Día de otoño, día de siquiatra

Hoy me tomó trabajo poner los pies fuera de la cama. Lo hice con desgano, tenía frío.

Con los pies, eché atrás las sábanas y frazadas, quité las almohadas de mi cabeza, estiré los brazos y piernas, y bostecé. Guardé la linterna que mantengo sobre el velador en caso de que la luz se corte, y los pañuelos desechables que suelo utilizar mientras duermo, y no sé cómo. Una hora antes ya había apagado la alarma del celular a la que no le hice caso.

En la puerta estaba mi hija, quien encendía y apagaba la luz para despertarme. La miré con los ojos entreabiertos y me animé. “¡Qué va!”, me dije, “ya empezó el día”.

Después del desayuno tuve que resolver el lavado de la loza. La llave de la cocina estaba mala y sólo podía lavar trayendo agua del patio, una y otra vez.

Estaba ansiosa, vería a la siquiatra y sólo quería darle buenas noticias para que no cambiara el esquema de mi tratamiento… una vez más.

Llegué apurada. Había salido tarde de la casa por los contratiempos domésticos y todo eso. Pero llegué.

Miré a otros pacientes que esperaban. La mayoría con sueño, los pies inquietos, las manos nerviosas, las espaldas encorvadas y las retinas perdidas por ahí. No era la única, me dije.

No esperé mucho tiempo. La siquiatra se había desocupado a tiempo para atenderme. Me sonrió y sin dejar de verme a los ojos preguntó “¿cómo estás?”.  Esa es la pregunta de entrada. Siempre es así. ¿Qué le iba a decir?.

A estas alturas ella es una de mis mejores escuchas. Cuando me habla me mira a los ojos gran parte del tiempo. Cuando escucha alguna tontera de mi parte, sonríe con calma, y si digo alguna barbaridad de esas que dejan con los pelos de punta, se pone a escribir rápido frente al computador. Hoy fue así.

Con mucha calma, controlando mi lenguaje corporal, le dije que hoy me sentía bien, tranquila y todo eso que me gusta decir en medio de un ciclaje mixto. “Estás mixta, tú lo sabes”. “Sí”, le dije. Cómo le iba a decir lo contrario.

Ahí me regaló aripiprazol para mi botiquín y me hizo una receta que no varió sustantivamente.

Debo reducir el estrés, dormir más, y evitar a toda costa beber alcóhol. Tan claro lo tengo, que me animo a no ponerlo en práctica de vez en cuando.

Una vez que llegué a mi casa, me cambié de ropa, me tiré en la cama y me puse a pensar en lo que venía para adelante. No es tan mala la cosa. Hace tiempo que me resigno a pasar por estas fases que lo mismo me aletargan, que me dejan en el cielo. Esta combinación entre depresión e hipomanía es agotadora. Me duele el cuerpo y no sé si dormir o quedarme quieta frente al escritorio. Suelo optar por esto último. La verdad la cama no me convoca de buenas a primeras.

Ahora son las 9 pm. No tengo muy claro qué voy a hacer en un rato. Sólo sé que por la mañana tendré a mi hija en el umbral de la puerta de mi dormitorio y yo ya estaré en pie, simplemente porque así me lo propongo.

Ahora tomaré un zolpidem. Necesito recuperar el sueño que no se puede recuperar. En fin.

Hoy fue un día en que sonreí en más de una oportunidad y eso para mi es un regalo.

Bendiciones a quien me lee.

Clau

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