La rebelión de las locas

Por el año 2006, anduve de habitante en tránsito en un Hospital y/o clínica siquiátrico(a) que por amor al inútil anonimato llamaré la Casa de Orates, o simplemente La Casa.

En  el pabellón de mujeres de La Casa, habíamos cerca de 40 internas  de entre 18 y 75 años. Se componía de un edificio de dos pisos de material resistente (concreto, ladrillos, etc.); orientado de este a oeste. Las ventanas provistas de gruesos barrotes casi no recibían sol por los edificios contiguos.

En el primer piso se encontraban los “boxes” para la atención de las residentes, una sala de estar con sillones de la década de los cincuenta; un televisor que colgaba del techo y que tenía la gracia de que podría girarse según el volumen del público sentado en los sillones o en una laaarga mesa  que correspondía al  comedor. Entre los boxes y la sala, se encontraba el único teléfono fijo que podíamos emplear de 9 a 11 am, y de 5 a 7 pm, sin excepciones, salvo para quienes lograban atravesar la barrera de la indiferencia o tenían algún vínculo significativo con el funcionario a cargo.

El segundo piso, al que se accedía por una escalera curva, daba la bienvenida con la central de observación panóptica. Las salas más cercanas a esta unidad eran de la mayor riesgo suicida (ejem, ejem!)  o de agresividad. En los extremos se encontraba la “sala de tratamiento” que contenía una camilla con lazos para fijar a la impaciente paciente.

Llevaba un par de semanas en La casa, y yo, acelerada como estaba, noté algunas cosas que desde mi cuestionable modesto punto de vista no marchaban bien para quienes estábamos dependiendo de un grupo de técnicos que insistían en ponernos categorías de simbólica insanidad. Dentro de esas anomalías destaco:

a.- La falta de capacitación del personal de turno: me tocó ver que a veces delgados o dotados auxiliares no sabían tomar los signos vitales; ni inyectar un medicamento que requería de una máxima precisión. Recuerdo particularmente mi brazo sostenido por un hilo invisible mientras me tomaban la presión en medio de una amena charla entre colegas. Vaya tamaña barbaridad de descuido.

b.- Hurtos de propiedad de las residentes (osea nosotras): Es verdad que no basta quien es amiga de lo ajeno, pero cuando ese amigo está a cargo de lo ajeno tiene una agravante. A más de alguien se le perdió una caja con agujas especiales traídas por los familiares por el delgado grosor de las venas. Una colega bipolar tuvo que golpear puertas y ventanas para que le devolvieran un set de agujas “mariposas” traídas para la administración de su tratamiento… fue una de golpes…

c.-  Malos tratos: eso de andar conteniendo con la camisa de fuerza a diestra y siniestra me pareció un acto repudiable. Una chica bipolar, adicta al neoprén, la coca y la marihuana solía pegarse a la única puerta de salida del pabellón AZ 03 de mujeres. La pobre sólo quería un hombre que la sacara de esa inanición crónica, pero qué hacían los auxiliares?: la envolvían en el mentado saquito blanco con brazos alargados que amarraban tras la espalda. Estoy convencida de que hay otros métodos o salidas, como por ejemplo, simplemente ¡¡¡¡déjennos gritar!!!!!

d.- La comida #&%$: esos olores que impregnaban las cabezas… eran simplemente vomitivos. Odié la zanahoria durante años… Sentarme frente a la mesa luego de haber esperado en una  interminable y surrealista fila, junto a compañeras sin bañarse pero elegantemente vestidas, a medio pintarse, con vestimentas abiertamente rupturistas con la moda al día, era una verdadera odisea. Pero ver ese plato de sopa misteriosa y ese puré de múltiples colores, donde los olores que despedían se asemejaban a la bosta de caballo.. simplemente puaj!!

e.- Horas de espera de los siquiatras: algunas linduras se paseaban sin mirarnos a los ojos, comentando el caso “a” o “z”; la mayoría era más joven que yo. No notarían que estábamos ahí esperando a que se dignaran a responder nuestras preguntas (o a preguntar a quienes no las tienen, o qué se yo)?. Ver a esos que, o son muy paternalistas, o muy distantes, o muy calugosos, o muy lachos, o muy qué se yo, cualquier cosa, era un espectáculo al fin y al cabo.

f.- Falta de espacio para el ocio no institucionalizado: bueno, el ocio era un alimento más. Quién de nosotras no estuvo caminando en círculos como suele ocurrir en instituciones que aprisionan; o quién no estuvo recostada sobre hojas secas tomando sol en ropa interior. Entiendo que el espacio es pequeño, pero de ahí a que no nos dejasen realizar otras actividades que no fueran las típicas terapias manuales, me parece poco feliz por decirlo menos. Algunas queríamos hacer pilates en medio de la noche, pero nos apagaban la luz!!

g.- Infraestructura: sin comentarios.

Podría seguir con las letras, pero en síntesis yo quería que el Olmo me diera limones y no había caso.

Una mañana, sintiendo ese olor a leche entera de pan con huevo, después de llevar 3 cigarrillos puestos en mis pulmones, propuse unir nuestras cabezas y exigir que cambiaran las condiciones  que muchas de nosotras (no, mentira, éramos 4 solamente) ya no toleraba. Así, levantamos pancartas, rompimos las pizarras con los avisos y el listado de normas de convivencia interna, desordenando los muebles, y rápidamente salió la voz que dijo “huelga de hambre” (sería muy megalómana si dijera que esa voz fue la mía…)

Exigimos que el director se reuniera con el colectivo en resistencia (a las 4 pelagatas se habían sumado unas 20 curiosas) para que se comprometiera a cambiar la situación… Llegó y quien escribe tuvo el honor de transmitirle nuestro pliego de reclamos, dudas y peticiones. Una marcha por aquí, unos cantos por acá dio pie para que progresivamente se fueran haciendo cambios en la dirección que el colectivo señaló.

Esto no es una apología al despliegue de la demencia con sentido revolucionario, sino un téngase presente y gran orgullo bipolar que incluso en circunstancias limitantes tiene el descaro de aparecerse contrariando a lo impuesto. Si la biología determina en última instancia qué método se deberá aplicar, resulta insoslayable no participar de las decisiones que se toman respecto a nuestros hábitos. Tengo que dejar en claro que la crisis de las verdades científicas y el creciente cuestionamiento del ciudadano de a pie a las innovaciones tecnológicas y biomédicas que afectan a la calidad de vida, está indicando que el campo de la salud mental es un espacio en el que se despliegan voluntades y saberes que no se limitan a la experiencia particular de cada uno. De alguna manera es posible participar de la diseminación de la “experticia” en materia de siquiatría (pero esa es la rama de otro árbol).

De eso se trató la rebelión de las locas en La Casa: fue la expresión de un malestar profundo y desconfianza frente al saber experto que era responsable de nuestra calidad de vida y sobre todo de nuestra “cura”. Esto se fue extendiendo entre la mayoría de las “pacientes” y convergió en un minúsculo colectivo (el 10% es algo, no?); en el que cada una tuvo un rol particular: agitación y propaganda, identificación de anomalías,  y vocería….

A los pocos días me dieron el alta administrativa; seguramente me querían fuera a la brevedad. En fin. De esto me acordé mientras no podía dormir a pesar de los palos en la cabeza que me daba.

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