Soleados días de lluvia

Si tuviera que resumir en una palabra cómo he estado por estos días, diría enamorada. Sí, de ese amor del bueno, ese que me habita justo en medio del vendaval de los días, con o sin lluvia. Amando el día a día, las luces y la oscuridad, la locura circular y su cordura. Todo, simplemente todo lo que surja en medio de la ventolera.

Como no va a ser así. Me he levantado a diario a la hora que despierte, sea cual sea. Me sumerjo entre las almohadas en el momento que preciso y me animo incluso cuando los ánimos están que arden.

Desde esta cima, miro hacia atrás los cuartos blancos, teñidos de electricidad y batas blancas, las rejas de un cuarto poco iluminado y los pasillos interminables que conducían al panóptico ojo, que vigilaba sin disimulo los pasos de las internas.

Como no amar todo esto (incluso más), si el color de mis mejillas ya no cuentan con el amarillo violáceo de la mirada. Cierto, así y todo las cosas marchan de la mano con la mía y los días, nublados o no, aclaran mi porfía e insistencia en querer seguir con los pies en la masa del pan que me alimenta.

Si el día me da madrugadas, a crecer se ha dicho

Hoy, como siempre, estaba frizando las 5 am cuando un impulso me sacó de la cama antes de que el sonido despertador inundara mis oídos. Reconozco que fue un impulso misericordioso, porque no se asemejó a ningún otro.

La calma ha vuelto a mi vida, una vez más y quiero prolongar este escenario hasta que las velas no ardan y, si se apagan, se enciendan una vez más.

¿Qué pasó? Pasa que los días se han vestido de claridad en mis mejillas y el dolor va y viene, pero no se queda. Siento el amarre de las presiones de vez en cuando, pero no hay nada que me haga sulfurar o sentir alguna de esas emociones que hacen derrumbar a cualquiera. En definitiva, que el aprendizaje me habita a diario y soy consciente de aquello.

No es que no haya hecho acto de presencia algún malestar. No es que no me haya asaltado la bendita incertidumbre que generan los cambios, sobre todo si son sin aviso. Solo que a estas alturas mis manos saben cuándo aferrarse y cuándo no.

Sigo laborando en la madrugada; no hay caso, disfruto hacerlo y tengo la bendición de estar junto a personas cuyas diferencias respecto a mi solo contribuyen a consolidar lazos de esos que no se pierden ni con un reto ni con un empujón. Por el contrario, agradezco estar en el momento y lugar propicio para levantarme, una vez más.

Sigo…

Si me caigo mal parada retengo un trozo de pan

Estas últimas semanas han estado a toda máquina. Simplemente no he parado de tener actividades día y noche, sin poner descanso alguno.

Tengo que recurrir al alprazolam en dosis altas para permanecer dormida por más de 5 horas; duermo a saltos.

Son las 5 am y me figuro frente al compu haciendo lo que sea por parar la rapidez de mis pensamientos y, la verdad, me he sentido a todo dar.

No sé, la doc me quitó la milésima dosis que tenía de paroxetina, subió y bajó el aripiprazol, aumentó a 400 mg mi lamotrigina y dejó dosis periódicas de alprazolam. Sí, mis sobresaltos saltan de un lado para otro y no hay quien me detenga por estos días.

He frenado los impulsos; sí, lo he hecho de alguna manera. Evito salir, beber, ver amistades. Camino sola por las calles tratando de recordar la ruta de regreso; no siempre sé de dónde vengo y a dónde voy.

La terapeuta, cual bitácora, me conmina a recorrer la ruta que me lleva hasta la consulta. Siempre lamento decirle que llego una hora antes porque no sé si voy a llegar a tiempo.

He recorrido los días pensando en lo bien y mal que la he pasado. He subido y bajado de peso dentro de un mismo mes; en dos meses bajé 10 kilos.

Ahora mismo, trato de parar un poco la máquina, no quiero seguir trabajando, aunque mi nivel de productividad está altísimo. Eso sí, trato por todos los medios (meditación incluida) de no llenarme la cabeza con ideas de aquellas. Reposo, pero no puedo permanecer en la cama por más de 30 segundos. Simplemente estoy a todo dar, y casi salí disparada por la ventana.

Hoy hablaba con una amiga que recibió el tratamiento electroconvulsivo hace unos días; varias sesiones. Nos reímos un rato de nuestra desmemoria y aproveché de decirle que se puede salir de esa, sin cuestionar su opción por el TEC. No lo recomiendo. Aparentemente me sacó en su momento del intento; quitarme un arma de las manos no fue fácil, a pesar del litio, olanzapina, valproico, risperidona, quetiapina y tanta mierda que me tenían encima. Así y todo busqué la puerta lateral.

Hoy no estoy muy lejos, pero tampoco estoy cerca de aquello. Es raro, la verdad las últimas semanas no tengo las ideaciones típicas. Más bien es la visión de que ya no estoy, así de simple-complejo.

Anoche soñé que mi mano izquierda estaba poblada de costras de color marrón, redondas, duras y grandes. Con mi mano derecha comencé a sacar una a una las costras, hasta dejarla casi limpia. Durante el día recordé el sueño y quise visualizar el término de esa limpieza. Traté de ver mi mano limpia de aquellas costras. Y sí, la verdad eso me hizo sentir mejor, aliviada y casi sin apuro por terminar de limpiarme de una buena vez.

En este minuto intento parar las ansias; no quiero recurrir al ansiolítico una vez más. Prefiero respirar y esperar a que esa preciosa luna siga detenida sobre mi cabeza, mientras extiendo mi mano hacia un trozo de pan.

Cocino que cocino, que el mundo sigue dando vueltas

El replicar de la cebolla morada en la manteca, el olor del tofu impregnado de estragón y cúrcuma, los pimientos danzantes junto al ajo pecaminoso en su olor, me están despertando… lo colores me alimentan hoy, año nuevo para muchos.

Desperté a sobresaltos, escondida entre las sábanas, mirando de reojo la pared y su límite con la calle. Nada, no tenía razones para descender de la cama, hasta que vi el reloj y su angustia por despertarme y ser lanzado hacia el otro extremo del dormitorio.

Y aquí estoy, esperando que las verduras terminen de dar vueltas de calor y al arroz de evaporar el excedente de agua en su piel.

Todo, pero todo me hizo sentido tras escuchar la voz de mi hija y sus manitas rodeando mi cuello. ¿Qué más puedo pedir? Sí, tal vez llevar a cabo la prórroga de fin de la estadía. ¿Hasta cuándo? Ni idea, sólo pondré los ojos en los quemadores y los olores que deambulan en mi ropa de cama.

Un día a la vez, me digo, un día a la vez.

 

Puedo escribir y comer chocolate, a la vez

Es un lugar común decir que el chocolate es el mejor amigo de una mujer; claramente no lo creo así. Amigo no, ansiolítico sí (me digo mientras como el enésimo trozo).

Ayer fue día de terapia, de hablar del suicidio y mis intentos, de mis aventuras y aciertos, de política y desencantos (sí, puedo hablar y sentir bronca por muchas cosas, pero este no es el espacio que utilizo para ello).

Como decía, día en el que pasaron por mi mente imágenes de aquellas que resultan indiscutibles a la hora de recordar lo bien o mal que he hecho, según mi apreciación.

Recorrí algo de la infancia, el tratamiento electroconvulsivo, el doctorado y su abandono, los amantes y los sueños (ese que dice que espero un día en el que no tenga que renovar el pacto para vivir, que significa decirme a diario “hoy no me voy a matar”).

Reconozco que el cacao me alerta, anima y da cauce a los deseos fervientes por salir a caminar. Pero en este minuto, sólo quiero re-mirarme y decirme que hoy no voy a hacer eso que he tratado de hacer a lo largo de estos años.

 

Pan con queso y kiwi

Cuando frizaba los 9 años de edad, conservaba una pequeña caja con un papel escrito con la frase “mamá y papá”. Pocos días antes, un cuerpo adulto me sometía a una tortura a la que ya me he referido aquí. Ni aún así perdí las esperanzas de que mamá y papá se reencontraran, 5 años más tarde.

Hoy recuerdo este encuentro, como uno de los regalos que he tenido a lo largo de mi vida. No es que crea en los finales felices, sólo creo en la fe y la voluntad, a como dé lugar.

Me he caracterizado por salir a flote y salir del agua misma, pase lo que pase; ahora no es la excepción.

Quise volver a la dosis de medicamentos que tenía antes; no soporté el cambio y el estar ajena a mis vaivenes genuinos. Es así. Confío en la ciencia médica alópata, hasta que me tocan la imaginación o lo que sea que me acompañe en el día a día.

Cuestiono el saber “experto” a más no poder. Sí, sé por experiencia (y la literatura me avala) que donde hay problemas difíciles de abordar, no hay nada mejor que enfrentar el saber que tiene título profesional con el que tiene una base vivencial, en definitiva, la experiencia.

No estoy diciendo que las pastillas puedan detener las crisis, pero eso es sólo temporal. Si no se toca otro modo de ver las cosas, nos quedamos entrampados en soluciones que, aunque de rápida acción, son de corto plazo.

Creo fervientemente en la magia de las acciones y pensamientos. Siento que han sido la base de mi autocontrol y, a la vez, autoboicot. Pero aquí están, alimentándome el día de esperanza, como la tuve cuando la mugre de hombre me dejó tirada por el suelo y, tras largos 5 años, vi a mi padre levantarme en brazos.

Eso pensaba, mientras devoraba mi pan con queso y kiwis.

 

 

Mientras el pelo crece…

Las ideas están deambulando por doquier; no hay día en que no estén cubiertas de incertidumbre. Mientras, la cabeza se deslumbra ante tamaña seudo-sabiduría, irrumpe en mí el deseo de salir disparada por la ventana. Bueno o no, lo cierto es que estos días se asemejan a un parque de diversiones, pero de madrugada.

El ajuste de los medicamentos, creo, está surtiendo efecto. Estoy más aletargada, las manos menos temblorosas, el sueño más pesado, el despertar lento y las noches más cortas. Sí, ya casi estoy hecha una zombi.

Quisiera no haber llegado a este punto; no sé hasta dónde puedo aguantar tanto té energetizante para levantar un poco las energías que son opacadas. Como sea, es lo que hay, al menos por ahora.

En este minuto me figuro naturalmente frente al compu, con la espalda cansada y el tobillo izquierdo adolorido. Casi caigo por la escalera y mi andar se ha vuelto un tanto dificultoso. Creo que ya necesito algo de vacaciones.

Me faltan horas del día para hacer lo que tengo que hacer. No es suficiente tener 8 horas de sueño. No sé como puedo avanzar en mis labores. Lo hago, cierto, pero no he limpiado mi dormitorio en semanas. Se nota la pesadez del cuerpo, apenas logro agacharme.

Estoy cansada, quiero meterme a la cama y esperar a que llegue el viernes; como si no tuviera que trabajar el fin de semana.