Lo que hago para salir de la cama

Luz y más luz entraba por el ventanal, y yo figuraba recostada en posición fetal, sin el menor ánimo de poner un pie fuera de la cama. Nada tenía sentido, ni el inhalador de mi hija, ni el trabajo por hacer, ni el sol que está allá afuera.

Tuvo que llegar ella, mi niña, hasta mis pies para comenzar a sentir cierto ánimo por salir de ahí, pero no fue suficiente. Así que comencé a hacer un recorrido tipo chequeo de cómo estaba en ese minuto, y la verdad, no me sentía tan mal como para seguir ahí en la cama. Me levanté, no por obligación, sino como un cable a tierra. Estar en la cama me hace pensar y pensar, o simplemente deshacerme de todo sentido de seguir en pie.

Como sea, puse los pies en el suelo, uno a uno, me incorporé lentamente, esperé un rato sentada en el borde de la cama y me dije “vamos que es otro día que hay que vivir”. Y aquí estoy, frente al compu, tras una ducha fría, con un vaso de agua, y con algo de cansancio en los hombros.

Debo reconocer que quiero volver a la cama, pero salpicándome agua en la cara, mirando a mi hija y el futuro que estoy forjando, me da la fuerza para salir de mi cuarto a mirar un poco el sol.

Nada como el agua para despertar.

Un abrazo a quien me lee.

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