Para qué quejarme

Si puedo levantarme por la mañana con un café en una mano y un cigarrillo en la otra, mientras miro la cordillera que se asoma por entre los árboles que cubren mi casa, creo que es suficiente para empezar el día con una sonrisa en la cara y con un movimiento sutil de mi cuello inclinado sobre un libro llena de disfrute.

Ayer fue un día muy de esos que yo llamo moledera. La verdad anduve por los caminos del pesimismo y la ligereza de palabras que aludían a un estado de pesar. Mi demencia, como le dice mi mamá, es la que me ha permitido el encuentro con mi propia interioridad y la verdad me lo banco de todas las maneras posibles. No es malo desear un poco de claridad entre tanta duda de ser, como no es malo desear que algún día no tenga que levantarme de la cama, coger las píldoras, enderezarme para enfrentar el nuevo día y retomar mis tareas con la pasividad del que quiere estar en paz.

Quiero un poco de paz entre medio de tanto oleaje. Mi oscilaciones me vuelven una idiota, lo sé. Pero también quiero un poco de autocomprensión en esta manera de ver las cosas. Qué me hace distinta, que me hace desear tantas veces la misma paz que curso muy de vez en cuando, especialmente cuando he bajado de la cima de la montaña de recuerdos que me hieren con sólo traerlos al presente. Siento que soy distinta en relación con la normalidad que me muestras mis conocidos que toman las cosas así de manera llana, sin cuestionar si hicieron bien o mal, simplemente las hicieron y no hay vuelta atrás. Para mi no. Siempre hay vuelta atrás, una y otra vez.

Como ahora, que regreso a un día de invierno, escondida en un armario mientras las voces que suelen acompañarme me decían que me ocultara de los gritos y chillidos de alguien que estaba furioso, me siento a la espera de un nuevo acontecimiento de enfrentamiento con la ruda realidad. Digo voces, no en el sentido de una sicosis que, bueno, creo que no tengo, sino voces de mi interior, mis propios y controlables pensamientos que se me escapan de la realidad, pero que me dan el sustento emocional cuando no hay nadie alrededor, es decir, casi siempre. Repito, nadie, pero ese nadie de adentro, de afuera, de todos lados. Así, como en otras ocasiones, me siento escindida de la realidad común a otros. Pero, para que quejarme si eso me vuelve más fuerte.

2 Replies to “Para qué quejarme”

  1. Como te entiendo apreciada Claudia. Que malo es estar en lo más alto o en lo más bajo. Y no hay cuerda que valga para que te saque de ahí, tiene que ser una misma arañándose uñas y dientes…
    Quisiera que nos propusieramos algo, tú y yo. Pasear por las tardes, aunque sea una hora. Cada día por el mismo camino u otro. Según el nivel de aburrimiento o vagancia.
    Quisiera también que confiaras más en tí que en la medicación.
    Yo, a años luz desde que comencé a medicarme, y también días, meses y años en psicoterapia.
    Si ha servido todo esto, pero con los años, con la madurez y la claridad de mis días, me he dado cuenta que he sido yo, la que más ha luchado, tal vez ya sea en mi caso, golosinas la medicación. Y tal vez esto me ha hecho ver que yo ante todo, YO soy la que pongo de mi parte.
    La medicación anula, pero ayuda. A mi ahora sólo me anula, porque creo que no me ayuda. Ya que al final me voy a volver una yonki del pastilleo.
    2 años ya tomando seroquel gorongile!!!jeje

    Un besazo de Aterciopelada.

    1. Aterciopelada, que palabras! Si, yo creo en la propia voluntad de sentido y de poder. También creo que me hace falta parar la tristeza y la manía a puro tranco, aplanando calles o por último encaramándome a los árboles. Caminenos, si, de todas maneras.
      Llevo desde el 2006 los medicamentos en mi cartera y a estas alturas, la pucha que me aburren. Y los electroshock, vaya, si que me dejaron la mayor de las molederas, pero un poco de memoria menos no me hizo tanto mal. Aún me lo banco. Un besote. Claudia

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