El afán de cada día

Ayer me las aguanté como pude. Busqué canciones, fotos, poemas, relatos, comida, velas, piedras, cigarrillos, ansiolíticos, lo que fuera. 

Creo en todas las vías para salir de los estados esos que te hacen estallar, sin recurrir a soluciones definitivas. Para qué me voy a engañar, a veces vienen a mi cabeza. Si, me refiero a las ideaciones suicidas. Ayer fue uno de esos días de mierda en que la cabeza lo mismo se llenaba que se vaciaba de contenido. Vacío. Silencio. Desespero. Angustia. Silencio. Dolor. Vacío. Caída en picada. Subida. Llanto fugaz. Llanto sin pausa… Y ahí estaba la insulina de mi abuela.

Ayer me tomé un tiempo para maldecir sin salir corriendo a ningún lado. Me encerré en mi cuarto para no abrir la boca delante de nadie. Para que amargarle a vida a otros si puedo hacerlo a mi misma y sin heridos. No, siempre habrá heridos y eso es lo que me ha frenado.

Hoy. Hoy estoy. Estoy aquí, con vida. Aferrándome a la idea de que cada día tiene su afán. Lo de ayer fue una lucha con gigantes despiadados, los míos. Hoy quiero que sea un día de búsqueda de paz, de esperanza. Hay tanto por vivir y por hacer. El dolor. Y el dolor puede irse a la reverenda cresta de la loma.

Bendiciones a quienes me leen.

Clau

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