Un día a la vez

A veces lo olvido, pero es bueno re mirar mis propios papeles pegados por doquier. Suelo decir que cada paso tiene su afán, cada día su propio misterio, cada lágrima su particular desvelo y cada estertor su ferviente compromiso por respirar. Hoy tuve que volver a leer algunos de esos mentados papelitos.

El ejercicio de escribir aquí letra por letra, sin duda me ha servido para hacer otras cosas; cómo negarlo. Cierto que de vez en vez me sumo a la corriente que remece los sentidos, me revuelvo en pena o me engrandezco de ego. Qué más da? Ya tengo a mi haber 45 años de vida, a los que pueden sumarse otras vidas acumuladas (sí, estoy entre quienes piensan esa posibilidad) y creo que puedo decir que de aprendizajes no me he perdido.

Sigue carcomiéndome la tontera del desespero por no poder recordar eventos, personas, emociones; perder cosas, derramar vasos, romper floreros y de un cuanto hay. Aún tengo dificultades para realizar operaciones lógicas básicas, como lo hice alguna vez. Me pierdo en medio de la desmemoria y pierdo con facilidad el habla y la capacidad de sostener cosas con mis manos.

Hace tiempo que no recurro a esos antisicóticos que me tenían con un pie en la calle y todo el resto del cuerpo escondido en algún lugar. Tampoco uso esos estabilizadores que me dejaban cual zombi desaparecida de la dimensión espacio-temporal en el que generalmente estaba. Pero sigo con pildoritas que hasta ahora han reducido la intensidad de los momentos esos en que ni respirar alcanzo.

No tengo idea si podré algún día volver a escribir, sin detenerme, el libro en el que estoy tejiendo las historias que habité. Lo hago de tanto en tanto, por eso escribo aquí; simplemente echo fuera y después si me arrepiento hago como que no tengo posibilidad de rehacerlo. No sé por qué digo esto; la verdad solo estoy deletreando lo que trata de salir de mi cabeza.

Un día a la vez… ese es el trayecto. La meta? Seguir más que sobreviviendo.

 

Y mientras tanto…

Cuento 3 semanas levantándome a las 4:30 am; digo que lo hago como una lechuga. Y es cierto. Las energías renovadas, aún sin tener vacaciones, se están manifestando, tal vez por las emociones que me habitan por estos días. Sí, creo que es de las mejores experiencias que he podido tener.

Atrás quedaron los días de angustia e incertidumbre. Hoy vivo en el día a día, sin esperar nada, como si lo que acontece es precisamente lo que he pensado vivenciar. Un día a la vez.

Calma, eso es lo que me habita y me gusta escribirlo con mis manos, tan llenas de olvido. Por qué no? Si alumbrara en este momento la madrugada, algo más que la luna menguante, ni siquiera chistaría. Y es que estas horas se han tornado en mis mejores compañeras, de esas que ni te vigilan ni te reprochan por estar junto a un café y un cigarrillo, mientras contemplo serena como amanece este día.

Frente al compu no hay preguntas inconducentes, sólo las más claras sensaciones de  armonía. Razones? Quién sabe bien.

Si examinara un poco lo que me rodea, debo reconocer que una vez más he vuelto a creer que puedo compartir con otro lo que me pasa. Ser más que una masa amorfa que simplemente se adapta, simplemente porque así lo quiero. Que individualismo, no? Aparentemente, pero no se trata sólo de eso. Es algo más. Es la conciencia de sentirme parte del todo, de otros, de los que están en la misma ruta o que caminan en paralelo. Qué más da?

Conformismo? No, sólo examino el pasado, como lo hago de vez en cuando y, como ya lo he dicho, no despertar en un hospital siempre será para mi motivo de felicidad, de esa que perdura incluso cuando se derrumba uno que otro ladrillo de mi propia vivienda emocional.

Y si quisiera cambiar? No, no quiero cambiar más allá que las condiciones adversas que simulan ser la única esperanza. Debo reconocer que, si bien no me contenta el estado de las cosas en general, no hay nada como haber recuperado el sentido, nada como una ducha fría de madrugada, limpiando todo.

Escribo estas líneas para registrar lo que vivo cuando estoy en armonía, como si fuera el último día de mis días.

Melancolía circular versus arrebato sideral

Camino, simplemente camino a la espera de que el 2017 parta su rumbo hacia el pasado. No, no es que quiera hacer alguna diferencia entre el estar presente/ausente en medio del cambio de folio y esta nueva vuelta alrededor del sol. Sólo que me animo a recorrer los adoquines del puerto a la distancia, para contemplar desde un ascensor la tierra/mar que me dibujó la mayor de las sonrisas.

En este día, me declaro soberana de mis días, como hace tiempo no lo hacía. Aislada del tumulto, simplemente me remito a mis mayores alegrías de este año y las decisiones que tomé, para mejor y peor. La mejor, ya lo he dicho, fue terminar un vínculo que me conducía derecho al delirio; la peor, fue no haber disfrutado más de la compañía de mis amantes y amigos, por puro pudor. Aún así, reconozco que, buenas o malas decisiones, fueron hechas con el mayor de los desvelos: ser libre.

Casi finalizando el año, me libero de esas cargas que cruzaron el umbral de mis deseos, que depositaron enseñanza pura, cristalizando el deseo de vivir a como dé lugar. ¿Qué más puedo pedir, si hasta los días se visten de la realidad más pura?

Entre morir y no morir, me decidí por seguir

Cierto, cada vez que alguien se somete a los rieles del metro, algo de mi se queda ahí. Algo de lo que siento se vuelve de invierno sin tregua y algo pasa directo a lo torrencial de mis días.

Esta vez no fue la excepción.

Me tomó tiempo decidirme a escribir sobre los últimos eventos ocurridos en las vías del metro; tamaño dolor me habita cada vez que siento el grito y las agitadas manos sobre la cara de los pasajeros que quedan temporalmente sin vida, fuera de sí y del día mismo.

Es entonces cuando elevo una plegaria por quienes, desde la angustia y el vacío de sentido, se lanzan a la puerta lateral de este teatro de la vida. Es cuando deposito mis manos sobre el madero al cual me aferro cuando llega el vendaval y me agita con la invitación a poner en desorden el caos que siembro si tengo la duda razonable respecto al por qué seguir.

Pero, aquí estoy, siempre haciendo una reverencia por quienes luchan desde la rabia, la pena o la auto misericordia, por seguir en la tregua de aquellos días impacientes de tanto dolor.

Así es, entre morir y no morir, me decidí por seguir adelante, como sea que venga el vendaval, o como sea que me eleve la tortura de los días en que me levanto o acuesto, incluso con las manos rodeadas de píldoras que me resisto a dejar.

No sé si sea el tratamiento o el amor a la vida. No sé si sea mi fe y el freno que pone a toda tempestad lo que me tiene aquí ahora, en este preciso instante.

Vivo el día a día, como si fuera el último. Abrazo como si los brazos extendidos abrieran puertas y ventanas hacia la armonía. Beso con el furor del mar y dejo que la muerte se atormente de tanto esperarme.

Por qué no decirlo, tengo en mis manos cada vez más razones y motivos para mi elección.

Invito a que nos miremos al espejo y veamos lo que llevamos en el trayecto, no lo que nos falta o faltó o tal vez rompimos en la carrera de los días.

Bendiciones a quien me lee.

Simplemente, quiero tener dosis diarias de felicidad

Entre baños de sales y movimientos de piernas sobre una bicicleta me la he pasado estos  últimos días. Estoy recobrando el aliento y mi esencia se está manifestando a través de varias carcajadas al día.

Por supuesto, todo en mi tiene su aliento de vida, como de muerte. Pero la sal disuelta en agua, el racimo de rosas sobre mi mesa, una roca de cristal sal, otras tantas de variados colores, mi escritorio ordenado y limpio, mi cama estirada, la cortinas del techo al piso sin lágrimas circulando por sus surcos y tantas otras bellezas del día a día en mi vida, me recuerdan a cada instante que las vías del metro no pueden ser el término de mi aliento.