ego. Qué más da? Ya tengo a mi haber 45 años de vida, a los que pueden sumarse otras vidas acumuladas (sí, estoy entre quienes piensan esa posibilidad) y creo que puedo decir que de aprendizajes no me he perdido.

Sigue carcomiéndome la tontera del desespero por no poder recordar eventos, personas, emociones; perder cosas, derramar vasos, romper floreros y de un cuanto hay. Aún tengo dificultades para realizar operaciones lógicas básicas, como lo hice alguna vez. Me pierdo en medio de la desmemoria y pierdo con facilidad el habla y la capacidad de sostener cosas con mis manos.

Hace tiempo que no recurro a esos antisicóticos que me tenían con un pie en la calle y todo el resto del cuerpo escondido en algún lugar. Tampoco uso esos estabilizadores que me dejaban cual zombi desaparecida de la dimensión espacio-temporal en el que generalmente estaba. Pero sigo con pildoritas que hasta ahora han reducido la intensidad de los momentos esos en que ni respirar alcanzo.

No tengo idea si podré algún día volver a escribir, sin detenerme, el libro en el que estoy tejiendo las historias que habité. Lo hago de tanto en tanto, por eso escribo aquí; simplemente echo fuera y después si me arrepiento hago como que no tengo posibilidad de rehacerlo. No sé por qué digo esto; la verdad solo estoy deletreando lo que trata de salir de mi cabeza.

Un día a la vez… ese es el trayecto. La meta? Seguir más que sobreviviendo.

 

Quiero recorrer un poco el día

… levantando los brazos hasta emerger de la noche que se armó de pronto en medio de la marejada que insistió en tomarme por el cuello hasta lanzarme a la ventana, me figuraba tranquilamente alborotada, incluyendo uno que otro pelo desafiando a la peineta.

Soy bestialmente intensa, casta de pureza, remolino a la tierra al fuego y al agua. Y por qué no reconocerlo, hasta me hastía el sosiego que depositan de vez en cuando las almas calmas de tanto poder aguantar.

No importa lo que pase, no importa lo que deambule por los pasillos, vivo y revivo hasta morir lentamente desafiando a la propia muerte con sus bestias inclusive.

Aquí estoy, alzando los brazos mientras tecleo a más no poder por esta inmensa levedad de ser lo que vivo, por puro alimentarme de vida en mi propio teatro y su puerta lateral.

Necesito desarmar, quebrar, lanzar, gritar, empujar, develarme en el más urgente de los egoísmos para ir a perderme en una multitud que vocifera a la vida: “¡levanta la bandera para asirnos a tu telúrica belleza!”.

Vivir hasta más no poder, hasta perderme en la completa plenitud de la vida, esa vida tan fácil de ser arrebatada, es mi propósito para hoy; mañana ya se verá.

Mientras, tomo la mano de mi amado para perderme en un bello y terapéutico abrazo sin retorno.

 

De regreso a casa con los medicamentos encima

¡Que memoria la mía! Si ayer me figuraba sin medicamentos para las tomas, pero qué va, hoy llegué con todos a la casa. Ahora estoy solo con lamotrigina, paroxetina y aripiprazol. La quetipina, zolpidem y alprazolam brillan por su ausencia tras un acuerdo que establecí con la psiquiatra: si me porto bien, no las tomo. Bueno, no fue tan así, las fui dejando de tomar porque me sentía hecha un zombi andando y no podía hacer nada que no fuera estar sentada con la mirada perdida y la boca seca. Ni que hablar de la concentración. (Sugiero no hacer lo mismo a menos que lo conversen con la/el doc, porque sí, yo me apego al tratamiento acordado con base en mi experiencia).

La verdad es que ando bien desconcentrada, tengo que ser honesta conmigo, es así. Si hasta me da pereza pensar en eso. Pero bueno, qué le voy a hacer…

En este minuto intento avanzar en mi trabajo con la seguridad que lo voy haciendo bien, pero así como estoy ahora mismo no puedo, la verdad ni quiero.

La verdad sea dicha, tengo ganas de dormir o al menos estar tirada en la cama con mi amado al lado, ¿qué más podría pedir?

Confieso que soy afortunada; dentro de mi desmemoria activa y mi pereza tengo a alguien que me acompaña en este trayecto, esta historia compartida como nunca la tuve. Sí, es así no más.

Ahora, a tratar de hacer algo por la vida. Ya cuento dos pasteles de chocolate en mi barriga.

Lidiando con la falta de concentración, pero con un abrazo de aquellos

Llevo mi agenda con las líneas repletas de información, organizada de tal manera de que pueda leerla de un día para otro quedándome claro a qué me refería el día de ayer.

Hoy dormí hasta el cansancio, simplemente porque me lo merecía, así de simple. Solo al mediodía puse los pies en la tierra para tomar una ducha y todo eso. Después me dispuse a ordenar lo que quedaba del día. Empezaron las llamadas desde la oficina y cada vez se ponía de manifiesto mis errores y omisiones. Como sea, muchas de esas cosas aún tienen solución, aunque tenga que pagar un costo económico. En fin, podría ser peor. Trataré de no sentirme culpable por aquello.

Cierto, estoy con la concentración de brazos caídos y la memoria jugándome una mala pasada, pero que va, si lo tengo a él, el resto a a cresta.

La memoria y la concentración

Estoy escribiendo aquí por la necesidad de no olvidar el alfabeto. Y es que llevo varios días con una nula capacidad de recordar lo que ocurre antes de pasar a través del umbral de la puerta. El Alprazolam, me dijo la siquiatra, eso y la desidia crónica, digo yo.

¿Cómo recuperar mis labores tras una seguidilla de equivocaciones por omisión, por puro olvido?

Tengo una agenda que casi no uso. Desde ayer anoto hasta los suspiros, a ver si con eso mejoro de manera radical lo que me ocurre. No sé, pero me siento mal por ello.