Sigue la terapia, siguen los días

No recordaba que desde abril de este año inicié un proceso de terapia acompañada por una psicóloga. Marzo fue de un color oscuro y poroso; no hubo día en que no quisiera parar con todo y salir del libro; no dar vuelta la página, sino salir de todas.

A diario llamaba al centro de salud en que me atiendo pidiendo hablar con la psiquiatra. No pago directamente de mi bolsillo, así que obviamente nunca pude verla. Una mañana recibí el llamado del centro… había un cupo para sesiones de terapia.

Ya habían pasado los días de dejar todo a la deriva, no había cabeza puesta sobre mi cuello, ni corazón abierto a dar o recibir; los dolores fibromiálgicos estaban a la orden del segundo. Mi escapada fuera de este inconcluso país fue un intento por volver al sentido, ni idea si lo encontré o no por eso. Lo cierto es que casi quedo sin un lugar para trabajar y, sobre todo, de una familia donde vivir.

A casi 7 meses de reencontrarme con la terapia, puedo decir que hay cosas relativamente en su lugar, no es malo. No digo que haya parado el ritmo de mis emociones; llevo semanas con dolores que apenas me dejan escribir y soñar y, de vez en cuando, mis manos piden detener por un momento el reloj (sólo por un momento).

Estoy a unos pocos días de cumplir 46 vueltas alrededor del sol y otras tantas lunas, tendré el mejor de los regalos que puedo recibir en este momento: la graduación de mi hija. ¿Qué más puedo desear?

Dónde está la luna que no me avisó?

Si tuviera que pensar en una palabra para describir el estado de mis emociones hoy… tendría que ser compuesta por un neura-tranqui. Creo que alguna debe haber, pero en este momento no se me ocurre; aquello no me quita el sueño.

Han pasado los días como para detenerme un poco y mirar atrás, sin convertirme en sal. Esos días estuvieron del color más oscuro (mejor le digo ausencia de luz). Fue un viaje de aquellos que implica cruzar la puerta hacia lo que llamen el infierno. Ese que he visto tantas veces vestida de blanco. Mi hija visitó el lugar, a su manera, pero está acá, cerca de mi y con la entereza y esperanza intactas. Me cuesta hablar de ella aquí, pero es necesario.

Confieso que cuando me llamaron de su cole el pecho salió antes que mis pies. Corrí como no lo hacía en mucho tiempo… y ahí estaba, su cara y manos pidiéndome perdón, diciendo que nunca lo haría, que no me dejaría, que crea en ella, que no sabía por qué lo había hecho.

Uno de sus amigos lo notó y le avisó a la psicóloga del colegio, quien me llamó de inmediato. Mi hija había tomado uno de los medicamentos que alguna vez le dieron para su tratamiento contra la depresión, razón por la que el año pasado suspendió su asistencia a clases. En esta oportunidad guardó la caja en su mochila y fue rumbo a un lugar en el que estaría sola. Sin saber por qué, quería partir…

Un ángel, no sé ni cómo llamarlo, se le acercó. Era un alumno de otro curso. Alguien cuya madre fue asesinada por su pareja. Ese joven de 17 años, amigo de un chico que un sábado de 2017 tomó su vida a punta de bala, abrazó a mi hija y le recordó las lágrimas de la madre de quien partió una mañana… (perder la beca y su pena infinita habrían sido los gatilladores de esa no-decisión). Mi hija estuvo a punto de partir, una vez más a punto.

Al momento no supe qué hacer, solo abrazarla infinitamente, mirarla a los ojos y decirle que saldríamos de esta una vez más. Que podemos partir de cero, que lo que haya pasado, pasado está, que no estamos sola, que hay una fe que no debemos perder…  Después solo llamé al psicólogo para pedirle ayuda, necesitaba un cable a tierra; no soy de hierro y si se trata de mi hija no escatimo en bajar la cabeza y arrastrarme, si fuese necesario.

Ya han pasado algunos días; pasan volando las rosas y ahí está, junto a sus amigos, los de siempre, que la abrazan y levantan, una vez más. Desde ese día, se duplicaron las sesiones de terapia.

Y ¿qué tiene que ver la luna en todo esto? Que escribo mientras la busco en medio de las nubes que la cubren junto a la montaña.

Mis dos lunas

Día de días… Ya han pasado 5 desde la noche en la que casi rompo el pacto para vivir.

Y es que me brotaron de las manos días de lluvia y viento, explotándome en el cuello el dolor aquel que sentí la última vez que me llevaron al siquiátrico. Hoy puedo reconocerlo después de horas de auto-mirarme hacia adentro de mi.

Casi no crucé palabras con mi entorno. Nadie ni nada me habitaba ese día.

Hoy intento comprender y pesquisar el punto de partida que llevó a mis manos a confeccionar un lazo de esos que se aprietan fuerte hasta apagar cualquier sonrisa insistente, cualquier respiración, toda la energía vital.

Sí, hace 5 días tuve un gesto suicida; estaba vacía de contenido y apego. Nada, no había nada que pudiera sacarme… excepto la vida misma que se abrió paso, una vez más.

Vino como siempre el silencio, la luna que me vigilaba no alcanzó a convencerme de que la noche no sería la última de mi vida. Fue la otra luna, esa que se clava en medio de los ligamentos redondos de mi vientre lo que me hizo suspirar antes de depositar mi cuello dentro del espacio no vital de esa soga.

Recorrí los días, miré las horas. Rogué al cielo por una salida distinta y sí, me abracé con fuerza a la fe que aún después de todo perdura por estos lares.

Y aquí estoy… recorriendo con la mirada mi dormitorio, las fotografías, las rocas, los libros y cartas, divisando la sonrisa y manos de mi hija, el cansancio de mi abuela, la lucidez de mi madre, el desquicio de mi padre y, de paso, el vaso con agua que acabo de beber con los medicamentos que no he parado de tomar.

En este preciso momento solo quiero fijar una idea: no es solo un día a la vez, sino todos los días que he vivido y que siguen por vivir.

Chocolate para la lluvia

El jueves me vi en medo de un vendaval de aquellos; pensé que mis manos y pies no podrían sujetarse al madero, pero aquí estoy, una vez más con el color en mis mejillas.

Ya no amanezco a las 5:30 am, ni me siento frente al compu a llorar las cuitas. Simplemente amanezco cuando sucede, me duermo cuando acontece y estoy frente al compu cuando mis dedos están listos para danzar a la luz de una melodía llena de sonidos de todos los colores.

Sí, doblemente sí. Mis estrategias de sobrevivencia han cobrado especial sentido, con o sin vendaval, con o sin compañía y con o si respiración obligada. Y es que esa es precisamente mi fórmula: el respiro a paso lento.

Cómo poder transmitir esta paz que me habita? Cierto que las lágrimas estimulan cualquier angustia, pero en mi apaciguan la marea furiosa, una vez que me enjuago los ojos.

Hoy es un nuevo día y, como siempre digo, es un día a la vez.

Bendiciones a quien me lee.

Soleados días de lluvia

Si tuviera que resumir en una palabra cómo he estado por estos días, diría enamorada. Sí, de ese amor del bueno, ese que me habita justo en medio del vendaval de los días, con o sin lluvia. Amando el día a día, las luces y la oscuridad, la locura circular y su cordura. Todo, simplemente todo lo que surja en medio de la ventolera.

Como no va a ser así. Me he levantado a diario a la hora que despierte, sea cual sea. Me sumerjo entre las almohadas en el momento que preciso y me animo incluso cuando los ánimos están que arden.

Desde esta cima, miro hacia atrás los cuartos blancos, teñidos de electricidad y batas blancas, las rejas de un cuarto poco iluminado y los pasillos interminables que conducían al panóptico ojo, que vigilaba sin disimulo los pasos de las internas.

Como no amar todo esto (incluso más), si el color de mis mejillas ya no cuentan con el amarillo violáceo de la mirada. Cierto, así y todo las cosas marchan de la mano con la mía y los días, nublados o no, aclaran mi porfía e insistencia en querer seguir con los pies en la masa del pan que me alimenta.

Si el día me da madrugadas, a crecer se ha dicho

Hoy, como siempre, estaba frizando las 5 am cuando un impulso me sacó de la cama antes de que el sonido despertador inundara mis oídos. Reconozco que fue un impulso misericordioso, porque no se asemejó a ningún otro.

La calma ha vuelto a mi vida, una vez más y quiero prolongar este escenario hasta que las velas no ardan y, si se apagan, se enciendan una vez más.

¿Qué pasó? Pasa que los días se han vestido de claridad en mis mejillas y el dolor va y viene, pero no se queda. Siento el amarre de las presiones de vez en cuando, pero no hay nada que me haga sulfurar o sentir alguna de esas emociones que hacen derrumbar a cualquiera. En definitiva, que el aprendizaje me habita a diario y soy consciente de aquello.

No es que no haya hecho acto de presencia algún malestar. No es que no me haya asaltado la bendita incertidumbre que generan los cambios, sobre todo si son sin aviso. Solo que a estas alturas mis manos saben cuándo aferrarse y cuándo no.

Sigo laborando en la madrugada; no hay caso, disfruto hacerlo y tengo la bendición de estar junto a personas cuyas diferencias respecto a mi solo contribuyen a consolidar lazos de esos que no se pierden ni con un reto ni con un empujón. Por el contrario, agradezco estar en el momento y lugar propicio para levantarme, una vez más.

Sigo…

Si me caigo mal parada retengo un trozo de pan

Estas últimas semanas han estado a toda máquina. Simplemente no he parado de tener actividades día y noche, sin poner descanso alguno.

Tengo que recurrir al alprazolam en dosis altas para permanecer dormida por más de 5 horas; duermo a saltos.

Son las 5 am y me figuro frente al compu haciendo lo que sea por parar la rapidez de mis pensamientos y, la verdad, me he sentido a todo dar.

No sé, la doc me quitó la milésima dosis que tenía de paroxetina, subió y bajó el aripiprazol, aumentó a 400 mg mi lamotrigina y dejó dosis periódicas de alprazolam. Sí, mis sobresaltos saltan de un lado para otro y no hay quien me detenga por estos días.

He frenado los impulsos; sí, lo he hecho de alguna manera. Evito salir, beber, ver amistades. Camino sola por las calles tratando de recordar la ruta de regreso; no siempre sé de dónde vengo y a dónde voy.

La terapeuta, cual bitácora, me conmina a recorrer la ruta que me lleva hasta la consulta. Siempre lamento decirle que llego una hora antes porque no sé si voy a llegar a tiempo.

He recorrido los días pensando en lo bien y mal que la he pasado. He subido y bajado de peso dentro de un mismo mes; en dos meses bajé 10 kilos.

Ahora mismo, trato de parar un poco la máquina, no quiero seguir trabajando, aunque mi nivel de productividad está altísimo. Eso sí, trato por todos los medios (meditación incluida) de no llenarme la cabeza con ideas de aquellas. Reposo, pero no puedo permanecer en la cama por más de 30 segundos. Simplemente estoy a todo dar, y casi salí disparada por la ventana.

Hoy hablaba con una amiga que recibió el tratamiento electroconvulsivo hace unos días; varias sesiones. Nos reímos un rato de nuestra desmemoria y aproveché de decirle que se puede salir de esa, sin cuestionar su opción por el TEC. No lo recomiendo. Aparentemente me sacó en su momento del intento; quitarme un arma de las manos no fue fácil, a pesar del litio, olanzapina, valproico, risperidona, quetiapina y tanta mierda que me tenían encima. Así y todo busqué la puerta lateral.

Hoy no estoy muy lejos, pero tampoco estoy cerca de aquello. Es raro, la verdad las últimas semanas no tengo las ideaciones típicas. Más bien es la visión de que ya no estoy, así de simple-complejo.

Anoche soñé que mi mano izquierda estaba poblada de costras de color marrón, redondas, duras y grandes. Con mi mano derecha comencé a sacar una a una las costras, hasta dejarla casi limpia. Durante el día recordé el sueño y quise visualizar el término de esa limpieza. Traté de ver mi mano limpia de aquellas costras. Y sí, la verdad eso me hizo sentir mejor, aliviada y casi sin apuro por terminar de limpiarme de una buena vez.

En este minuto intento parar las ansias; no quiero recurrir al ansiolítico una vez más. Prefiero respirar y esperar a que esa preciosa luna siga detenida sobre mi cabeza, mientras extiendo mi mano hacia un trozo de pan.