Septiembre mes de mi patria para bien y para mal

Después del primer cambio de casa, mis días se transformaron en noches de insomnio, en discos rotos, en libros quemados, en abrazos de idas y venidas, de ires y venires a otras provincias en una camioneta blanca.

Busqué compañía en mis muñecos (los pocos que quedaron) y en los sueños en vigilia. Caminé descalza porque vi niños y niñas así, sin zapatos, corriendo, como lo hicieron mis padres alguna vez. Me vestí de pantalones ocultando mi femeneidad. Así me vestían, con camisas a cuadros y el pelo corto. Habrán deseado tener un niño? Me preguntaba de vez en cuando. Si vestía una pollera bailaba cueca entre los arbustos y jugaba al volantín con una mano agarrada al cordel y la otra tomando un algodón de azúcar.

Septiembre era siempre invierno. La primavera no llegaba nunca. Se hacía a un lado para dejar pasar la lluvia que mojaba a quienes seguían bailando cueca, cumbia y cha cha chá.

Qué días aquellos. Raro era para mi ver a uno de mis abuelos con la sonrisa en los labios mientras la bandera ondeaba al viento y se oía el redoble de tambores; y al otro con los pies amordazados por pura pena. Bipolares. Bipolar mi familia. Bipolar septiembre…

Finalmente, decidí comerme toda la comida cuando alguien me sopló al oído mientras tronaba el cielo “si no te comes todo, vendrán por ti los militares”.  Y qué culpa tiene el tomate?.

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