Lucha de gigantes…

En un mundo descomunal, siento mi fragilidad...” Sí, es lo que en este preciso instante escuchan mis orejas. Cómo no visualizar gigantes que se enfrentan en medio del vendaval? Cómo no creer que todo esto se trata de sentir cómo chocan entre sí dos estados completamente opuestos?

Cierto, así mismo es como en este minuto me siento: entre la risa y el llanto, entre el agua y el fuego, entre mi vida y la muerte. Un cara a cara que no se define solo por el tiempo que tome el cruce de vibraciones de mis emociones y lo que a ellas concierne.

“Hiper racional”, me dijeron una vez, “melancólica” otras, “histriónica” también, no recuerdo otras calificaciones, pero creo que tienen que ver con el cómo me enfrento al mundo, mi mundo.

Ayer no quise recurrir al ansiolítico; quise vivenciar el peso de la ansiedad de manera genuina, de forma natural, así me hubiese tragado una cajetilla de cigarrillos.

Vivo un duelo crónico, a veces, la algarabía, también, todo de una sola vez y a una velocidad indescifrable.

Ya no tengo miedo cuando no alcanzo a oír mi voz que intenta detenerme; ya no me reprimo ante la posibilidad de, ya saben, imaginar mi mortaja. Cierto, no puedo autoengañarme, los impulsos vienen y van y solo es cuestión de tiempo para abordar lo que en este minuto no quiero alcanzar.

Sin embargo, ahora estoy renovando el pacto para vivir a través de la consciencia de mis emociones, del amor a mi hija, del estar en mi propio cuarto y no en uno que esté de blanco, medio sucio, medio derruido. Ahora es cuando me hace sentido el sentido y agradezco a la escurridiza cordura que me habita, justo cuando estoy en el borde. Si no fuera por este dolor no sabría cómo enfrentar el enfrentamiento entre los gigantes.

 

Higos para la ansiedad

En este preciso instante como higos… el alprazolam no fue suficiente. No sé cuánto me tomará esta vez; ya llevo 1 hora con el pecho apretado, las manos sudorosas, la cabeza a punto de estallar y la espalda adolorida. Gritar creo sería una buena salida, pero no quiero alarmar a quienes están a mi alrededor.

Esta es la parte en que busco a mi madero (que alguien del ámbito de la psicología dirá “estructura”), pero creo que quedó medio derruido después del último episodio, algunas semanas atrás.

No sé, mientras escribo la calma se asemeja al horizonte, a la quimera más efímera que pueda existir en la mentes de quienes aún creemos en ella. Aún así, insisto en tejer palabras, algo saldrá de estas reflexiones que pongo en este papel virtual.

Usualmente hago el ejercicio de reconstruir los hechos, examinar lo que está a mi alrededor, así como también las últimas acciones e inacciones; me sirve para ver el bosque de la vida desde una perspectiva que posibilita la observación global. Pero, bue, aquí estoy, simplemente escribiendo lo que me dicta la espalda.

De mañana no hubo mucha variación respecto a los otros días:

  • 6:30 hrs: enciendo televisor y el computador.
  • 6:32 hrs: me levanto de la cama.
  • 6:35 hrs: coloco la tetera al fuego.
  • 6:36 hrs: me figuro con un cigarrillo en la cara, a oscuras en el jardín de atrás.
  • 6:40 hrs: me sirvo un café cargado en el tazón negro de cada día.
  • 6:42 hrs: Fumando un par de cigarrillos más, junto al café.
  • 7:00 hrs: preparo el desayuno de mi hija.
  • 7:20 hrs: tomo desayuno junto a mi hija.
  • 7:45 hrs: abro la puerta de la calle para que mi hija vaya al cole.
  • 8:00 hrs: leo el mensaje de mi hija avisando que llegó bien a la sala de clases, mientras estoy fumando un cigarrillo.
  • 8:15 hrs: tomo una ducha.
  • 8:30 hrs: vuelvo al computador.

De ahí en adelante, todo puede ser un misterio. Puedo trabajar, sí. Puedo escuchar música, también. Puedo recostarme unos minutos, tal vez… La verdad, tanta variación de las acciones e inacciones no hubo el día de hoy. Algo salió de algún lado, no sé.

Mientras, como mi décimo higo y comienzo a sentir la pesadez de los párpados que insisten en decirme que apague el compu.

Un día a la vez

A veces lo olvido, pero es bueno re mirar mis propios papeles pegados por doquier. Suelo decir que cada paso tiene su afán, cada día su propio misterio, cada lágrima su particular desvelo y cada estertor su ferviente compromiso por respirar. Hoy tuve que volver a leer algunos de esos mentados papelitos.

El ejercicio de escribir aquí letra por letra, sin duda me ha servido para hacer otras cosas; cómo negarlo. Cierto que de vez en vez me sumo a la corriente que remece los sentidos, me revuelvo en pena o me engrandezco de ego. Qué más da? Ya tengo a mi haber 45 años de vida, a los que pueden sumarse otras vidas acumuladas (sí, estoy entre quienes piensan esa posibilidad) y creo que puedo decir que de aprendizajes no me he perdido.

Sigue carcomiéndome la tontera del desespero por no poder recordar eventos, personas, emociones; perder cosas, derramar vasos, romper floreros y de un cuanto hay. Aún tengo dificultades para realizar operaciones lógicas básicas, como lo hice alguna vez. Me pierdo en medio de la desmemoria y pierdo con facilidad el habla y la capacidad de sostener cosas con mis manos.

Hace tiempo que no recurro a esos antisicóticos que me tenían con un pie en la calle y todo el resto del cuerpo escondido en algún lugar. Tampoco uso esos estabilizadores que me dejaban cual zombi desaparecida de la dimensión espacio-temporal en el que generalmente estaba. Pero sigo con pildoritas que hasta ahora han reducido la intensidad de los momentos esos en que ni respirar alcanzo.

No tengo idea si podré algún día volver a escribir, sin detenerme, el libro en el que estoy tejiendo las historias que habité. Lo hago de tanto en tanto, por eso escribo aquí; simplemente echo fuera y después si me arrepiento hago como que no tengo posibilidad de rehacerlo. No sé por qué digo esto; la verdad solo estoy deletreando lo que trata de salir de mi cabeza.

Un día a la vez… ese es el trayecto. La meta? Seguir más que sobreviviendo.

 

Cuando tengo pena, canto

Lo he dicho cientos de veces: cuando alguien toma su vida, algo de mi también se muere…

Hace un par de días, un joven alumno del colegio de mi hija tomó un arma y la puso en su sien. Tenía 16 años. Una supuesta baja de calificaciones, sumado a un estado desconocido por mi, lo llevaron a tomar la decisión de salir por la puerta lateral.

Ese día tocaba la entrevista personalizada con la profesora. Su madre esperaba el turno, mientras a su alrededor había, a la vez, nerviosismo y tranquilidad. Un llamado la hizo estallar… el colegio se remeció. Los niños y niñas que habían ido, corrieron a ver qué sucedía. Era su hijo, a quien había dejado por la mañana en el desayuno; quién sabe cuáles fueron sus últimas palabras.

Ahora, el sentir generalizado de quienes somos parte cómplice de la angustia que genera el estrés por las calificaciones es de temor, ese miedo que inunda cuando no sabemos si nuestros cachorros están visitando el lugar de la melancolía; bien lo sé, mi hija estuvo en ese espacio.

Ella acumuló años de abandono y pena por una madre que solo sabía entrar y salir de prolongados ingresos en recintos siquiátricos. Sí, me hago parte de la responsabilidad que cabe en su angustia. Cierto que también se sumó el bulling, pero creo que eso también fue a raíz de su vulnerable estado, derivado de todos los episodios que vivenció junto a mi.

Desde pequeña le transmití que si alguna vez tenía pena, cantara, si la pena aumentaba, cantara y bailara; ella no siempre pudo hacerlo. Enmudeció y lloró en silencio a diario, mientras yo me perdía en el horizonte del apego.

La muerte de su compañero de escuela me removió más de lo que puedo comprender, mas aún cuando mi hija, quien recuperó el habla, retornó a mis abrazos y el consuelo; abrazos que ahogan el dolor de haber perdido a quien compartía el aislamiento y la desesperanza.

Estoy alerta y adolorida; perdí navidades y años nuevos por estar en medio de cátodos y píldoras que trataban de hacerme volver, no sé bien a dónde, pero volver.

Hoy, junto a mi hija transitamos del dolor y el vacío a un estado de búsqueda de la tranquilidad. Está con terapia psicológica hace varios meses.  Llegó ahí después de un par de intentos de suicidio, desconocidos por mi, hasta que estalló una y otra vez en llanto en medio del recreo escolar. Así, aprendemos a diario a reencontrarnos en el abrazo más verdadero que conocemos, en el sentido más claro y la esperanza más intacta. Es cierto que aún me sobran los vaivenes y es usual la arremetida de la melancólica efervescencia, pero sigo aquí, condición que hace poco tiempo era impensada.

Son estas cosas las que me traen al presente, me sostienen y arremeten contra el vacío de sentido que me habita de vez en cuando. Entonces, a renovar el pacto para vivir una vez más, que los motivos están más que a la vista.

 

 

 

Bitácora de una bitácora

A diario, me reporto ante mi misma; me resulta imprescindible para cursar los días que pasan. Hoy no es la excepción. Y es que monitorear mis emociones resulta ser una de las mejores maneras de estar presente.

Al parecer mis estrategias de sobrevivencia van por buen camino; la psicóloga celebró que aún cuento con métodos que resultan ser poderosos protectores emocionales.

Practico aquí el ejercicio de leer mi mente; este espacio se ha constituido en un lugar en el que despliego mi vitalidad a diestra y siniestra. Trabajo a diario cada 20 a 30 minutos; el cigarrillo, amigo o enemigo de la ansiedad, demanda mi atención cada vez con mayor frecuencia. Ordeno mis cosas, porque la memoria siempre se escapa. Lavo, plancho y eventualmente cocino para mi hija como una manera de mantenerme conectada.

Es cierto que no hay día en que no me veo amortajada, en que llega un vendaval y me sumerge hasta el fondo, pero tengo mi madero siempre alerta -justo cuando más lo necesito- para sortear ese desenfrenado estallido.

Ahora mismo reviso el día; positivo balance. Cierto que me figuraba a las 5 am con un par de cigarrillos y un tazón de café, pero a esta hora solo puedo reconocer que, si bien no estuvo como me habría gustado, llegué hasta aquí. Sí, es otro día de terminar, cansada, medio arruinada, pero aquí.

Amaneciendo con la sed post aguardiente

5 am y me figuro frente al compu tratando de ordenar los pensamientos y comenzar el día con los pies en la tierra. No, mal no estoy, es solo esta bendita ansiedad que me tiene con más cigarrillos en la boca que lo usual.

En este minuto recuerdo a la lluvia, tan ausente en este otoño.

…..

Tuve que salir a buscar a la luna que está menguando; necesitaba ser habitada por su presencia y recordarme que su plenilunio está casi casi cerca. Tal vez no, pero al menos sé que está ahí, mirando como vigilo su presencia.

Para hoy espero terminar lo que ayer dejé inconcluso; bue, tal vez no terminar, pero al menos avanzar algunos pasos más.

También espero controlar esta ansiedad; no quiero volver al alprazolam.

Me gustaría también comprender algunas cosas que ocurren en mi cabeza; confusiones más, confusiones menos que me encausan sin causa aparente.

Hoy tengo cita con la psicóloga, a quien le avisé que mi cabeza es un caos. “Calma”, me dijo, “tal vez por ahora sería bueno dejar ese caos e ir de a poco ordenando”, o algo así.

Bueno, no me queda otra más que armarme de paciencia y poner un freno relativo a este impulso por poner todo en un lugar que me deje más tranquila.

Esta es la parte en que me encantaría ser más paciente

No soy paciente, me digo, no estoy al alero de ningún paraguas institucional que me reduzca a ser un mero número de atención…

No, no es de eso lo que quiero escribir, solo quiero tomarme la presión emocional y hacer funcionar el aparatito este de la voluntad de sentido (sí, sí, a lo Frankl), que se me escapa a través de las rendijas de la paciencia.

Cuento días de estar en piloto automático, caminando por inercia, medio obsesiva, medio taciturna, medio explosiva, medio irritable, medio eufórica, medio melancólica…. De un cuantohay, le dicen por aquí.

A esta hora me mira el sol, se refleja el espejo, me visitan los pies y me abraza la cama. Sí, medio recostada me figuro.

Ni siquiera estas líneas puedo escribir de corrido; me he parado 5 veces en el intertanto…

Ya es de noche y me veo en un purgatorio virtual, sigo en piloto automático. No sé qué más decir.

Escucharé algo para remecer un poco las manos, a ver si mañana despierto agradecida, como siempre debe ser. Aquí va mi tema para este minuto