Esta es la parte de la película donde miro las pequeñas grandes cosas

Despertar con la luna aún en el horizonte, beber agua, mis medicamentos, mis vitaminas, beber un tazón de café con un par de cigarrillos, preparar el desayuno de mi hija y acompañarla, tomar una ducha, re-fumarme un café, encender el compu, mirar y luego leer la agenda, re-fumar un café, mirar el compu, retomar las labores del día anterior (siempre que identifique en la agenda qué estaba haciendo el día de ayer), estirarme en la cama, re-fumarme un café, re-tomar las acciones que alcancé a planificar…

Mi rutina es tan simple como estructurada. Mis días pasan enteros o no pasan. Las mañanas se encuentran con la noche y se saludan al unísono; vaya que se saludan.

En este preciso momento estoy en el ejercicio de mirar lo que me conforma y reconforta. A veces me cuesta más de la cuenta, pero si hago el ejercicio de re-mirar y mirarme, puedo encontrar alguna explicación a mis vaivenes.

Ayer no pisaba muy bien y el día se fue en medio de mis artimañas para no trabajar de corrido; hoy el día ha sido más claro, con menos momentos violentando mi existencia.

Puedo decir, entonces, que mi día se vistió asumiendo que la noche aún no se iba, que la luna quiere ver al sol, aunque esté nublado, y que la sonrisa habita mi rostro hasta por el más mínimo aspaviento de la memoria (aunque viva entrecortada)

No es sencillo, cierto, pero si algo saco en limpio en este momento es que siempre tendré las manos llenas y que la puerta lateral que me acompaña a diario puede desdibujarse con un poco de realidad.