De mi autocontrol y su pérdida

“Debes aprender a cuidarte” me decía la siquiatra una y otra vez mientras yo la miraba y asentía con la cabeza y los dedos de las manos. Debo aprender a decir no, me repito ahora.

Autocontrolarme, palabra que entra y sale de mi diccionario, es una de las tareas que me he propuesto y me sigo proponiendo día a día. Pero de vez en cuando termino cediendo a la compulsión de mis instintos, de mis delirios.

(Ahora escucho un concierto en vivo de Zbigniew Preiser.)

Se me sube a la cabeza y los ánimos se apaciguan. Es lo que necesito ahora después de haber vivido la luna llena de manera desenfrenada. Ya sé que teníamos un acuerdo con mi pareja, pero es que me dejé y abandoné durante horas a unas cuantas copas de vino tinto.

Vi el amanecer caminando por entre los cerros del lugar que habita una parte de mi corazón, de la mano del amor de mi vida que me aguantó estoicamente, mientras lloraba desconsoladamente por alguien que planeaba su autodestrucción. ¿Qué fue eso? Me perdí, ya no sé ni cómo describirme en este instante.

Ahora no tengo sueño.

Me estoy desvelando.

Me obligaré a dormir, sin recurrir a un zolpidem.

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