Soleados días de lluvia

Si tuviera que resumir en una palabra cómo he estado por estos días, diría enamorada. Sí, de ese amor del bueno, ese que me habita justo en medio del vendaval de los días, con o sin lluvia. Amando el día a día, las luces y la oscuridad, la locura circular y su cordura. Todo, simplemente todo lo que surja en medio de la ventolera.

Como no va a ser así. Me he levantado a diario a la hora que despierte, sea cual sea. Me sumerjo entre las almohadas en el momento que preciso y me animo incluso cuando los ánimos están que arden.

Desde esta cima, miro hacia atrás los cuartos blancos, teñidos de electricidad y batas blancas, las rejas de un cuarto poco iluminado y los pasillos interminables que conducían al panóptico ojo, que vigilaba sin disimulo los pasos de las internas.

Como no amar todo esto (incluso más), si el color de mis mejillas ya no cuentan con el amarillo violáceo de la mirada. Cierto, así y todo las cosas marchan de la mano con la mía y los días, nublados o no, aclaran mi porfía e insistencia en querer seguir con los pies en la masa del pan que me alimenta.

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