La vida es cuesta arriba, pero el paisaje puede ser bello

Si me dan a elegir entre volver la vista atrás y cambiar los momentos, previos al diagnóstico, en que dejé esparcido por ahí lo peor de mi; y concentrarme en lo que viene de aquí en adelante, la verdad, no lo dudaría, me quedo con el presente. Por cierto, no es una decisión que haya tomado a buenas y primeras; hizo falta mucho amor por lo que tengo y me hace vivir.

He asumido que el tratamiento hace sólo una parte de la autoprotección frente a posibles vaivenes; es una herramienta más, claramente no de curación pero si de mantención de mis estados dentro de rangos aceptables para mi expresión vital. Ya he intentado vivir sin medicamentos, experimentando terapias de diverso tipo; pero como siempre digo, si quiero vivir en el cemento de la ciudad, con todas las tensiones que ello implica, no queda de otra que tomarlo como un elemento más para vivir, aunque implique someterme a la industria farmacéutica.

No obstante, no es lo único que me mantiene aquí. Si de algo estoy segura es que aún me queda por vivir, por hacer, sentir, por crear. Estar presente en el mundo no es fácil, siento, pero en el trayecto también podemos ir sembrando semillas que emergen como bálsamo para nuestros días y de los que amamos. Así, ser madre, mujer y todos los adjetivos que pueda utilizar para decir quién soy, se ha configurado como el mayor sentido para mi existencia.

Insisto mucho en decir que podemos vivir de diferentes maneras en el mundo, pero yo he optado por ser feliz como una prioridad. Cierto que en el camino experimento cambios, ¿quién no?. Cierto que los virajes están presentes de vez en cuando, pero al menos tiendo a tener la certeza del punto exacto en el que esto ocurre y cómo enfrentarlo.

Mi estrategia es muy simple. Por ejemplo, hasta hace algunos días, experimenté durante una semana una subida leve -combinada con esa lloradera tan llena de pena-, de esas que requieren atención urgente, de lo contrario, amerita medidas más fuertes y alejadas de mi voluntad. Estuve sobre excitada, no dormía, quería beber y beber. Inventé una realidad paralela en la que podría canalizar toda esa energía. Liberar esa energía me puso en el límite. Bueno, la reducción de los antidepresivos, fue una de las salidas; pero otra fue afirmarme con mis brazos durante unas horas y respirar lento, reducir el movimiento a la mínima expresión. Dejar de lado las actividades que me demandaban tiempo y sobre todo hacer el esfuerzo por ordenar mis cosas, tanto materiales como las ideas que brotaban en todas direcciones, por eso no paré de escribir aquí. No fue fácil; nunca lo es. Terminé agotadísima, pero mirando lo que pasó, me di cuenta de que pude dentro de todo controlar la expansión de esa energía hacia el hogar donde vivo. No expuse a mi hija, que es lo primordial, y lo que siempre incurro cada vez que tengo esas salidas de madre. Bueno, pues lo hice; ya tengo demasiada experiencia en el manejo de mis actos, incluso cuando estos se movilizan como si no hubiera timón que los controle.

La táctica, es actuar con precaución, es andar con pies de plomo, es cantar en voz baja a la luz de melodías de bajos decibeles. Después de todo, nunca está todo perdido, siempre hay una ventanita por donde entra el viento que seca las lágrimas.

Un abrazo a quien me lee.

Claudia

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