Plenilunio de abril

Hace un mes me figuraba frente al Atlántico divisando estrellas que no conocía, y a un claro de luna inundado de tamaño regalo, -a modo de tregua- que llegó a mi para quedarse. Sí, ese regalo sigue acá conmigo y es precisamente a lo que recurro en esta hora de desvelo para recordarme que a cualquier edad todo es posible.

Aún no logro desarmar este caos que me habita hace siglos, pero al menos estoy empezando a recordar cómo era eso de aceptar y crecer a pesar de todo.

Hoy fue un día casi sin sobresaltos. No pude trabajar, leer, ordenar y limpiar mi cuarto, cocinar, planchar, revisar la agenda, pero logré caminar y regalarme la vista del crepúsculo en mi ventana. ¿Qué más puedo pedirle a esta luna?

De nuevo aquí

Si despierto es porque vivo, me dije esta mañana con frío. Y es que cuando miro de reojo el ventanal que está en mi cabecera no puedo dejar de mirar al pasado de los días.

Salir de un cuarto claro lleno de otras pacientes que esperan el vaso con agua, con las manos extendidas para el mismo ritual, es casi lo mismo que salir a la autopista a ver si algún carro de bomberos, que va rumbo a apagar un incendio, me lleve a mi también.

El ejercicio de escribir estas palabras sin ningún propósito que no sea el cambiar las lágrimas o la algarabía por un poco de serenidad, es un paso pequeño para salir de este vendaval, tal vez no el primero ni el último, pero con un alto al fuego, -que más parece tregua-, que me consuela por el tiempo que fuere.

Ahora me figuro quieta, haciendo un esfuerzo por escribir aquí. Deletreando las palabras en la cabeza – literalmente – para teclear y plasmar lo que sea en estas líneas. Ya sé que si no lo hago, me pierdo en la memoria.

¿Qué pasó el otro día? Pasó que mis oídos estallaron, mi cuerpo temblaba de frío y se acunaba en el suelo a la espera de que pasara la ventolera, el vendaval, el río lleno de piedras, basura y todo lo que me empujaba hacia la desembocadura.

Esta vez fue rápida la llegada del vacío. Me dijeron que quedé en medio de la nada, gritando a las tempestades y sus gigantes asociados. Me mordí hasta el cansancio, nada, no había nada, pero ahí estaban mi lucha y mi quietud. Me recuerda el día en que me descubrieron descalza caminando por la autopista sin dirección conocida ni siquiera por mi.

No sé si estoy medio enloqueciendo o qué, no lo creo en el fondo, pero siento que la desconexión con los días se hace cada vez más frecuente. No sé hasta dónde voy a ir a parar; esta separación entre lo real y lo iluso me tiene con las ansias ad portas de entrar por cualquier rendija y a la circularidad de mis emociones a punto de estallar.

Me obligo a escuchar a Piazzola para alivianar la siempre mal venida culpa que emerge cada vez que lanzo un misil justo al medio de los espacios. Me invento que hay paz dentro de estas ideas que no alcanzo a digerir.

Aferrada al último recurso

Por estos días la vida se me ha hecho cuesta arriba; como suele sucederle a todo el mundo. Hoy día, 20 de abril de 2018, siento que he renovado mi pacto para vivir; la voluntad y el sentido están de vuelta.

Haber sido candidata a un nuevo ingreso constituyó un poderoso catalizador de emociones de múltiples colores. Estar separada de mi hija no tiene palabras que den cuenta del dolor y vacío que emerge.

Ahora, con el corazón entre las manos, lo deposito en sus manos junto al sentido que tiene estar aquí, viva, cansada, pero viva.

Gracias, gracias y mil de miles gracias.

Noche de pedir ayuda

Anoche me dormí temprano, había tomado un SOS, tal como me había prescrito la siquiatra. Apagué celular, guardé cuadernos, apagué el compu y me puse el pijama. Pero casi medianoche desperté con ruidos en mis oídos; eran esas cosas que no venían hace tiempo. Pronto vinieron las ideas y sentimientos que convocaban a la muerte.

Mi hija, mi hija, me dije apretando las sábanas. No pude, simplemente no pude sostenerme, tal como suelo hacerlo.

Después de un tiempo indeterminado en que gritaba para que no me llevasen las ideas, llamé a mi madre pidiéndole ayuda. Dormí con ella y mi hija cerca.

Por la tarde tendré otra opinión. No quiero estar interna, esto no me la puede ganar.

Un día a la vez; un segundo a la vez.

Esta es la parte de la película donde una actriz secundaria debe respirar hondo

Estoy llegando al límite que existe entre el estar y el vacío de sentido. Casi diría que estoy lista para emprender el viaje.

Hoy ya he caminado lo que resisten mis pies; me obligué a salir para no mirarme al espejo.

Estoy frente al compu, una vez más, con la angustia sin nombre.

Nada, nada por estos lares que me detenga? Sí, yo misma.

En qué estoy ahora? Vomitando lo innominable.

De qué me salvaría la muerte? De nada, me digo, de nada.

Qué puedo (debo) escuchar ahora? Barro tal vez

La furia, la bendita furia y sus consecuencias

Es así, cada vez que me habita el enojo dejo una estela de pérdidas y abandono. Ayer no fue la excepción; mandé a la mierda a medio mundo y me quedé sentada mirando el espejo a ver si veía algún rastro de humanidad en mi. Todavía lo estoy buscando.