Cerrando un ciclo

Siempre es bueno considerar cuándo es posible empezar y terminar un proceso. Me leo y re leo y siento que las cosas están encarriladas, a pesar de todas las mareas que vienen y van.

Hace unos días decidí que ya no escribiré más acá; quiero dejar plasmado que todo es posible, incluso tener finales felices.

Me voy feliz de haber emprendido este proceso de escritura virtual en agosto de 2012. Hoy tengo el mayor de los aprendizajes: amar la vida, el sol y la luna, al mismo tiempo.

Gracias a quienes me leyeron y siguieron mis vendavales. Quiero decirles que mi madero, al cual me aferro, está firme.

Ver a mi hija de 18 años terminar sus estudios, ha sido el mejor de los regalos, junto con su llegada.

Si alguien quiere mantener el contacto, siempre estará mi email eldiariodeunabipolar@gmail.com.

Un gran abrazo y mil bendiciones

Mis 46 vueltas alrededor del sol

Es increíble lo que siento cuando miro sobre mis hombros, un poco girando para atrás, el pasado (ayer mismo). La palabra satisfacción no alcanza a reflejar el color de mi sonrisa o las lágrimas que crispan de puro amor. Hoy es sin duda el mejor de los regalos que he recibido en mucho tiempo; pasar la medianoche en medio de un apretado abrazo con mi hija es el anuncio de lo que se viene por delante.

He decretado que este año lo finalizaré teniendo la convicción de que he subsanado una parte sustantiva de las heridas; por algo sigo escribiendo acá, puedo hacerlo sin morir en el intento.

Amanecí temprano como siempre, pero me detuve un rato antes de comenzar el día. No me canso de agradecer de sentir el calor de mi dormitorio, la luz que se cuela por las cortinas, la suavidad de las sábanas coloreadas, el aire limpio del impregnado olor a cloro. Sí, aunque suene a victimización, no hay día en el que no agradezca estar en casa y no en un recinto de aquellos en los que los días se pierden y cuelan entre las rejas y las paredes blancas.

Me levanté con la calma que se precisa para respirar. No niego que seguí el ritual del cigarrillo (sin café), pero con otra disposición.

Anoche estuve hablándole a la luna, como si fuera mi gran amiga que va y viene. Si hablara todas las cosas que le cuento, quién sabe qué pasaría. Como sea, su brillo impregnó a mis reflexiones de serenidad y confianza.

En este minuto laboro, no sabría decir cómo agradezco este milagro; quizás la fuerza y empuje que me da el saber que tengo una hija (y familia) que dependen de mi, son las motivaciones para vivir a más no poder, cada uno de los días. Es verdad, sentir que mis dedos escriben coherencias (bue, a veces no), me llena de tranquilidad.

Quiero agradecer infinitamente a todas y cada una de las personas que me han acompañado en este proceso de crecimiento y desarrollo. Lo iré haciendo de a poco, conforme las vaya (re)encontrando en el camino.

Bendiciones a quien me lee.

Sigue la terapia, siguen los días

No recordaba que desde abril de este año inicié un proceso de terapia acompañada por una psicóloga. Marzo fue de un color oscuro y poroso; no hubo día en que no quisiera parar con todo y salir del libro; no dar vuelta la página, sino salir de todas.

A diario llamaba al centro de salud en que me atiendo pidiendo hablar con la psiquiatra. No pago directamente de mi bolsillo, así que obviamente nunca pude verla. Una mañana recibí el llamado del centro… había un cupo para sesiones de terapia.

Ya habían pasado los días de dejar todo a la deriva, no había cabeza puesta sobre mi cuello, ni corazón abierto a dar o recibir; los dolores fibromiálgicos estaban a la orden del segundo. Mi escapada fuera de este inconcluso país fue un intento por volver al sentido, ni idea si lo encontré o no por eso. Lo cierto es que casi quedo sin un lugar para trabajar y, sobre todo, de una familia donde vivir.

A casi 7 meses de reencontrarme con la terapia, puedo decir que hay cosas relativamente en su lugar, no es malo. No digo que haya parado el ritmo de mis emociones; llevo semanas con dolores que apenas me dejan escribir y soñar y, de vez en cuando, mis manos piden detener por un momento el reloj (sólo por un momento).

Estoy a unos pocos días de cumplir 46 vueltas alrededor del sol y otras tantas lunas, tendré el mejor de los regalos que puedo recibir en este momento: la graduación de mi hija. ¿Qué más puedo desear?

Dónde está la luna que no me avisó?

Si tuviera que pensar en una palabra para describir el estado de mis emociones hoy… tendría que ser compuesta por un neura-tranqui. Creo que alguna debe haber, pero en este momento no se me ocurre; aquello no me quita el sueño.

Han pasado los días como para detenerme un poco y mirar atrás, sin convertirme en sal. Esos días estuvieron del color más oscuro (mejor le digo ausencia de luz). Fue un viaje de aquellos que implica cruzar la puerta hacia lo que llamen el infierno. Ese que he visto tantas veces vestida de blanco. Mi hija visitó el lugar, a su manera, pero está acá, cerca de mi y con la entereza y esperanza intactas. Me cuesta hablar de ella aquí, pero es necesario.

Confieso que cuando me llamaron de su cole el pecho salió antes que mis pies. Corrí como no lo hacía en mucho tiempo… y ahí estaba, su cara y manos pidiéndome perdón, diciendo que nunca lo haría, que no me dejaría, que crea en ella, que no sabía por qué lo había hecho.

Uno de sus amigos lo notó y le avisó a la psicóloga del colegio, quien me llamó de inmediato. Mi hija había tomado uno de los medicamentos que alguna vez le dieron para su tratamiento contra la depresión, razón por la que el año pasado suspendió su asistencia a clases. En esta oportunidad guardó la caja en su mochila y fue rumbo a un lugar en el que estaría sola. Sin saber por qué, quería partir…

Un ángel, no sé ni cómo llamarlo, se le acercó. Era un alumno de otro curso. Alguien cuya madre fue asesinada por su pareja. Ese joven de 17 años, amigo de un chico que un sábado de 2017 tomó su vida a punta de bala, abrazó a mi hija y le recordó las lágrimas de la madre de quien partió una mañana… (perder la beca y su pena infinita habrían sido los gatilladores de esa no-decisión). Mi hija estuvo a punto de partir, una vez más a punto.

Al momento no supe qué hacer, solo abrazarla infinitamente, mirarla a los ojos y decirle que saldríamos de esta una vez más. Que podemos partir de cero, que lo que haya pasado, pasado está, que no estamos sola, que hay una fe que no debemos perder…  Después solo llamé al psicólogo para pedirle ayuda, necesitaba un cable a tierra; no soy de hierro y si se trata de mi hija no escatimo en bajar la cabeza y arrastrarme, si fuese necesario.

Ya han pasado algunos días; pasan volando las rosas y ahí está, junto a sus amigos, los de siempre, que la abrazan y levantan, una vez más. Desde ese día, se duplicaron las sesiones de terapia.

Y ¿qué tiene que ver la luna en todo esto? Que escribo mientras la busco en medio de las nubes que la cubren junto a la montaña.

Mis dos lunas

Día de días… Ya han pasado 5 desde la noche en la que casi rompo el pacto para vivir.

Y es que me brotaron de las manos días de lluvia y viento, explotándome en el cuello el dolor aquel que sentí la última vez que me llevaron al siquiátrico. Hoy puedo reconocerlo después de horas de auto-mirarme hacia adentro de mi.

Casi no crucé palabras con mi entorno. Nadie ni nada me habitaba ese día.

Hoy intento comprender y pesquisar el punto de partida que llevó a mis manos a confeccionar un lazo de esos que se aprietan fuerte hasta apagar cualquier sonrisa insistente, cualquier respiración, toda la energía vital.

Sí, hace 5 días tuve un gesto suicida; estaba vacía de contenido y apego. Nada, no había nada que pudiera sacarme… excepto la vida misma que se abrió paso, una vez más.

Vino como siempre el silencio, la luna que me vigilaba no alcanzó a convencerme de que la noche no sería la última de mi vida. Fue la otra luna, esa que se clava en medio de los ligamentos redondos de mi vientre lo que me hizo suspirar antes de depositar mi cuello dentro del espacio no vital de esa soga.

Recorrí los días, miré las horas. Rogué al cielo por una salida distinta y sí, me abracé con fuerza a la fe que aún después de todo perdura por estos lares.

Y aquí estoy… recorriendo con la mirada mi dormitorio, las fotografías, las rocas, los libros y cartas, divisando la sonrisa y manos de mi hija, el cansancio de mi abuela, la lucidez de mi madre, el desquicio de mi padre y, de paso, el vaso con agua que acabo de beber con los medicamentos que no he parado de tomar.

En este preciso momento solo quiero fijar una idea: no es solo un día a la vez, sino todos los días que he vivido y que siguen por vivir.

Chocolate para la lluvia

El jueves me vi en medo de un vendaval de aquellos; pensé que mis manos y pies no podrían sujetarse al madero, pero aquí estoy, una vez más con el color en mis mejillas.

Ya no amanezco a las 5:30 am, ni me siento frente al compu a llorar las cuitas. Simplemente amanezco cuando sucede, me duermo cuando acontece y estoy frente al compu cuando mis dedos están listos para danzar a la luz de una melodía llena de sonidos de todos los colores.

Sí, doblemente sí. Mis estrategias de sobrevivencia han cobrado especial sentido, con o sin vendaval, con o sin compañía y con o si respiración obligada. Y es que esa es precisamente mi fórmula: el respiro a paso lento.

Cómo poder transmitir esta paz que me habita? Cierto que las lágrimas estimulan cualquier angustia, pero en mi apaciguan la marea furiosa, una vez que me enjuago los ojos.

Hoy es un nuevo día y, como siempre digo, es un día a la vez.

Bendiciones a quien me lee.

Soleados días de lluvia

Si tuviera que resumir en una palabra cómo he estado por estos días, diría enamorada. Sí, de ese amor del bueno, ese que me habita justo en medio del vendaval de los días, con o sin lluvia. Amando el día a día, las luces y la oscuridad, la locura circular y su cordura. Todo, simplemente todo lo que surja en medio de la ventolera.

Como no va a ser así. Me he levantado a diario a la hora que despierte, sea cual sea. Me sumerjo entre las almohadas en el momento que preciso y me animo incluso cuando los ánimos están que arden.

Desde esta cima, miro hacia atrás los cuartos blancos, teñidos de electricidad y batas blancas, las rejas de un cuarto poco iluminado y los pasillos interminables que conducían al panóptico ojo, que vigilaba sin disimulo los pasos de las internas.

Como no amar todo esto (incluso más), si el color de mis mejillas ya no cuentan con el amarillo violáceo de la mirada. Cierto, así y todo las cosas marchan de la mano con la mía y los días, nublados o no, aclaran mi porfía e insistencia en querer seguir con los pies en la masa del pan que me alimenta.