Sin prisa, pero sin pausa

Recorriendo las calles de Santiago, me traslado de un viaje hacia el puerto de Valparaíso. Sus adoquines y calles dibujadas por un ángel borracho y todas esas historias que hacen de este puerto el espacio de mi redención por excelencia. Sí, ya lo he dicho antes, fue en este puerto donde crecí hasta estallar en lágrimas y espanto; donde descubrí lo que todavía insisto en llamar amor y donde me alimenté de la yerba madrugadora.

Hoy piso las calles de Santiago, pero para recorrer la urbana humanidad de la manada. Tranquila, permanentemente a mi propia sombra, mis propias circunstancias, mis propios insultos. Siento que voy a paso firme, sin dejar de mirar en todas direcciones; sin desanimar la caminata ante la melancolía circular o el desborde de mis emociones.

Ya no me enojo con mis cavilaciones, ni insisto en la autoflagelación. Sólo me alimento a diario de mis vitaminas y las caricias del viento en mi cara. Por eso recuerdo a Valparaíso, por su lluvia de otoño y viento eterno.

Valpo