Pan con queso y kiwi

Cuando frizaba los 9 años de edad, conservaba una pequeña caja con un papel escrito con la frase “mamá y papá”. Pocos días antes, un cuerpo adulto me sometía a una tortura a la que ya me he referido aquí. Ni aún así perdí las esperanzas de que mamá y papá se reencontraran, 5 años más tarde.

Hoy recuerdo este encuentro, como uno de los regalos que he tenido a lo largo de mi vida. No es que crea en los finales felices, sólo creo en la fe y la voluntad, a como dé lugar.

Me he caracterizado por salir a flote y salir del agua misma, pase lo que pase; ahora no es la excepción.

Quise volver a la dosis de medicamentos que tenía antes; no soporté el cambio y el estar ajena a mis vaivenes genuinos. Es así. Confío en la ciencia médica alópata, hasta que me tocan la imaginación o lo que sea que me acompañe en el día a día.

Cuestiono el saber “experto” a más no poder. Sí, sé por experiencia (y la literatura me avala) que donde hay problemas difíciles de abordar, no hay nada mejor que enfrentar el saber que tiene título profesional con el que tiene una base vivencial, en definitiva, la experiencia.

No estoy diciendo que las pastillas puedan detener las crisis, pero eso es sólo temporal. Si no se toca otro modo de ver las cosas, nos quedamos entrampados en soluciones que, aunque de rápida acción, son de corto plazo.

Creo fervientemente en la magia de las acciones y pensamientos. Siento que han sido la base de mi autocontrol y, a la vez, autoboicot. Pero aquí están, alimentándome el día de esperanza, como la tuve cuando la mugre de hombre me dejó tirada por el suelo y, tras largos 5 años, vi a mi padre levantarme en brazos.

Eso pensaba, mientras devoraba mi pan con queso y kiwis.

 

 

Mientras el pelo crece…

Las ideas están deambulando por doquier; no hay día en que no estén cubiertas de incertidumbre. Mientras, la cabeza se deslumbra ante tamaña seudo-sabiduría, irrumpe en mí el deseo de salir disparada por la ventana. Bueno o no, lo cierto es que estos días se asemejan a un parque de diversiones, pero de madrugada.

El ajuste de los medicamentos, creo, está surtiendo efecto. Estoy más aletargada, las manos menos temblorosas, el sueño más pesado, el despertar lento y las noches más cortas. Sí, ya casi estoy hecha una zombi.

Quisiera no haber llegado a este punto; no sé hasta dónde puedo aguantar tanto té energetizante para levantar un poco las energías que son opacadas. Como sea, es lo que hay, al menos por ahora.

En este minuto me figuro naturalmente frente al compu, con la espalda cansada y el tobillo izquierdo adolorido. Casi caigo por la escalera y mi andar se ha vuelto un tanto dificultoso. Creo que ya necesito algo de vacaciones.

Me faltan horas del día para hacer lo que tengo que hacer. No es suficiente tener 8 horas de sueño. No sé como puedo avanzar en mis labores. Lo hago, cierto, pero no he limpiado mi dormitorio en semanas. Se nota la pesadez del cuerpo, apenas logro agacharme.

Estoy cansada, quiero meterme a la cama y esperar a que llegue el viernes; como si no tuviera que trabajar el fin de semana.

Día de siquiatra: otro ajuste

Cuento meses ya de estar en un sube y baja diario; no esperaba menos con el cambio de estación y una que otra situación de estrés.

Hoy tuve control con la doc. Había pasado un mes desde la última vez que la vi. Contra lo que quería, di mi consentimiento para realizar algunos ajustes: 400 mg de lamotrigina, 15mg de aripiprazol, 12,5 mg zolpidem, 10 mg paroxetina, 0,5 mg de alprazolam… Volví al cóctel de medicamentos que no quería, pero bue, la verdad es que ni el agua de toronjil, ni la meditación o la autohipnosis para dormir me estaban dando resultados.

No hay caso, viene el cambio de estación y cuerpo y mente se desviven tratando de sobrevivir.

La fibromialgia se está manifestando cual resfriado mal cuidado. La visualización de mi mortaja es a diario y las ganas de hacer nada se pronuncia al unísono con el arrebato de salir a caminar sin destino.

He tratado de poner la cabeza en frío, sentir que un día se va a la vez, que las mañanas, aunque ruidosas, me alimentan de vida, y que el crepúsculo se viste de claridad en mi cabeza. Pero lo cierto es que me habita el vendaval y ya estoy cansada, rendida. Esta es la parte en que me entrego a la alopatía; necesito un cambio en el corto plazo. Ya veré cómo voy alimentando la esperanza, una y otra vez.

Esta es la parte de la película donde miro las pequeñas grandes cosas

Despertar con la luna aún en el horizonte, beber agua, mis medicamentos, mis vitaminas, beber un tazón de café con un par de cigarrillos, preparar el desayuno de mi hija y acompañarla, tomar una ducha, re-fumarme un café, encender el compu, mirar y luego leer la agenda, re-fumar un café, mirar el compu, retomar las labores del día anterior (siempre que identifique en la agenda qué estaba haciendo el día de ayer), estirarme en la cama, re-fumarme un café, re-tomar las acciones que alcancé a planificar…

Mi rutina es tan simple como estructurada. Mis días pasan enteros o no pasan. Las mañanas se encuentran con la noche y se saludan al unísono; vaya que se saludan.

En este preciso momento estoy en el ejercicio de mirar lo que me conforma y reconforta. A veces me cuesta más de la cuenta, pero si hago el ejercicio de re-mirar y mirarme, puedo encontrar alguna explicación a mis vaivenes.

Ayer no pisaba muy bien y el día se fue en medio de mis artimañas para no trabajar de corrido; hoy el día ha sido más claro, con menos momentos violentando mi existencia.

Puedo decir, entonces, que mi día se vistió asumiendo que la noche aún no se iba, que la luna quiere ver al sol, aunque esté nublado, y que la sonrisa habita mi rostro hasta por el más mínimo aspaviento de la memoria (aunque viva entrecortada)

No es sencillo, cierto, pero si algo saco en limpio en este momento es que siempre tendré las manos llenas y que la puerta lateral que me acompaña a diario puede desdibujarse con un poco de realidad.

Mi canción para el viento

Ayer el cielo se vistió de viento noroeste y rememoré los días de arrebato en Valparaíso. No pude evitarlo, fueron días de insomnio, inducido o no, en los que las palabras salían a borbotones.

Hoy desperté a las 3:40 hrs, con los brazos literalmente dormidos y con un sueño aún en mente. Me di unas cuantas vueltas por la casa; no podía ni quería dormir. Los fantasmas hacían que mi cabeza latiera más fuerte y mis manos tocaran las paredes como sintiendo la aproximación de la lluvia.

En este minuto llueve, no mis ojos, pero sí el cielo; momento ideal para cantar unas cuantas canciones al unísono con el viento, ideal para apaciguar las palabras que brotan de la nada, casi sin sentido, en honor a la ausencia de calma.

No puedo negar que desde fines de marzo no he tenido esa estabilidad soñada, esos días en que la luna no afecta mis sentidos. Hoy me entero que la luna llena que se aproxima estará en mi signo zodiacal. Sí, en ocasiones mi vida se rige por esas incógnitas que, irracionales o no, pueden llegar a darme directrices respecto a posibles lugares en los que no debo estar. Como sea, debo admitirlo, ya me he acostumbrado a que la luna llena me llene de incertidumbres y desafíos.

Estoy cansada. Casi no tengo concentración y escribir aquí es el único ejercicio que me inunda la cabeza para decir algo que tal vez no sea coherente, pero que me anima a disipar las dudas que vienen y va.

Las dudas que me atraviesan en este minuto tienen que ver con mi condición diagnóstica. De nuevo me asalta la pregunta: es posible esta melancolía circular, estos vaivenes que me hacen oscilar? Es como si mi vida fuera un manual -tipo hágalo usted mismo- en que se leen síntomas que se ajustan a la definición moderno-occidental-positivista, o como sea. Sí, nuevamente pongo en duda que pueda ser alguien que se trastorna de un lado para otro, en un sentido puro, digamos.

Lo cierto es que en este minuto me figuro casi en piloto automático, respondiendo a estímulos casi imperceptibles. Mi desvelo, sin motivo aparente, me dibujó aún más las ojeras casi púrpuras en mi rostro.

Este día debe ser distinto, especial, lleno de certezas, de lo contrario, para qué me levanté?

 

 

Corté mi pelo para detener a la ansiedad

Por tercera vez en este año, tomé la decisión de cortar mi pelo aún más corto. Sí, casi me pelé; no aguanté tanta cosa en mi cabeza. Suelo cortar el pelo para detener la furia y sus elementos asociados.

No sé si la ansiedad se detuvo o amainó, lo cierto es que mi cabeza con menos pelo está más despejada, puedo pensar menos en las cosas que me estaban atormentando. Qué cosas? La rapidez con que pasan los días, el suicidio de un pequeño, la infatigable manía de no saber a dónde caminar para repeler la ansiedad… Nada fuera de lo común, solo que en este minuto las cosas van y vienen de un color que no me apetece.

Cómo llegué a estas líneas? Creo que fue el comentario en un foro de una mujer cuya hija fue víctima de abuso sexual. Alguien más habló del impacto de aquello en los gestos e intentos suicidas. Sí, ahí se inauguró toda esta ansiedad.

Quise leer más; es algo a lo que no le he dado mucha vuelta, incluso en este espacio.

Creo que alcancé a escribir que fui violada a los 9 años, por quien en ese momento era mi padrastro (creo que ya he mencionado que mis padres volvieron a casarse años después de ese evento)

Las terapias, incluyendo el psicoanálisis, no alcanzaron a bucear en aquello. De hecho, hubo un maldito psiquiatra que me dijo que habría sentido placer en aquello. Culpa, vino la culpa después de ese momento, y la amenaza a su decisión ante mi reclusión en un siquiátrico, la primera que recuerde.

Aquí está, creo, un punto de emergencia de mi permanente ansiedad y tal vez de muchas cosas que me hacen hasta poner en duda el diagnóstico.

He tendido al autoboicot, autoaniquilamiento, autodesaparición voluntaria desde que tengo 9 años. Fue ese mismo año en que tomé una soga y la puse alrededor de mi cuello, colgada del árbol más alto del patio de la casa. Me encontraba sola en ella, no recuerdo por qué. Desde entonces, las ideaciones, gestos e intentos de suicidio han sido de una frecuencia anual. Hasta ahora, frenados, interrumpidos, boicoteados.

Hoy no es la excepción, pero esta vez quiero hacer una diferencia. Quiero reconocer que fui víctima de abuso sexual, de violación, de maltrato físico y sicológico, y de abandono. Todo eso en mi biografía no es suficiente para poner en duda todos los tratamientos a los cuales he estado expuesta?

Racionalmente entiendo el qué debo hacer frente a este caso. He tenido miedo a lo largo de todos estos años. Miedo a que quien fuera mi padrastro me encuentre nuevamente. Miedo a que mi padre me mire con otros ojos, y miedo al maltrato por parte de un hombre, del que esté enamorada. Por eso, no me enamoro; es así. Nunca he estado enamorada, no en el sentido idílico, romántico o no sé qué, sino en el sentido de que tenga sentido, simplemente eso.

Cuántas niñas y niños han sido víctimas sin que les crean? Fue mi caso; me encararon con el violador, quien negó absolutamente todo. Sola, me sentí inmensamente sola y abandonada.

Ese hombre, que no merece ni ser llamado animal, es simplemente una bestia que provocó el daño más inefable de mi vida. Creo y siento que es la causa raíz de los altibajos en mi biografía. Tal vez, tal vez no vivo con una bipolaridad (ya he hablado de lo que creo de las construcciones socioculturales de las enfermedades, suficiente para no creerles). Es plausible pensar que mis acciones de autoboicot se deban a la ausencia de conexión con la realidad, derivada de mi lucha por no vivenciar nuevamente una situación de abuso.

Creo que el corte de pelo solo es la expresión del intento por eliminar estos recuerdos, tal vez castigarme por la culpa que eventualmente pueda llegar a sentir y, por qué no, la evidencia de que aún tengo los medios para superar las consecuencias. Creo que la fibromialgia es la expresión del dolor que siempre ha estado latente.

Creo que es tiempo de ampliar la bitácora a todos quienes han vivido alguna vez situaciones de abuso, para mirarnos, no reavivar la experiencia, sino echar fuera la rabia, impotencia, culpa, sobre todo la culpa.

No puedo terminar estas líneas sin decir que me he privado de ser feliz, pero que estoy segura de que la felicidad está en algún lugar dentro y fuera de mi, limpia de culpa, abandono y maltrato.