Cocino que cocino, que el mundo sigue dando vueltas

El replicar de la cebolla morada en la manteca, el olor del tofu impregnado de estragón y cúrcuma, los pimientos danzantes junto al ajo pecaminoso en su olor, me están despertando… lo colores me alimentan hoy, año nuevo para muchos.

Desperté a sobresaltos, escondida entre las sábanas, mirando de reojo la pared y su límite con la calle. Nada, no tenía razones para descender de la cama, hasta que vi el reloj y su angustia por despertarme y ser lanzado hacia el otro extremo del dormitorio.

Y aquí estoy, esperando que las verduras terminen de dar vueltas de calor y al arroz de evaporar el excedente de agua en su piel.

Todo, pero todo me hizo sentido tras escuchar la voz de mi hija y sus manitas rodeando mi cuello. ¿Qué más puedo pedir? Sí, tal vez llevar a cabo la prórroga de fin de la estadía. ¿Hasta cuándo? Ni idea, sólo pondré los ojos en los quemadores y los olores que deambulan en mi ropa de cama.

Un día a la vez, me digo, un día a la vez.

 

Esta es la parte de la película donde miro las pequeñas grandes cosas

Despertar con la luna aún en el horizonte, beber agua, mis medicamentos, mis vitaminas, beber un tazón de café con un par de cigarrillos, preparar el desayuno de mi hija y acompañarla, tomar una ducha, re-fumarme un café, encender el compu, mirar y luego leer la agenda, re-fumar un café, mirar el compu, retomar las labores del día anterior (siempre que identifique en la agenda qué estaba haciendo el día de ayer), estirarme en la cama, re-fumarme un café, re-tomar las acciones que alcancé a planificar…

Mi rutina es tan simple como estructurada. Mis días pasan enteros o no pasan. Las mañanas se encuentran con la noche y se saludan al unísono; vaya que se saludan.

En este preciso momento estoy en el ejercicio de mirar lo que me conforma y reconforta. A veces me cuesta más de la cuenta, pero si hago el ejercicio de re-mirar y mirarme, puedo encontrar alguna explicación a mis vaivenes.

Ayer no pisaba muy bien y el día se fue en medio de mis artimañas para no trabajar de corrido; hoy el día ha sido más claro, con menos momentos violentando mi existencia.

Puedo decir, entonces, que mi día se vistió asumiendo que la noche aún no se iba, que la luna quiere ver al sol, aunque esté nublado, y que la sonrisa habita mi rostro hasta por el más mínimo aspaviento de la memoria (aunque viva entrecortada)

No es sencillo, cierto, pero si algo saco en limpio en este momento es que siempre tendré las manos llenas y que la puerta lateral que me acompaña a diario puede desdibujarse con un poco de realidad.

Plenilunio de abril

Hace un mes me figuraba frente al Atlántico divisando estrellas que no conocía, y a un claro de luna inundado de tamaño regalo, -a modo de tregua- que llegó a mi para quedarse. Sí, ese regalo sigue acá conmigo y es precisamente a lo que recurro en esta hora de desvelo para recordarme que a cualquier edad todo es posible.

Aún no logro desarmar este caos que me habita hace siglos, pero al menos estoy empezando a recordar cómo era eso de aceptar y crecer a pesar de todo.

Hoy fue un día casi sin sobresaltos. No pude trabajar, leer, ordenar y limpiar mi cuarto, cocinar, planchar, revisar la agenda, pero logré caminar y regalarme la vista del crepúsculo en mi ventana. ¿Qué más puedo pedirle a esta luna?

De las pérdidas

Caminar, cantando, una urbe desolada, justo al final del invierno, vivirá por siempre en mi recuerdo.

Guitarrear la canción valiente de la Violeta o algún disco ácrata de aquellos, no morirá tan fácilmente dentro de lo que conozco como memoria.

Descubrir las flores justo sobre mi almohada, una taza de café sembrada sobre mi brazo, de la mano de una silueta incondicional, seguirá siendo uno de los dibujos que se mantendrá en mi pared.

Bucear entre las nubes de la gran isla del Caribe, sembrar la semilla más poderosa de mi historia, estará entre las más inefables de las bendiciones.

Haber conocido la luna llena titilando sobre el Atlántico y tener en mi memoria el lecho de un río, dunas y rocas entre mis piernas, siempre será el mayor de los últimos regalos.

Y así, remembranzas más, remembranzas menos, les presento las pérdidas emocionales más significativas de mi vida.

Amanocheciendo de día

Mi mirada insomne se ha vuelto parte de los días. Cierto, he estado en vigilia por algún tiempo y la verdad me está costando permanecer en pie durante las horas que debo estar activa.

Tratando de identificar lo que pasa, creo que estoy en un estado en el que las energías me envuelven a como dé lugar; pero también las lágrimas pasajeras cobran mayor sentido, justo ahora en que me encuentro en medio de emociones que, sabe quién, me tienen atrapada. Sí, creo que estoy al borde de un vendaval.

Solo hace un par de días pensaba en las vías del metro; no veía salida por ningún otro lugar. Pero también tenía entre mis manos una carta bajo la manga: mi pacto para vivir escrito a cuello ahorcado, tirada en el suelo boca abajo, siendo trasladada a un siquiátrico.

Ese pacto surgió después de ese momento de vacío que me envolvió y convocó a salir por la puerta lateral del teatro para locos de Camus; ha sido la única puerta que me ha atraído con tal fuerza que no hay resistencia que pueda frenar el impulso.

Aquí debo decirlo con todas sus letras: soy una suicida potencial que tiene un pacto para vivir que se renueva a puro abrazo terapéutico. Ni las ideaciones ni los gestos suicidas han tenido el resultado que he buscado; tengo las manos cansadas de tanto parar el impulso, pero hasta ahora ha valido totalmente la pena.

Hoy amaneció de noche, con el cielo cubierto y con unos deseos de llover que tal vez intensifiquen la dosis de insomnio. Sin embargo, la luna insiste en estar fuera de los nubarrones y eso, verdaderamente eso, me tiene aún con el despertar a medio morir saltando.

¿Qué más da? Aún está el pacto y siempre tendré a la luna llena que me recuerde que la vida viene del color que más necesito. Un abrazo de aquellos en medio del mar me cubrió de esperanza y deseos de permanecer despierta día tras día.

Sí, volar a otra latitud significó un regalo, un bello regalo que espero no olvidar.

Siempre tendremos a la luna llena

Desde un cielo que se dibuja en otra latitud, me desvelo a pura contemplación del plenilunio de este último día de marzo. Mientras, una iglesia vigila impávida las ruedas que chillan contra el asfalto.

En medio de un abrazo solemne y lleno de bienvenida, me despido, por el momento, para re caminar los adoquines que insisten en no salir de mi memoria.

El avión que habitaré por un par de horas

Cobra sentido la palabra vida cada vez que despierto. Y es que aunque haya asomo de fantasmas y demonios, no hay como tener en las manos la manera de salir de ahí para eliminarlos de cuajo.

No se trata de una ingenua creencia, se trata de dejar que la voluntad y su sentido habite en nuestros pensamientos. Se trata de promover, de alguna manera, la soberanía sobre nuestros cuerpos y nuestra mente.

Nuestros cuerpos, porque dibujar colores con las mismas manos que en algún momento aprietan el cuello, simplemente sana, alimenta y al levantarlas, anuncian que algo bueno puede concretarse.

Nuestra mente, porque la cadena de células que la constituyen no son lo único que la definen. Hay algo más, mucho más que toda esa parafernalia que llaman memoria, concentración, inteligencia, o qué se yo.

Es así mi convencimiento, a puro electroshock, y los viejos medicamentos que fueron reemplazados por una terapia menos invasiva. Cierto, razones hay para desconfiar del origen de esas pildoritas, pero ya son parte de mi y mi existencia se ha hecho más llevadera desde que llegué a ese esquema de tratamiento.

Meditación, orden a través de una bitácora de mis días y laboral, lavar la cara, mirar el espejo de vez en cuando, caminar (sola o acompañada), hacer el amor aunque sea de tanto en tanto, y tantas otras pequeñas acciones, pueden alimentar el sentido y echar atrás la anhedonia (incapacidad de disfrutar) de los días.

Simplemente tomaré ese avión como un regalo merecido.