Plenilunio de abril

Hace un mes me figuraba frente al Atlántico divisando estrellas que no conocía, y a un claro de luna inundado de tamaño regalo, -a modo de tregua- que llegó a mi para quedarse. Sí, ese regalo sigue acá conmigo y es precisamente a lo que recurro en esta hora de desvelo para recordarme que a cualquier edad todo es posible.

Aún no logro desarmar este caos que me habita hace siglos, pero al menos estoy empezando a recordar cómo era eso de aceptar y crecer a pesar de todo.

Hoy fue un día casi sin sobresaltos. No pude trabajar, leer, ordenar y limpiar mi cuarto, cocinar, planchar, revisar la agenda, pero logré caminar y regalarme la vista del crepúsculo en mi ventana. ¿Qué más puedo pedirle a esta luna?

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