Recordando a una amiga eterna

Con la flaca compartimos desde el té hasta el mate amargo. Porfiadas como éramos, nos envolvíamos en sueños de esos que parecen imposibles, pero que insistíamos que podrían ser posibles.

Todo lo compartimos. El llanto infinito y la euforia inconstante, desde la política oratoria, hasta la roja sicosis. Cierto, no siempre una salvó a la otra, pero siempre hubo un par de palabras que resucitaban hasta a un muerto. Y por qué no? si hasta de madrugada reíamos a carcajadas a pesar de los dolores, esos que nos subían a la cima y nos llevaba al inframundo.

No faltó quien pensara que nuestras manos se tomaban con el deseo oculto, como si tomarse de las manos no fuera sinónimo de complicidad y solidaridad. Así, muchos y muchas se fueron alejando por nuestra aparente indecencia e impudicia. Si supieran que dentro de nuestros dolores compartidos el amor a un hombre fue la fuente de locura…

En fin, viviste la vida, porque la vida hay que vivirla y moriste la muerte, porque la muerte merece ser morida.

 

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