Anhelando el puerto

Puedo hablar de los vaivenes, las pérdidas, las canciones apropiadas por mi y de las nueces para la pena. Pero de lo que no estoy en condiciones de hablar es de los espacios en los que fui capaz de habitar en paz. Hoy me propuse hacerlo, como un ejercicio de memoria un poco tardía, a modo de auto regalo.

Era 1990, justo en el mes de enero, cuando llegaba a mis 17 años recién cumplidos a preparar el inicio de mi primer año en la universidad. Nunca pensé que sería el primero de 4, pero bue.

Mi pelo cubría la espalda y mis incipientes anteojos solían resbalar de mi nariz. Usaba un morral que colgaba hasta mis rodillas; regalo de una de mis compañeras de ruta. Colgaban de mis orejas sendos aros y pulseras en macramé, mientras vestía polleras largas y camisas hechas de saco de harina. Sí, era toda una “lana”.

Me encontré con una facultad atestada de personas que se abrazaban y besaban; fumaban porros y bebían vino de una caja de cartón. También había quienes miraban de reojo, como tratando de poner de manifiesto su indiferente “inteligencia”. Era un verdadero saco de animales exóticos.

Pronto me quedé pegada con la laguna que nos miraba desde abajo de la colina en la que estaban las aulas. Los árboles que la rodeaban apenas dejaban tiempo a la imaginación.

Justo al frente estaba el “Blue Bar”, pronto el lugar que me acogería a diario junto a quienes fui conociendo. De ahí me sacaron en andas en más de una ocasión, para depositarme sobre el césped de la facultad. Solía despertar con algún amigo que me untaba agua en la frente mientras me tocaba con la botella de un jugo de naranja, como tanto me gustaba.

Los días venían del color que querían; las nubes como ciruelas en invierno me cobijaban como nada lo hizo en la vida. Que lluvia más impensable.

Como sea, vivía en el puerto de Valparaíso. Mirando la bahía, sentí el viento que poblaba los cerros y la pobreza de colores que colgaban de ellos. En ese momento, sólo veía la belleza de las calles enredadas y la luna que se alimentaba de las aguas del pacífico. Pancho, le llaman, porque cuando los marinos van llegando desde mar adentro lo primero que supuestamente ven es la iglesia de San Francisco.

Sí, en ese reducto de este largo y angosto país simplemente aprendí a dibujar el amor.

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