Cambio de casa

8 am. Gateando, me encontré con mi muñeca favorita. Era negra, de ojos negros y pelo motudo, porfiado como el mío. Junto a ella, los dulces de un viejo almacén cuidaban de mi mientras mis abuelos ordenaban la alacena. Mis padres, en el departamento, aprendían a esconder lo que no puede esconderse. Se besaron nerviosos al compás de los gritos de guerra. Alguien se apiadó de ellos. “No son como los otros”, dijeron algunos. Corrieron como nunca lo habían hecho. Conocieron el asfalto ardiente y la lluvia de meteoritos lanzados humanamente. Corrieron hasta alcanzar la esquina que doblaba para llegar a donde yo estaba junto a mi muñeca y los caramelos. Así comenzó el cambio de casa. Fue así, hace 40 años.

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