Día de siquiatra: otro ajuste

Cuento meses ya de estar en un sube y baja diario; no esperaba menos con el cambio de estación y una que otra situación de estrés.

Hoy tuve control con la doc. Había pasado un mes desde la última vez que la vi. Contra lo que quería, di mi consentimiento para realizar algunos ajustes: 400 mg de lamotrigina, 15mg de aripiprazol, 12,5 mg zolpidem, 10 mg paroxetina, 0,5 mg de alprazolam… Volví al cóctel de medicamentos que no quería, pero bue, la verdad es que ni el agua de toronjil, ni la meditación o la autohipnosis para dormir me estaban dando resultados.

No hay caso, viene el cambio de estación y cuerpo y mente se desviven tratando de sobrevivir.

La fibromialgia se está manifestando cual resfriado mal cuidado. La visualización de mi mortaja es a diario y las ganas de hacer nada se pronuncia al unísono con el arrebato de salir a caminar sin destino.

He tratado de poner la cabeza en frío, sentir que un día se va a la vez, que las mañanas, aunque ruidosas, me alimentan de vida, y que el crepúsculo se viste de claridad en mi cabeza. Pero lo cierto es que me habita el vendaval y ya estoy cansada, rendida. Esta es la parte en que me entrego a la alopatía; necesito un cambio en el corto plazo. Ya veré cómo voy alimentando la esperanza, una y otra vez.

Lucha de gigantes…

En un mundo descomunal, siento mi fragilidad...” Sí, es lo que en este preciso instante escuchan mis orejas. Cómo no visualizar gigantes que se enfrentan en medio del vendaval? Cómo no creer que todo esto se trata de sentir cómo chocan entre sí dos estados completamente opuestos?

Cierto, así mismo es como en este minuto me siento: entre la risa y el llanto, entre el agua y el fuego, entre mi vida y la muerte. Un cara a cara que no se define solo por el tiempo que tome el cruce de vibraciones de mis emociones y lo que a ellas concierne.

“Hiper racional”, me dijeron una vez, “melancólica” otras, “histriónica” también, no recuerdo otras calificaciones, pero creo que tienen que ver con el cómo me enfrento al mundo, mi mundo.

Ayer no quise recurrir al ansiolítico; quise vivenciar el peso de la ansiedad de manera genuina, de forma natural, así me hubiese tragado una cajetilla de cigarrillos.

Vivo un duelo crónico, a veces, la algarabía, también, todo de una sola vez y a una velocidad indescifrable.

Ya no tengo miedo cuando no alcanzo a oír mi voz que intenta detenerme; ya no me reprimo ante la posibilidad de, ya saben, imaginar mi mortaja. Cierto, no puedo autoengañarme, los impulsos vienen y van y solo es cuestión de tiempo para abordar lo que en este minuto no quiero alcanzar.

Sin embargo, ahora estoy renovando el pacto para vivir a través de la consciencia de mis emociones, del amor a mi hija, del estar en mi propio cuarto y no en uno que esté de blanco, medio sucio, medio derruido. Ahora es cuando me hace sentido el sentido y agradezco a la escurridiza cordura que me habita, justo cuando estoy en el borde. Si no fuera por este dolor no sabría cómo enfrentar el enfrentamiento entre los gigantes.

 

De nuevo aquí

Si despierto es porque vivo, me dije esta mañana con frío. Y es que cuando miro de reojo el ventanal que está en mi cabecera no puedo dejar de mirar al pasado de los días.

Salir de un cuarto claro lleno de otras pacientes que esperan el vaso con agua, con las manos extendidas para el mismo ritual, es casi lo mismo que salir a la autopista a ver si algún carro de bomberos, que va rumbo a apagar un incendio, me lleve a mi también.

El ejercicio de escribir estas palabras sin ningún propósito que no sea el cambiar las lágrimas o la algarabía por un poco de serenidad, es un paso pequeño para salir de este vendaval, tal vez no el primero ni el último, pero con un alto al fuego, -que más parece tregua-, que me consuela por el tiempo que fuere.

Ahora me figuro quieta, haciendo un esfuerzo por escribir aquí. Deletreando las palabras en la cabeza – literalmente – para teclear y plasmar lo que sea en estas líneas. Ya sé que si no lo hago, me pierdo en la memoria.

¿Qué pasó el otro día? Pasó que mis oídos estallaron, mi cuerpo temblaba de frío y se acunaba en el suelo a la espera de que pasara la ventolera, el vendaval, el río lleno de piedras, basura y todo lo que me empujaba hacia la desembocadura.

Esta vez fue rápida la llegada del vacío. Me dijeron que quedé en medio de la nada, gritando a las tempestades y sus gigantes asociados. Me mordí hasta el cansancio, nada, no había nada, pero ahí estaban mi lucha y mi quietud. Me recuerda el día en que me descubrieron descalza caminando por la autopista sin dirección conocida ni siquiera por mi.

No sé si estoy medio enloqueciendo o qué, no lo creo en el fondo, pero siento que la desconexión con los días se hace cada vez más frecuente. No sé hasta dónde voy a ir a parar; esta separación entre lo real y lo iluso me tiene con las ansias ad portas de entrar por cualquier rendija y a la circularidad de mis emociones a punto de estallar.

Me obligo a escuchar a Piazzola para alivianar la siempre mal venida culpa que emerge cada vez que lanzo un misil justo al medio de los espacios. Me invento que hay paz dentro de estas ideas que no alcanzo a digerir.

Aferrada al último recurso

Por estos días la vida se me ha hecho cuesta arriba; como suele sucederle a todo el mundo. Hoy día, 20 de abril de 2018, siento que he renovado mi pacto para vivir; la voluntad y el sentido están de vuelta.

Haber sido candidata a un nuevo ingreso constituyó un poderoso catalizador de emociones de múltiples colores. Estar separada de mi hija no tiene palabras que den cuenta del dolor y vacío que emerge.

Ahora, con el corazón entre las manos, lo deposito en sus manos junto al sentido que tiene estar aquí, viva, cansada, pero viva.

Gracias, gracias y mil de miles gracias.

Noche de pedir ayuda

Anoche me dormí temprano, había tomado un SOS, tal como me había prescrito la siquiatra. Apagué celular, guardé cuadernos, apagué el compu y me puse el pijama. Pero casi medianoche desperté con ruidos en mis oídos; eran esas cosas que no venían hace tiempo. Pronto vinieron las ideas y sentimientos que convocaban a la muerte.

Mi hija, mi hija, me dije apretando las sábanas. No pude, simplemente no pude sostenerme, tal como suelo hacerlo.

Después de un tiempo indeterminado en que gritaba para que no me llevasen las ideas, llamé a mi madre pidiéndole ayuda. Dormí con ella y mi hija cerca.

Por la tarde tendré otra opinión. No quiero estar interna, esto no me la puede ganar.

Un día a la vez; un segundo a la vez.

Esta es la parte de la película donde una actriz secundaria debe respirar hondo

Estoy llegando al límite que existe entre el estar y el vacío de sentido. Casi diría que estoy lista para emprender el viaje.

Hoy ya he caminado lo que resisten mis pies; me obligué a salir para no mirarme al espejo.

Estoy frente al compu, una vez más, con la angustia sin nombre.

Nada, nada por estos lares que me detenga? Sí, yo misma.

En qué estoy ahora? Vomitando lo innominable.

De qué me salvaría la muerte? De nada, me digo, de nada.

Qué puedo (debo) escuchar ahora? Barro tal vez

La furia, la bendita furia y sus consecuencias

Es así, cada vez que me habita el enojo dejo una estela de pérdidas y abandono. Ayer no fue la excepción; mandé a la mierda a medio mundo y me quedé sentada mirando el espejo a ver si veía algún rastro de humanidad en mi. Todavía lo estoy buscando.