Cuando tengo pena, canto

Lo he dicho cientos de veces: cuando alguien toma su vida, algo de mi también se muere…

Hace un par de días, un joven alumno del colegio de mi hija tomó un arma y la puso en su sien. Tenía 16 años. Una supuesta baja de calificaciones, sumado a un estado desconocido por mi, lo llevaron a tomar la decisión de salir por la puerta lateral.

Ese día tocaba la entrevista personalizada con la profesora. Su madre esperaba el turno, mientras a su alrededor había, a la vez, nerviosismo y tranquilidad. Un llamado la hizo estallar… el colegio se remeció. Los niños y niñas que habían ido, corrieron a ver qué sucedía. Era su hijo, a quien había dejado por la mañana en el desayuno; quién sabe cuáles fueron sus últimas palabras.

Ahora, el sentir generalizado de quienes somos parte cómplice de la angustia que genera el estrés por las calificaciones es de temor, ese miedo que inunda cuando no sabemos si nuestros cachorros están visitando el lugar de la melancolía; bien lo sé, mi hija estuvo en ese espacio.

Ella acumuló años de abandono y pena por una madre que solo sabía entrar y salir de prolongados ingresos en recintos siquiátricos. Sí, me hago parte de la responsabilidad que cabe en su angustia. Cierto que también se sumó el bulling, pero creo que eso también fue a raíz de su vulnerable estado, derivado de todos los episodios que vivenció junto a mi.

Desde pequeña le transmití que si alguna vez tenía pena, cantara, si la pena aumentaba, cantara y bailara; ella no siempre pudo hacerlo. Enmudeció y lloró en silencio a diario, mientras yo me perdía en el horizonte del apego.

La muerte de su compañero de escuela me removió más de lo que puedo comprender, mas aún cuando mi hija, quien recuperó el habla, retornó a mis abrazos y el consuelo; abrazos que ahogan el dolor de haber perdido a quien compartía el aislamiento y la desesperanza.

Estoy alerta y adolorida; perdí navidades y años nuevos por estar en medio de cátodos y píldoras que trataban de hacerme volver, no sé bien a dónde, pero volver.

Hoy, junto a mi hija transitamos del dolor y el vacío a un estado de búsqueda de la tranquilidad. Está con terapia psicológica hace varios meses.  Llegó ahí después de un par de intentos de suicidio, desconocidos por mi, hasta que estalló una y otra vez en llanto en medio del recreo escolar. Así, aprendemos a diario a reencontrarnos en el abrazo más verdadero que conocemos, en el sentido más claro y la esperanza más intacta. Es cierto que aún me sobran los vaivenes y es usual la arremetida de la melancólica efervescencia, pero sigo aquí, condición que hace poco tiempo era impensada.

Son estas cosas las que me traen al presente, me sostienen y arremeten contra el vacío de sentido que me habita de vez en cuando. Entonces, a renovar el pacto para vivir una vez más, que los motivos están más que a la vista.

 

 

 

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