Día de siquiatra: otro ajuste

Cuento meses ya de estar en un sube y baja diario; no esperaba menos con el cambio de estación y una que otra situación de estrés.

Hoy tuve control con la doc. Había pasado un mes desde la última vez que la vi. Contra lo que quería, di mi consentimiento para realizar algunos ajustes: 400 mg de lamotrigina, 15mg de aripiprazol, 12,5 mg zolpidem, 10 mg paroxetina, 0,5 mg de alprazolam… Volví al cóctel de medicamentos que no quería, pero bue, la verdad es que ni el agua de toronjil, ni la meditación o la autohipnosis para dormir me estaban dando resultados.

No hay caso, viene el cambio de estación y cuerpo y mente se desviven tratando de sobrevivir.

La fibromialgia se está manifestando cual resfriado mal cuidado. La visualización de mi mortaja es a diario y las ganas de hacer nada se pronuncia al unísono con el arrebato de salir a caminar sin destino.

He tratado de poner la cabeza en frío, sentir que un día se va a la vez, que las mañanas, aunque ruidosas, me alimentan de vida, y que el crepúsculo se viste de claridad en mi cabeza. Pero lo cierto es que me habita el vendaval y ya estoy cansada, rendida. Esta es la parte en que me entrego a la alopatía; necesito un cambio en el corto plazo. Ya veré cómo voy alimentando la esperanza, una y otra vez.

Corté mi pelo para detener a la ansiedad

Por tercera vez en este año, tomé la decisión de cortar mi pelo aún más corto. Sí, casi me pelé; no aguanté tanta cosa en mi cabeza. Suelo cortar el pelo para detener la furia y sus elementos asociados.

No sé si la ansiedad se detuvo o amainó, lo cierto es que mi cabeza con menos pelo está más despejada, puedo pensar menos en las cosas que me estaban atormentando. Qué cosas? La rapidez con que pasan los días, el suicidio de un pequeño, la infatigable manía de no saber a dónde caminar para repeler la ansiedad… Nada fuera de lo común, solo que en este minuto las cosas van y vienen de un color que no me apetece.

Cómo llegué a estas líneas? Creo que fue el comentario en un foro de una mujer cuya hija fue víctima de abuso sexual. Alguien más habló del impacto de aquello en los gestos e intentos suicidas. Sí, ahí se inauguró toda esta ansiedad.

Quise leer más; es algo a lo que no le he dado mucha vuelta, incluso en este espacio.

Creo que alcancé a escribir que fui violada a los 9 años, por quien en ese momento era mi padrastro (creo que ya he mencionado que mis padres volvieron a casarse años después de ese evento)

Las terapias, incluyendo el psicoanálisis, no alcanzaron a bucear en aquello. De hecho, hubo un maldito psiquiatra que me dijo que habría sentido placer en aquello. Culpa, vino la culpa después de ese momento, y la amenaza a su decisión ante mi reclusión en un siquiátrico, la primera que recuerde.

Aquí está, creo, un punto de emergencia de mi permanente ansiedad y tal vez de muchas cosas que me hacen hasta poner en duda el diagnóstico.

He tendido al autoboicot, autoaniquilamiento, autodesaparición voluntaria desde que tengo 9 años. Fue ese mismo año en que tomé una soga y la puse alrededor de mi cuello, colgada del árbol más alto del patio de la casa. Me encontraba sola en ella, no recuerdo por qué. Desde entonces, las ideaciones, gestos e intentos de suicidio han sido de una frecuencia anual. Hasta ahora, frenados, interrumpidos, boicoteados.

Hoy no es la excepción, pero esta vez quiero hacer una diferencia. Quiero reconocer que fui víctima de abuso sexual, de violación, de maltrato físico y sicológico, y de abandono. Todo eso en mi biografía no es suficiente para poner en duda todos los tratamientos a los cuales he estado expuesta?

Racionalmente entiendo el qué debo hacer frente a este caso. He tenido miedo a lo largo de todos estos años. Miedo a que quien fuera mi padrastro me encuentre nuevamente. Miedo a que mi padre me mire con otros ojos, y miedo al maltrato por parte de un hombre, del que esté enamorada. Por eso, no me enamoro; es así. Nunca he estado enamorada, no en el sentido idílico, romántico o no sé qué, sino en el sentido de que tenga sentido, simplemente eso.

Cuántas niñas y niños han sido víctimas sin que les crean? Fue mi caso; me encararon con el violador, quien negó absolutamente todo. Sola, me sentí inmensamente sola y abandonada.

Ese hombre, que no merece ni ser llamado animal, es simplemente una bestia que provocó el daño más inefable de mi vida. Creo y siento que es la causa raíz de los altibajos en mi biografía. Tal vez, tal vez no vivo con una bipolaridad (ya he hablado de lo que creo de las construcciones socioculturales de las enfermedades, suficiente para no creerles). Es plausible pensar que mis acciones de autoboicot se deban a la ausencia de conexión con la realidad, derivada de mi lucha por no vivenciar nuevamente una situación de abuso.

Creo que el corte de pelo solo es la expresión del intento por eliminar estos recuerdos, tal vez castigarme por la culpa que eventualmente pueda llegar a sentir y, por qué no, la evidencia de que aún tengo los medios para superar las consecuencias. Creo que la fibromialgia es la expresión del dolor que siempre ha estado latente.

Creo que es tiempo de ampliar la bitácora a todos quienes han vivido alguna vez situaciones de abuso, para mirarnos, no reavivar la experiencia, sino echar fuera la rabia, impotencia, culpa, sobre todo la culpa.

No puedo terminar estas líneas sin decir que me he privado de ser feliz, pero que estoy segura de que la felicidad está en algún lugar dentro y fuera de mi, limpia de culpa, abandono y maltrato.

Lucha de gigantes…

En un mundo descomunal, siento mi fragilidad...” Sí, es lo que en este preciso instante escuchan mis orejas. Cómo no visualizar gigantes que se enfrentan en medio del vendaval? Cómo no creer que todo esto se trata de sentir cómo chocan entre sí dos estados completamente opuestos?

Cierto, así mismo es como en este minuto me siento: entre la risa y el llanto, entre el agua y el fuego, entre mi vida y la muerte. Un cara a cara que no se define solo por el tiempo que tome el cruce de vibraciones de mis emociones y lo que a ellas concierne.

“Hiper racional”, me dijeron una vez, “melancólica” otras, “histriónica” también, no recuerdo otras calificaciones, pero creo que tienen que ver con el cómo me enfrento al mundo, mi mundo.

Ayer no quise recurrir al ansiolítico; quise vivenciar el peso de la ansiedad de manera genuina, de forma natural, así me hubiese tragado una cajetilla de cigarrillos.

Vivo un duelo crónico, a veces, la algarabía, también, todo de una sola vez y a una velocidad indescifrable.

Ya no tengo miedo cuando no alcanzo a oír mi voz que intenta detenerme; ya no me reprimo ante la posibilidad de, ya saben, imaginar mi mortaja. Cierto, no puedo autoengañarme, los impulsos vienen y van y solo es cuestión de tiempo para abordar lo que en este minuto no quiero alcanzar.

Sin embargo, ahora estoy renovando el pacto para vivir a través de la consciencia de mis emociones, del amor a mi hija, del estar en mi propio cuarto y no en uno que esté de blanco, medio sucio, medio derruido. Ahora es cuando me hace sentido el sentido y agradezco a la escurridiza cordura que me habita, justo cuando estoy en el borde. Si no fuera por este dolor no sabría cómo enfrentar el enfrentamiento entre los gigantes.

 

Higos para la ansiedad

En este preciso instante como higos… el alprazolam no fue suficiente. No sé cuánto me tomará esta vez; ya llevo 1 hora con el pecho apretado, las manos sudorosas, la cabeza a punto de estallar y la espalda adolorida. Gritar creo sería una buena salida, pero no quiero alarmar a quienes están a mi alrededor.

Esta es la parte en que busco a mi madero (que alguien del ámbito de la psicología dirá “estructura”), pero creo que quedó medio derruido después del último episodio, algunas semanas atrás.

No sé, mientras escribo la calma se asemeja al horizonte, a la quimera más efímera que pueda existir en la mentes de quienes aún creemos en ella. Aún así, insisto en tejer palabras, algo saldrá de estas reflexiones que pongo en este papel virtual.

Usualmente hago el ejercicio de reconstruir los hechos, examinar lo que está a mi alrededor, así como también las últimas acciones e inacciones; me sirve para ver el bosque de la vida desde una perspectiva que posibilita la observación global. Pero, bue, aquí estoy, simplemente escribiendo lo que me dicta la espalda.

De mañana no hubo mucha variación respecto a los otros días:

  • 6:30 hrs: enciendo televisor y el computador.
  • 6:32 hrs: me levanto de la cama.
  • 6:35 hrs: coloco la tetera al fuego.
  • 6:36 hrs: me figuro con un cigarrillo en la cara, a oscuras en el jardín de atrás.
  • 6:40 hrs: me sirvo un café cargado en el tazón negro de cada día.
  • 6:42 hrs: Fumando un par de cigarrillos más, junto al café.
  • 7:00 hrs: preparo el desayuno de mi hija.
  • 7:20 hrs: tomo desayuno junto a mi hija.
  • 7:45 hrs: abro la puerta de la calle para que mi hija vaya al cole.
  • 8:00 hrs: leo el mensaje de mi hija avisando que llegó bien a la sala de clases, mientras estoy fumando un cigarrillo.
  • 8:15 hrs: tomo una ducha.
  • 8:30 hrs: vuelvo al computador.

De ahí en adelante, todo puede ser un misterio. Puedo trabajar, sí. Puedo escuchar música, también. Puedo recostarme unos minutos, tal vez… La verdad, tanta variación de las acciones e inacciones no hubo el día de hoy. Algo salió de algún lado, no sé.

Mientras, como mi décimo higo y comienzo a sentir la pesadez de los párpados que insisten en decirme que apague el compu.

Esta es la parte de la película donde una actriz secundaria debe respirar hondo

Estoy llegando al límite que existe entre el estar y el vacío de sentido. Casi diría que estoy lista para emprender el viaje.

Hoy ya he caminado lo que resisten mis pies; me obligué a salir para no mirarme al espejo.

Estoy frente al compu, una vez más, con la angustia sin nombre.

Nada, nada por estos lares que me detenga? Sí, yo misma.

En qué estoy ahora? Vomitando lo innominable.

De qué me salvaría la muerte? De nada, me digo, de nada.

Qué puedo (debo) escuchar ahora? Barro tal vez

Qué pasa si…?

La ampolleta de la cordura está intermitente; el dispositivo de la tranquilidad está a punto de estar irremediablemente fuera de servicio; y el madero necesita una seria mantención. Me duele la espalda que sostiene mi vitalidad; también las rodillas que levantan mi frente y las ojeras han cobrado el color de la nostalgia. Esta es la parte en que debo parar un poco la máquina… otra vez.

Hoy no fue un día feliz; las manos están torcidas, los ojos miran hacia el quiasma óptico, la calota insiste en golpear el techo y al talón de Aquiles le falta para sostener la musculatura que se necesita. La cabeza me da vuelas, afloró la pena insomne y ni el zolpidem me hiptoniza.

Qué pasó?

Pasa que si me quitan el aire, mientras estoy en reposo, la respiración se acorta hasta dejarme fuera de la órbita cotidiana. Pasa que si arranco a mil por hora ni el más cuerdo de los consejos puede hacerme comprender que necesito volver a caminar. Sí, me siento en plena carrera, medio desnuda, directo a las vías del metro. Escribir aquí no es más que un último intento por contenerme; ya no hay nada que pueda hacerlo.

La gran pregunta que me aflora, una vez más, es qué pasa si no alcanzan a detenerme, si no se asoma un abrazo que me alimente o no aparezca de la nada ese salvavidas que siempre llega. Qué si esta vez el reloj se detiene por completo y no hay reanimación que valga?

Si sólo pudiera tomar el vuelo para retroceder… pero creo que la carrera está a punto de terminar para mi.

Escribo y escribo, las despedidas son tan dispersas, tan efímeras al mismo tiempo. Cómo hacer para detener un instante el vacío que está justo frente a mi? Estoy escribiendo para detenerlo o al menos engañarlo, aunque sea por una nueva temporada, como siempre lo he hecho.

Enciendo el enésimo cigarro; estoy respirando, a como dé lugar.

 

Esta es la parte donde me reafirmo

Son ya las 1:44 am y me figuro desvelada.

Me acosté a las 10 pm, cansada pero contenta. Había comido justo antes de acostarme y, claro, sucedió que acabo de despertar, -como si fuera el mediodía-, de una pesadilla en la que aparecía mi hija.

Estábamos en una calle, oscura, esperando un taxi, porque sabemos que a esa hora no hay metro. La angustia propia del momento, se traspasó al despertar.

Tal vez, hay un miedo que anda por ahí, que se manifiesta a través del sueño, y que me ha dejado en un estado de vigilia en plena madrugada.

Estoy mirando a mi alrededor, bebiendo agua, y sólo noto que hay silencio. Nada, no hay nada de qué preocuparme.