Me apropio siempre de la frase: cada día tiene su afán

Puede que sea debido a  mi obsesiva y compulsiva forma de ser, pero no hay día en que no monitoreo mis emociones. Y es que cuando no lo hago, se me van los días tratando de resolver enredos que ni en mi peor momento puedo hacer.

Hoy no es la excepción; estoy en eso, tratando de identificar qué es lo que pasa por estos lares. Cuando no me da, simplemente me repito “un día a la vez”. Sí, he llegado a la convicción de que este pacto para vivir, que hice en 2011, se renueva día a día por puro amor a la vida, y todo lo que me rodea, porque he aprendido a tomar las cosas como si fueran del color que necesito.

Cierto que viene la subida de la marea de vez en cuando, puede que me habite la circularidad del enredo o las inmensas ganas de correr sin dirección alguna. Sin embargo, siempre, al menos desde 2011, me he detenido antes del acantilado.

Este día siento paz. Tengo todo lo que necesito. Vivo un día a la vez. Todo me hace sentido. Puedo escribir sin que me tiriten las manos o sin que caigan lágrimas sobre el teclado del compu. ¿Cómo es posible? Tengo la fortuna de decidir, contra viento y marea, si doy un paso adelante o atrás. El resto (bitácora laboral, sueño completo al menos 3 días a la semana, estar amando, etc.), viene por añadidura.

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