Pan con queso y kiwi

Cuando frizaba los 9 años de edad, conservaba una pequeña caja con un papel escrito con la frase “mamá y papá”. Pocos días antes, un cuerpo adulto me sometía a una tortura a la que ya me he referido aquí. Ni aún así perdí las esperanzas de que mamá y papá se reencontraran, 5 años más tarde.

Hoy recuerdo este encuentro, como uno de los regalos que he tenido a lo largo de mi vida. No es que crea en los finales felices, sólo creo en la fe y la voluntad, a como dé lugar.

Me he caracterizado por salir a flote y salir del agua misma, pase lo que pase; ahora no es la excepción.

Quise volver a la dosis de medicamentos que tenía antes; no soporté el cambio y el estar ajena a mis vaivenes genuinos. Es así. Confío en la ciencia médica alópata, hasta que me tocan la imaginación o lo que sea que me acompañe en el día a día.

Cuestiono el saber “experto” a más no poder. Sí, sé por experiencia (y la literatura me avala) que donde hay problemas difíciles de abordar, no hay nada mejor que enfrentar el saber que tiene título profesional con el que tiene una base vivencial, en definitiva, la experiencia.

No estoy diciendo que las pastillas puedan detener las crisis, pero eso es sólo temporal. Si no se toca otro modo de ver las cosas, nos quedamos entrampados en soluciones que, aunque de rápida acción, son de corto plazo.

Creo fervientemente en la magia de las acciones y pensamientos. Siento que han sido la base de mi autocontrol y, a la vez, autoboicot. Pero aquí están, alimentándome el día de esperanza, como la tuve cuando la mugre de hombre me dejó tirada por el suelo y, tras largos 5 años, vi a mi padre levantarme en brazos.

Eso pensaba, mientras devoraba mi pan con queso y kiwis.

 

 

Día de siquiatra: otro ajuste

Cuento meses ya de estar en un sube y baja diario; no esperaba menos con el cambio de estación y una que otra situación de estrés.

Hoy tuve control con la doc. Había pasado un mes desde la última vez que la vi. Contra lo que quería, di mi consentimiento para realizar algunos ajustes: 400 mg de lamotrigina, 15mg de aripiprazol, 12,5 mg zolpidem, 10 mg paroxetina, 0,5 mg de alprazolam… Volví al cóctel de medicamentos que no quería, pero bue, la verdad es que ni el agua de toronjil, ni la meditación o la autohipnosis para dormir me estaban dando resultados.

No hay caso, viene el cambio de estación y cuerpo y mente se desviven tratando de sobrevivir.

La fibromialgia se está manifestando cual resfriado mal cuidado. La visualización de mi mortaja es a diario y las ganas de hacer nada se pronuncia al unísono con el arrebato de salir a caminar sin destino.

He tratado de poner la cabeza en frío, sentir que un día se va a la vez, que las mañanas, aunque ruidosas, me alimentan de vida, y que el crepúsculo se viste de claridad en mi cabeza. Pero lo cierto es que me habita el vendaval y ya estoy cansada, rendida. Esta es la parte en que me entrego a la alopatía; necesito un cambio en el corto plazo. Ya veré cómo voy alimentando la esperanza, una y otra vez.

Historias de siquiátrico IV

Esa mañana desperté como lo venía haciendo hace meses: medio dormida, medio despierta, medio erguida, medio chueca.

Como siempre, tomaba un cigarrillo desde la más temprana hora. Pero ese día no lo hice ni desayuné, no lo recuerdo si por “orden médica” o simplemente porque no quise. No sé, no lo recuerdo, así como tampoco recuerdo mucho de lo que pasó en esa sala blanca.

En una bata me condujeron a un lugar blanco y seco, frío y opaco. Una camilla, un monitor cardíaco unos cables unidos a una especie de cintillo que contenía en sus extremos una superficie circular que se ajustaban a la sien, uno a cada lado.

Avancé sin apuro, sin saber de lo que se trataría, más allá de lo que vi en películas como atrapado sin salida y cosas por el estilo.

Me recostaron en una delgada camilla, me dieron algo de oxígeno, me ataron uno de los tobillos con un grueso lazo blanco…

Abrí los ojos en una habitación también blanca, orinada, con fuertes dolores en el cuerpo, la mirada fija, la garganta seca, las manos tensas y la espalda hecha pedazos. Mis pies, como miraba mis pies. Recuerdo esos momentos posteriores al tratamiento electroconvulsivo. ” El tratamiento” ese que aún emplean los siquiatras para borrar o quitar espacios de memoria que gatillan la pena infinita o la manía absoluta. Ese tratamiento que, sin demostrarlo abiertamente, nos quiebra la conciencia para depositarnos en algún otro lado. ¿Cómo no voy a desconfiar profundamente de los tratamientos si cada enfermedad mental tiene su origen último en alguna pre estimación de los hechos a partir de una determinada forma de ver las cosas, dentro de una sociedad que insiste en borrar  o al menos desterrar de su funcionamiento a cualquiera que marque una diferencia.

No niego (no podría) que habemos (unos más otros menos) quienes podemos ser un peligro para los demás y para nosotros mismos. Yo misma llegué ahí por eso. Pero también reconozco y estoy convencida de que en otro entorno las cosas serían de un modo diferente.

El cemento, como le llamo a la ciudad, no es un buen espacio para nuestro despliegue vital. No quiero decir con eso que el campo o la montaña sean los espacios para ello, pero quizás sí lo sea, no sé, ni idea. Sólo sé que el conocimiento experto varía de un tiempo a otro y por lo tanto, varía también la forma de ver un determinado estado de nuestras expresiones.

¿Pena? ¿Rabia? ¿Catatonia? ¿Emociones expandidas? quién sabe.

A esto le han denominado manía-depresiva, locura circular y hace un tiempo trastorno bipolar (con tipos y todo), pero ¿qué hay en todo eso?

Ya me referiré a eso en algún momento, como ya lo he hecho en este blog.  Por ahora, sólo quería mirar un poco a ese momento, de varios como ese,  en que me entregué a las manos de una médica que junto a un ayudante y no sé quién más, me hundieron en una camilla para quitarme un trozo de mi historia.

De la experticia (o cómo se descascaran los expertos)

Creo que la experticia es una construcción simbólica sustentada en la vanidad de quienes, bajo ciertas condiciones, pueden ostentar credenciales y títulos de tales, o al menos de eso estoy segura desde que fui una habitante-en-tránsito en un programa de doctorado. Claramente, no soy “experta”, pero no menos vanidosa que cualquier humano que dice cosas que parecen sacadas de algún lugar común. Aquí va una prueba…

¿Que por qué creo eso de la construcción…? Primero, una construcción, para mi, es una producción-creación-desarrollo de algo que se basa en cualquier cosa, por ejemplo, la cultura. Qué manera de simplificar las cosas, pero bueno, de eso se trata cuando quiero decir algo “complejo” en letra “simple” (aquí una muestra de mi vanidad).

Como sea, la “experticia”, -si la entiendo como la arrogancia de rendir culto a lo imposible de conocer completamente-, no la creo como un argumento para opacar el mal nominado sentido común.

¿Que para dónde voy? le voy a dar una vez más a la siquiatría y sus alrededores.

¿Alguien puede refutarme que lo que es locura para una época es una brillantez para otra? Creo que en cada tiempo “expertos” van nombrando a alguien bajo ese rótulo; pero a la vez quienes no tienen calidad de tales ante la “comunidad científica” lo ven de otro modo.

En el Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (por sus siglas en inglés, DSM) se señala que el trastorno bipolar es una “enfermedad orgánica crónica, que actúa sobre los mecanismos que regulan las emociones. Es una alteración de los mecanismos bioquímicos y eléctricos que regulan la actividad cerebral. Esta alteración produce altos y bajos desproporcionados o sin mantener ninguna relación con los acontecimientos de la vida. Estas alteraciones afectan a los pensamientos, sentimientos, a la salud física, al comportamiento y al funcionamiento cotidiano.”

¿No es esta una definición en la que caerían muchos sin saberlo? y a decir verdad ¿cómo saberlo? Aquí es donde se descascaran los expertos. ¿Cómo pueden separar este “trastorno” de una genuina forma de ser, estar, sentir, crear…?  ¿Qué eso de “altos y bajos que no tienen que ver con los acontecimientos de la vida”? La verdad, creo que quienes hemos sido diagnosticados con tab es por nuestra biografía, y la verdad, sólo basada en mi experiencia, creo que las respuestas pueden ser anómalas respecto a los acontecimientos, pero son una respuesta a fin y al cabo.

Llanto, grito, desgarro, suicidio, creo son respuestas a los acontecimientos de la vida, a la propia manera de quien lo vive.

Sí creo que nuestros estados comprometen pensamientos, sentimientos y todo eso que se menciona, pero en el contexto de vivir nuestra vida de una manera intensa, fuerte, decidida, a veces, cohibida otras.

La depresión, la (hipo) manía, la eutimia, son conceptos construidos en un contexto histórico determinado y aquí no sé qué tanto han aportado los expertos (no faltará quien me diga que ya se ha hecho y que por eso mismo hay estudios que lo avalan).

Me he ido por las ramas, lo sé, sólo quería decir que el mal denominado conocimiento experto no da puntada sin hilo, que cataloga a sus “pacientes” de acuerdo a intereses particulares. Como quisiera presentar aquí evidencia de aquello, pero me arrancaría aún más por las ramas.

Salute!

 

Día de siquiatra y casi terminando el verano

“Verdaderamente, ¿cómo estas?”. Tamaña pregunta justo ahora en que me siento de maravilla. Estable, apaciguada, amada, enamorada. ¿Qué le iba a decir? Eso, simplemente que llevo el tratamiento al pie de la letra y que sonrío a cada rato…

Siempre me pregunté por la probabilidad de conocer a alguien que estuviera dispuesto a compartir mis días, siendo tal y como soy, sin el temor a dibujar una sonrisa de incredulidad o negación ante mi condición, o simplemente de rechazo. Bueno, encontré a alguien que lo entiende y no me deja ver el vaso medio vacío, como solía hacerlo. Confieso que ya no recurro ni al alprazolam ni al zolpidem para mantenerme el línea con la plena calma.

¿Qué decir? Que sin duda se puede pasar de un vendaval de aquellos que no dejan nada en pie, a un estado de relativo reposo. Y si viniera uno de los oleajes furtivos que suelen aparecer en mi vida, pues bien, habrá que hacerle frente, una vez más.

Bendiciones a quien me lee.

Clau

Otro día de siquiatra

Desperté arrumbada en la cama. Por la madrugada abrí los ojos una tríada de veces para verificar que el día aún no comenzaba. A las 7:15 unos pájaros cantaron junto al ventanal; se estaban confabulando con el celular-despertador para que pusiera en marcha la vida en vigilia. Así lo hice.

Tras el tazón de leche y la despedida rumbo al colegio de mi hija, me enfilé a la ducha con la modorra de los días lunes de siempre. No recuerdo cuántos minutos estuve bajo el agua caliente, pero si está en mi retina el montón de imágenes previas a cada consulta con la siquiatra.

Salí de mi casa vestida con lo primero que encontré, no estaba para producir una apariencia especial. Quería que la doc me viera tal y cual estoy un día cualquiera.

No tomó mucho tiempo el metro en pasar, pero si en partir. Como siempre, mi pensamiento se fue a los rieles. Ya me duele cada vez que oigo un grito de alerta “Sigma”, anuncio de un suicidio en las vías. Pero no, en esta oportunidad fue por el retraso de los vagones que nos antecedían.

La bajada del tren fue acompañada de un cigarrillo sin encender; lo hice apenas vi tierra firme y el caluroso cielo.

Ahí me figuraba, esperando el último humo en mis pulmones antes de divisar el edificio que contiene la sede de la demencia, como le llaman algunos, o las oficinas de psicólogos y psiquiatras.

Tras entregar el bono y esperar media hora, vino mi turno. La mirada fija de la doc me perturbó un tanto. Pero a su pregunta “cómo estás”, sin vacilar respondí “estupendamente”. Ahí vino la seguidilla de preguntas y contra preguntas acerca de mi percepción de las emociones, mis estados visto desde mi subjetividad y sobre todo, los hechos que antecedían a la cita.

Le hablé del foro en el que interactúo de manera virtual (Bipolares Unidos del Mundo, Esperanza Bipolar y un “facebook” creado para nosotros ) con otros que conviven con la bipolaridad. Le dije que era, desde mi punto de vista, una buena idea, que me acercaba más a mi condición y sobre todo, que me ponía por delante la realidad que experimentaba: desde que tomo los medicamentos tal cual me dice, las crisis vienen, pero las enfrento.

Le comenté que para mi había una propia eutimia, la que incluye oscilaciones que van acompañadas de la voluntad de hacerlas frente por el amor de mi misma, ese que rara vez aparece, pero que de alguna manera emerge en situaciones de conflicto emocional.

Así, tras el tiempo que me tocó hablar y hablar, sacó en conclusión que estaba bastante bien; no eutímica como yo quiero pensar y siento, pero al menos dentro de un rango que me permite interactuar con otros y conmigo misma.

Creo que la bipolaridad, como enfermedad inventada por la medicina del mundo occidental, algo tiene de cierto, o al menos algo tiene de particular en cada uno de quienes hemos sido diagnosticados con ella. No sé, la verdad yo me apego a mi biografía: la terapia sicoanalítica, constructivista, cognitivo-conductual por sí solas, no evitaron que cayera ingresada en un siquiátrico en 5 oportunidades por intento de suicidio. Y no cualquier intento, sino de aquellos que no tienen oportunidad de regreso a menos que alguien boicotee la solución final a un problema temporal.

Como sea, salí de la consulta con una leve sonrisa en los labios.

Un abrazo a quien me lee.

Clau

Horas post cita con la siquiatra

Traté de llegar tranquila, con la mirada serena, con las manos quietas y sobre todo, con la verdad por delante. La doc me miró con una cara de esas de “cuéntamelo todo, con detalles y tómate tu tiempo”. Ahí figuraba yo, con las manos inquietas, la mirada torcida, la espalda rígida y los ojos a medio llorar. ¿Qué le iba a decir que mi cuerpo no estuviera hablando? Como pude le hablé de mi leve, pero leve tendencia a los excesos, a la breve, muy breve lloradera y pesadez en el pecho, y a mi infaltable estado de vigilia nocturna.

Llevaba algunos días con las ganas abiertas a todo y con mi cabeza pesada. Cómo describir ese breve espacio en el que se articula el dolor corporal con la exquisita sensación de poder cambiar el mundo, o al menos mi mundo.

Le conté que me he sentido de mil maravillas, porque así ha sido. No puedo quejarme, mi cabeza está bien puesta, sólo que te tomado acciones que no me conducían a buen puerto. Un atajo preciso evitó llegar a mayores y eso, lo reconozco, es mérito de mi voluntad; de mis ansias por permanecer en esta tierra, con este cuerpo y con esta mente, así tal cual es.

Nunca es tarde para reconocer que aunque sea una cautiva de las farmacéuticas, el aripiprazol se ha transformado en el placebo por excelencia para atacar los virajes mixtos.

Un abrazo a quien me lee.

Claudia