El avión que habitaré por un par de horas

Cobra sentido la palabra vida cada vez que despierto. Y es que aunque haya asomo de fantasmas y demonios, no hay como tener en las manos la manera de salir de ahí para eliminarlos de cuajo.

No se trata de una ingenua creencia, se trata de dejar que la voluntad y su sentido habite en nuestros pensamientos. Se trata de promover, de alguna manera, la soberanía sobre nuestros cuerpos y nuestra mente.

Nuestros cuerpos, porque dibujar colores con las mismas manos que en algún momento aprietan el cuello, simplemente sana, alimenta y al levantarlas, anuncian que algo bueno puede concretarse.

Nuestra mente, porque la cadena de células que la constituyen no son lo único que la definen. Hay algo más, mucho más que toda esa parafernalia que llaman memoria, concentración, inteligencia, o qué se yo.

Es así mi convencimiento, a puro electroshock, y los viejos medicamentos que fueron reemplazados por una terapia menos invasiva. Cierto, razones hay para desconfiar del origen de esas pildoritas, pero ya son parte de mi y mi existencia se ha hecho más llevadera desde que llegué a ese esquema de tratamiento.

Meditación, orden a través de una bitácora de mis días y laboral, lavar la cara, mirar el espejo de vez en cuando, caminar (sola o acompañada), hacer el amor aunque sea de tanto en tanto, y tantas otras pequeñas acciones, pueden alimentar el sentido y echar atrás la anhedonia (incapacidad de disfrutar) de los días.

Simplemente tomaré ese avión como un regalo merecido.

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