Para que no se me olvide

Desde que tengo memoria, o al menos cada vez que tengo consciencia de lo que pasa, las canciones y el cantar surten un efecto mágico; también las caminatas, los abrazos terapéuticos y las nueces. Hoy fue un día de canto, simplemente porque así se expresó mi vitalidad. Eso, nada fuera de lo corriente, solo cantar y seguir aferrada a mis pensamientos neutralizadores de cualquier vaivén que viene.

No todo fue claro como lo describo en el párrafo anterior. La necesidad de cantar se debió a la rapidez con que avanzan las ideas; no hace falta aquí explicar de qué ideas se trata. Como sea, hubo un momento en que la ansiedad vino a habitar temporalmente el pecho. Nada particular, no mucho que discutirle al día, excepto que el laborar se me hizo cuesta arriba. No pude (quise) evitar recordar.

Durante el  2011, año que aún cursaba un doctorado, los días venían almacenando el germen de la manía. Sí, ese año me la pasé entre dos países y dos amantes. También falleció una compañera de ruta y, casi al finalizar el año, me figuraba encerrada y contenida por haber tenido mi cuello en estado de oscilación. Ese año fue el último de los ingresos al siquiátrico. Desde entonces, renuevo a diario el pacto para vivir.

Hoy me propuse recordarlo, a modo de mirarme al espejo y ver cómo el tiempo, el madero y las nueces han tenido efecto sobre lo que finalmente hoy me habita: vida.

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