Desde el diván

Anoche se me cayeron los ojos de tanto llorar mirando las fotos en que mi hija y yo posábamos en esos días de su pequeña infancia. No paraba de preguntarme por el dolor que ella ha sentido cada vez que he sido ingresada. Culpa, culpa y más culpa.

Me la imaginaba con el teléfono en sus manitas, insistente a la espera de que hubiera tono de espera y no de línea ocupada. Del otro lado estaba yo, en una interminable fila de pacientes que buscaban lo mismo: comunicarse con los suyos.

Alguien me comentó que una vez no alcanzó a llamar dentro del rango de tiempo. Se encerró en el baño a llorar interminablemente. Y yo del otro lado hice lo mismo.

Anoche creo haber dimensionado el fuerte impacto que ha tenido en la vida de mi niña las crisis que me han acompañado a lo largo de estos últimos 10 años, casi toda su vida. Me sabe a cruda la historia.

Ahora me pregunto, por qué fastidiarme con ese recuerdo. La verdad es mi modo de hacer las cosas: hacerme pedazos para luego reconstruirme. Y ahora mismo estoy en ese intento.

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