Puedo escribir y comer chocolate, a la vez

Es un lugar común decir que el chocolate es el mejor amigo de una mujer; claramente no lo creo así. Amigo no, ansiolítico sí (me digo mientras como el enésimo trozo).

Ayer fue día de terapia, de hablar del suicidio y mis intentos, de mis aventuras y aciertos, de política y desencantos (sí, puedo hablar y sentir bronca por muchas cosas, pero este no es el espacio que utilizo para ello).

Como decía, día en el que pasaron por mi mente imágenes de aquellas que resultan indiscutibles a la hora de recordar lo bien o mal que he hecho, según mi apreciación.

Recorrí algo de la infancia, el tratamiento electroconvulsivo, el doctorado y su abandono, los amantes y los sueños (ese que dice que espero un día en el que no tenga que renovar el pacto para vivir, que significa decirme a diario “hoy no me voy a matar”).

Reconozco que el cacao me alerta, anima y da cauce a los deseos fervientes por salir a caminar. Pero en este minuto, sólo quiero re-mirarme y decirme que hoy no voy a hacer eso que he tratado de hacer a lo largo de estos años.

 

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