Dónde está la luna que no me avisó?

Si tuviera que pensar en una palabra para describir el estado de mis emociones hoy… tendría que ser compuesta por un neura-tranqui. Creo que alguna debe haber, pero en este momento no se me ocurre; aquello no me quita el sueño.

Han pasado los días como para detenerme un poco y mirar atrás, sin convertirme en sal. Esos días estuvieron del color más oscuro (mejor le digo ausencia de luz). Fue un viaje de aquellos que implica cruzar la puerta hacia lo que llamen el infierno. Ese que he visto tantas veces vestida de blanco. Mi hija visitó el lugar, a su manera, pero está acá, cerca de mi y con la entereza y esperanza intactas. Me cuesta hablar de ella aquí, pero es necesario.

Confieso que cuando me llamaron de su cole el pecho salió antes que mis pies. Corrí como no lo hacía en mucho tiempo… y ahí estaba, su cara y manos pidiéndome perdón, diciendo que nunca lo haría, que no me dejaría, que crea en ella, que no sabía por qué lo había hecho.

Uno de sus amigos lo notó y le avisó a la psicóloga del colegio, quien me llamó de inmediato. Mi hija había tomado uno de los medicamentos que alguna vez le dieron para su tratamiento contra la depresión, razón por la que el año pasado suspendió su asistencia a clases. En esta oportunidad guardó la caja en su mochila y fue rumbo a un lugar en el que estaría sola. Sin saber por qué, quería partir…

Un ángel, no sé ni cómo llamarlo, se le acercó. Era un alumno de otro curso. Alguien cuya madre fue asesinada por su pareja. Ese joven de 17 años, amigo de un chico que un sábado de 2017 tomó su vida a punta de bala, abrazó a mi hija y le recordó las lágrimas de la madre de quien partió una mañana… (perder la beca y su pena infinita habrían sido los gatilladores de esa no-decisión). Mi hija estuvo a punto de partir, una vez más a punto.

Al momento no supe qué hacer, solo abrazarla infinitamente, mirarla a los ojos y decirle que saldríamos de esta una vez más. Que podemos partir de cero, que lo que haya pasado, pasado está, que no estamos sola, que hay una fe que no debemos perder…  Después solo llamé al psicólogo para pedirle ayuda, necesitaba un cable a tierra; no soy de hierro y si se trata de mi hija no escatimo en bajar la cabeza y arrastrarme, si fuese necesario.

Ya han pasado algunos días; pasan volando las rosas y ahí está, junto a sus amigos, los de siempre, que la abrazan y levantan, una vez más. Desde ese día, se duplicaron las sesiones de terapia.

Y ¿qué tiene que ver la luna en todo esto? Que escribo mientras la busco en medio de las nubes que la cubren junto a la montaña.

Mis dos lunas

Día de días… Ya han pasado 5 desde la noche en la que casi rompo el pacto para vivir.

Y es que me brotaron de las manos días de lluvia y viento, explotándome en el cuello el dolor aquel que sentí la última vez que me llevaron al siquiátrico. Hoy puedo reconocerlo después de horas de auto-mirarme hacia adentro de mi.

Casi no crucé palabras con mi entorno. Nadie ni nada me habitaba ese día.

Hoy intento comprender y pesquisar el punto de partida que llevó a mis manos a confeccionar un lazo de esos que se aprietan fuerte hasta apagar cualquier sonrisa insistente, cualquier respiración, toda la energía vital.

Sí, hace 5 días tuve un gesto suicida; estaba vacía de contenido y apego. Nada, no había nada que pudiera sacarme… excepto la vida misma que se abrió paso, una vez más.

Vino como siempre el silencio, la luna que me vigilaba no alcanzó a convencerme de que la noche no sería la última de mi vida. Fue la otra luna, esa que se clava en medio de los ligamentos redondos de mi vientre lo que me hizo suspirar antes de depositar mi cuello dentro del espacio no vital de esa soga.

Recorrí los días, miré las horas. Rogué al cielo por una salida distinta y sí, me abracé con fuerza a la fe que aún después de todo perdura por estos lares.

Y aquí estoy… recorriendo con la mirada mi dormitorio, las fotografías, las rocas, los libros y cartas, divisando la sonrisa y manos de mi hija, el cansancio de mi abuela, la lucidez de mi madre, el desquicio de mi padre y, de paso, el vaso con agua que acabo de beber con los medicamentos que no he parado de tomar.

En este preciso momento solo quiero fijar una idea: no es solo un día a la vez, sino todos los días que he vivido y que siguen por vivir.