Historias de siquiátrico I

Ella cumplía 40 años. Vestía un camisón, peinaba su pelo con una peineta con forma de manos y caminaba de un lado a otro como buscándose a sí misma.

El resto de las internas figuraba al alero del único árbol que había en el recinto, mientras tramaban el momento exacto en que se abalanzarían sobre ella para darle la bienvenida a las correspondientes vueltas al sol de su vida.

Sin embargo, ella fue abrazada por un chaleco de esos de brazos prolongados; no había soportado la presencia de la soledad en ese día lleno de lluvia, como hoy.

A tientas, llegaron a la sala en que estaba depositada como un bulto flácido, abrieron la puerta, girando lentamente el picaporte, hasta toparse de frente con sus ojos sin más vida que las pestañas entumecidas.

Levanté los ojos y el resto de las manos me tomaron en vilo, hasta llevarme al pasillo y despertar en un sordo grito…

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